Revista Ecclesia » Homilías y ángelus para el 7º domingo del Tiempo Ordinario (23-2-2014)
Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Homilías y ángelus para el 7º domingo del Tiempo Ordinario (23-2-2014)

Homilías y ángelus para el 7º domingo del Tiempo Ordinario (23-2-2014)

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/2) Benedicto XVI, Ángelus 20-2-2011 (ge hr sp fr en it po).

(2/2) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Vicente Pallotti 18-2-1996 (it):

«1. “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 2).

Con estas palabras Dios, hablando a Moisés en el marco de la antigua alianza, invita a Israel a una vida de comunión con él. La santidad de Dios está constantemente en el centro de la liturgia de la Iglesia. En efecto, la asamblea, celebrando la Eucaristía, proclama esta santidad que es Dios mismo: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo” (…).

La santidad de Dios se nos comunica en Cristo. De esta santidad brota la Eucaristía, el gran “misterio de la fe”. Cuando la celebramos o, mejor, cuando Cristo la celebra mediante el sacerdote, tenemos la conciencia de obtener la santidad para nuestra vida de aquel que es “fuente de toda santidad” [cf Ángelus 10-8-1986 (sp it)].

De esta certeza de fe nace en el corazón de los creyentes el himno de alabanza y de acción de gracias que sugiere el Salmo responsorial: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre… El Señor es compasivo y misericordioso… Él perdona todas tus culpas” (Sal 103, 1. 8. 3). Él, que por sí mismo es santo, santifica a todos los seres, comunicando a las criaturas espirituales, mediante la gracia, la santidad que le es propia.

2. La santidad de Dios consiste en su perfección y, al mimo tiempo, es una llamada para el hombre. En el llamado Sermón de la montaña, Jesús repite la exhortación dirigida a Moisés en el Antiguo Testamento: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Esta perfección, es decir, la santidad de Dios, coincide con la plenitud del amor. En el pasaje evangélico de hoy Cristo propone a los que lo escuchan las grandes exigencias del amor, llegando incluso a proclamar el deber de amar a los enemigos: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos… y rezad por los que os persiguen… Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo” (Mt 5, 43-45).

Cristo da la motivación más profunda de un amor tan exigente: amad a los enemigos, amad a los que os persiguen, porque Dios ama a todos. En efecto, él “hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5, 45). ¡Por eso también vosotros debéis procurar amar a todos sin excluir a nadie! Ciertamente, se trata de una exigencia difícil, pero “el amor de Dios llega a su plenitud” solo en quien “guarda su palabra” (1Jn 2, 5). En esta tarea tan ardua de conformarnos a la santidad de Dios, amando como él ama, nos consuela la presencia del Espíritu Santo, Espíritu de amor: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1Co 3, 16).

3. “Sed santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 2) (…). Amadísimos hermanos y hermanas (…), también para vosotros es actual la invitación del libro del Levítico a ser santos, porque Dios es santo (…). Ser santos, ser apóstoles, ser evangelizadores (…). Dejaos animar por un íntimo impulso misionero, para proclamar el Evangelio en todos los ambientes (…). Perseverad con valentía y constancia en este compromiso apostólico, presentando a Jesucristo como único Señor y Salvador y estimulando a cada uno a profundas respuestas de fe, acompañadas por una generosa adhesión personal. Vivid en comunión entre vosotros, pues del testimonio de la caridad brota la más eficaz invitación a creer en Dios, que es Amor (…).

5. Amadísimos hermanos y hermanas, ya desde sus orígenes apostólicos la Iglesia ha escrito y sigue escribiendo una historia de santidad. Muestra cómo la exhortación del Antiguo y del Nuevo Testamento a ser santos como lo es Dios mismo no deja de dar abundantes frutos humanos y espirituales. Ejemplo elocuente de ello son los santos siempre presentes en todos los siglos.

El concilio Vaticano II, en la constitución dogmática Lumen gentium (ge be cs zh-t sp fr hu en it lt po sw) sobre la Iglesia, dedicó un capítulo entero al tema de la vocación universal a la santidad. “Todos los cristianos, de cualquier estado o condición –subraya el concilio–, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Esta santidad favorece también en la sociedad terrena un estilo de vida más humano” (n. 40).

Los que siguen fielmente la llamada a la santidad escriben la historia de la Iglesia en su dimensión más esencial, es decir, la de la intimidad con Dios. Son obispos y sacerdotes, religiosos y religiosas, personas consagradas; son laicos de diferentes edades y de diversas profesiones. A quienes la Iglesia ha elevado a la gloria de los altares podemos encontrarlos en el calendario y, en particular, en el martirologio, es decir, el libro que recoge los nombres de los “testigos de Cristo”. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente (10-11-1994) recordé cómo nuestro siglo ha enriquecido el martirologio de modo extraordinario: “En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi milites ignoti de la gran causa de Dios” (n. 37) (…).

También nosotros, en esta celebración eucarística, nos unimos al coro de los testigos de Cristo, para proclamar la gloria de Dios y hacer nuestra la vocación universal a la santidad. Él, que es el tres veces santo, nos conceda participar plenamente en su misma santidad.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Amén».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).



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