Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Homilías y ángelus para el 1º domingo Cuaresma, A (9-3-2014)

Homilías y ángelus para el 1º domingo Cuaresma, A (9-3-2014)

 

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

         (1/2) Benedicto XVI, Ángelus 13-3-2011 (ge hr sp fr en it po)

(2/2) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Juan Bautista de los Florentinos 8-3-1981 (sp it po):

«»Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás» (Mt 4, 10).

Estas categóricas palabras, dirigidas por nuestro Señor Jesucristo a Satanás tentador, y colocadas por la liturgia en los umbrales de la Cuaresma, son un programa incisivo y perenne de vida para el hombre, llamado por la fuerza del Amor eterno al servicio del Reino de Dios y solo de Dios; y sin embargo, ya desde el comienzo de su existencia contingente y durