Rincón Litúrgico

Homilías y ángelus para el 3º domingo de Cuaresma, A, (23-3-2014)

Juan Pablo II Benedicto XVI

Homilías y ángelus para el 3º domingo de Cuaresma, A, (23-3-2014)

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/5) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia del Santísimo Sacramento 14-3-1993 (it):

«»Dame de beber» (Jn 4, 7). Con estas palabras Jesús comienza el largo y profundo diálogo con la samaritana, que narra el evangelio de Juan que acabamos de escuchar en este tercer domingo de Cuaresma.

Cansado por el viaje, Jesús se sienta junto al pozo, alrededor del mediodía. La sed natural provocada por el calor de esa hora del día es el signo que revela otra sed, la sed espiritual que siente su divina persona: Jesús tiene sed de las almas, busca la fe y el amor que el Padre invita a los hombres a ofrecerle con plena libertad, acogiéndolo como su Salvador.

«Dame de beber». Jesús pide a la mujer de Samaría un poco de agua de un pozo excavado varios siglos antes por el patriarca Jacob, y le pide también que reconozca en él al Mesías prometido, que dará el agua viva del Espíritu Santo, la «fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 14) en el corazón de los creyentes.

El diálogo remite a otra expresión que encontramos en los labios de Jesús abrasados en la hora suprema de la cruz: «Tengo sed» (Jn 19, 28). La imagen del Crucificado es el signo supremo del amor infinito de Dios, manifestado a los hombres en el Hijo, y habla al corazón de todos aquellos que dirigen su mirada de fe hacia el verdadero Cordero pascual inmolado en el altar de la cruz. ¡No se puede permanecer indiferentes ante un amor tan grande!

Queridos hermanos y hermanas (…), este es el significado profundo de la sed de Jesús, sobre el que la liturgia de hoy nos invita a meditar. El Hijo de Dios, que se hizo hombre y murió para liberarnos del pecado, espera la respuesta fiel y generosa de todos los que el Padre le ha dado y que por esto le pertenecen. Tiene sed del don de nuestro amor».

(2/5) Juan Pablo II, Homilía en la plaza Freguglia de Ivrea 18-3-1990 (it):

«»Quien beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás» (Jn 4, 14). Nos encontramos hoy aquí reunidos en torno al altar de Cristo para «beber del agua que él nos da» (…).

La liturgia del tercer domingo de Cuaresma hace referencia a la experiencia del desierto (…). «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?» (Ex 17, 3). El acontecimiento del desierto del Sinaí, a través del cual Moisés guio a los hijos y a las hijas de Israel, se propone como uno de los temas de fondo de la liturgia cuaresmal (…). La tierra prometida es Cristo: su Pascua. A lo largo de cuarenta días la Iglesia se pone en peregrinación hacia él como hacia la peña de la que brotó en el desierto de la historia humana el agua de la vida.

Cristo mismo lo manifestó en Sicar con las palabras dirigidas a la samaritana junto al poco de Jacob: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 13-14). El agua: una gran metáfora de la palabra revelada. El agua: un gran símbolo sacramental de la nueva alianza y de la vida nueva.

Moisés golpeó con su cayado la peña (cf Ex 17, 5-6) (…). Cuando el centurión romano golpeó con su lanza el costado de Cristo crucificado, salió sangre y agua (cf Jn 19, 34). De esta manera se cumplió la esperanza que «no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Nos ha sido dado en virtud de la muerte de Cristo en la cruz, en virtud de su sacrificio redentor. Nos ha sido dado a semejanza de agua que «es derramada» con gran abundancia en los corazones humanos, cambiando el desierto estéril en la cosecha de la Vida y de la Gracia.

¡La potencia vivificante del agua! ¡La potencia vivificante del Espíritu Santo que «nos ha sido dado»! En él Dios mismo, que es la Vida y la Santidad, se dona a las almas humanas. Él vuelve fértil el desierto. Son significativas las palabras que dijo Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob: «El agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4, 14). La fuente está en Dios mismo. La fuente está en el sacrificio redentor de Cristo. Por obra del Espíritu Santo esta fuente «brota» dentro del hombre.

El agua de fuente es limpia. Simboliza la limpieza de las conciencias humanas. La limpieza de la verdad interior. Precisamente así aconteció a la samaritana junto al pozo: «Me ha dicho todo lo que he hecho» (Jn 4, 39). Cristo le abrió la vista interior de la conciencia sobre la verdad de las obras, sobre la verdad de toda su vida.

Y esta es (…) la primera acción del Espíritu Santo, por la que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Esta es también la primera y fundamental llamada de la Cuaresma (…). La Cuaresma es el tiempo de la conversión mediante la verdad de las conciencias humanas. El tiempo del perdón de los pecados. ¡El tiempo de la metanoia!

Mediante la verdad de la conciencia, como mediante la limpieza del agua, se abre el sendero por el que caminan los «verdaderos adoradores» de Dios. Cristo dice: «Los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad» (Jn 4, 23-24).

Dios, que es espíritu y verdad, desea encontrarse con nosotros en la verdad de nuestras conciencias, en la verdad de nuestras obras. Dios, que es el Padre, desea encontrarse con nosotros mediante su Hijo unigénito, mediante la sobrecogedora verdad de su misterio pascual, en el que se abrió la fuente inagotable del agua viva «que brota para vida eterna».

Esa es la eterna voluntad del Padre. Esa es su voluntad salvífica. Esta voluntad es el alimento del Hijo (cf Jn 4, 34). Cristo Redentor desea compartir con nosotros este alimento.

Los campos arados de la Iglesia de Dios siguen madurando «para la siega». Y así, nuevas generaciones entran en esta voluntad salvífica del Padre, que es el alimento del Hijo y nuestro alimento en unión con él. Es el alimento de la verdad y del amor, derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado.

En el desierto Dios dijo a Moisés: «Lleva en tu mano el cayado…, golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo» (Ex 17, 5-6). Eso es el tiempo de Cuaresma: el tiempo en el que hay que golpear la peña para hacer que salga de ella el agua que de verdad apaga la sed, el agua que satisface el anhelo más profundo del alma humana, el anhelo de la verdad y del amor.

Aquel lugar en el desierto del Sinaí fue llamado «Massá y Meribá». Allí los hijos de Israel se habían querellado con el Señor y lo habían tentado (cf Ex 17, 7). Es necesario que todos escuchen la voz de Cristo. Es necesario que le digan como la samaritana: «Dame de esa agua, para que no tenga más sed» (cf Jn 4, 15). Es necesario que tengan el valor de golpear la peña (…).

Acercaos a esa peña, que es Cristo. Acercaos a él y tocad su Corazón con el cayado de vuestra fe, para que brote el agua de la gracia, capaz de dar vida a vuestras almas. Acercaos y tocad con valor. Aquella agua se convertirá en vosotros en «fuente que brota para vida eterna». Amén».

 

(3/5) Benedicto XVI, Ángelus 24-2-2008 (ge hr sp fr en it po).

(4/5) Benedicto XVI, Homilía en la parroquia de Santa María Liberadora 24-2-2008 (ge sp fr en it po):

«Queridos hermanos y hermanas (…): En los textos bíblicos de este tercer domingo de Cuaresma hay sugerencias útiles para la meditación (…). A través del símbolo del agua, que encontramos en la primera lectura y en el pasaje evangélico de la samaritana, la palabra de Dios nos transmite un mensaje siempre vivo y actual: Dios tiene sed de nuestra fe y quiere que encontremos en él la fuente de nuestra auténtica felicidad. Todo creyente corre el peligro de practicar una religiosidad no auténtica, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar más bien a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos.

En la primera lectura vemos al pueblo hebreo que sufre en el desierto por falta de agua y, presa del desaliento como en otras circunstancias, se lamenta y reacciona de modo violento. Llega a rebelarse contra Moisés; llega casi a rebelarse contra Dios. El autor sagrado narra: «Habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?» (Ex 17, 7). El pueblo exige a Dios que salga al encuentro de sus expectativas y exigencias, más bien que abandonarse confiado en sus manos, y en la prueba pierde la confianza en él. ¡Cuántas veces esto mismo sucede también en nuestra vida! ¡En cuántas circunstancias, más que conformarnos dócilmente a la voluntad divina, quisiéramos que Dios realizara nuestros designios y colmara todas nuestras expectativas! ¡En cuántas ocasiones nuestra fe se muestra frágil, nuestra confianza débil y nuestra religiosidad contaminada por elementos mágicos y meramente terrenos!

En este tiempo cuaresmal, mientras la Iglesia nos invita a recorrer un itinerario de verdadera conversión, acojamos con humilde docilidad la recomendación del salmo responsorial: «Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras» (Sal 94, 7-9).

El simbolismo del agua vuelve con gran elocuencia en la célebre página evangélica que narra el encuentro de Jesús con la samaritana en Sicar, junto al pozo de Jacob. Notamos enseguida un nexo entre el pozo construido por el gran patriarca de Israel para garantizar el agua a su familia y la historia de la salvación, en la que Dios da a la humanidad el agua que salta hasta la vida eterna. Si hay una sed física del agua indispensable para vivir en esta tierra, también hay en el hombre una sed espiritual que solo Dios puede saciar. Esto se refleja claramente en el diálogo entre Jesús y la mujer que había ido a sacar agua del pozo de Jacob.

Todo inicia con la petición de Jesús: «Dame de beber» (Jn 4, 7). A primera vista parece una simple petición de un poco de agua en un mediodía caluroso. En realidad, con esta petición, dirigida por lo demás a una mujer samaritana –entre judíos y samaritanos no había un buen entendimiento–, Jesús pone en marcha en su interlocutora un camino interior que hace surgir en ella el deseo de algo más profundo.

San Agustín comenta: «Aquel que pedía de beber, tenía sed de la fe de aquella mujer» (In Io. ev. Tract. XV, 11: PL 35, 1514). En efecto, en un momento determinado es la mujer misma la que pide agua a Jesús (cf Jn 4, 15), manifestando así que en toda persona hay una necesidad innata de Dios y de la salvación que solo él puede colmar. Una sed de infinito que solamente puede saciar el agua que ofrece Jesús, el agua viva del Espíritu. Dentro de poco escucharemos en el prefacio estas palabras: Jesús, «al pedir agua a la samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe, y si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino».

Queridos hermanos y hermanas, en el diálogo entre Jesús y la samaritana vemos delineado el itinerario espiritual que cada uno de nosotros, que cada comunidad cristiana está llamada a redescubrir y recorrer constantemente. Esa página evangélica, proclamada en este tiempo cuaresmal, asume un valor particularmente importante para los catecúmenos ya próximos al bautismo. En efecto, este tercer domingo de Cuaresma está relacionado con el así llamado «primer escrutinio», que es un rito sacramental de purificación y de gracia.

Así, la samaritana se transforma en figura del catecúmeno iluminado y convertido por la fe, que desea el agua viva y es purificado por la palabra y la acción del Señor. También nosotros, ya bautizados, pero siempre tratando de ser verdaderos cristianos, encontramos en este episodio evangélico un estímulo a redescubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana, el verdadero deseo de Dios que vive en nosotros.

Jesús quiere llevarnos, como a la samaritana, a profesar con fuerza nuestra fe en él, para que después podamos anunciar y testimoniar a nuestros hermanos la alegría del encuentro con él y las maravillas que su amor realiza en nuestra existencia. La fe nace del encuentro con Jesús, reconocido y acogido como Revelador definitivo y Salvador, en el cual se revela el rostro de Dios. Una vez que el Señor conquista el corazón de la samaritana, su existencia se transforma, y corre inmediatamente a comunicar la buena nueva a su gente (cf Jn 4, 29).

Queridos hermanos y hermanas (…), la invitación de Cristo a dejarnos implicar por su exigente propuesta evangélica resuena con fuerza esta mañana para cada uno (…). San Agustín decía que Dios tiene sed de nuestra sed de él, es decir, desea ser deseado. Cuanto más se aleja el ser humano de Dios, tanto más él lo sigue con su amor misericordioso.

Hoy la liturgia, teniendo en cuenta también el tiempo cuaresmal que estamos viviendo, nos estimula a examinar nuestra relación con Jesús, a buscar su rostro sin cansarnos (…). Santa María Liberadora (…), que juntamente con su esposo san José educó a Jesús niño y adolescente, proteja a las familias, a los religiosos y a las religiosas en su tarea de formadores y les dé la alegría (…) de ver crecer (…) buenos cristianos y ciudadanos honrados. Amén».

(5/5) Benedicto XVI, Ángelus 27-3-2011 (ge hr sp fr en it po).

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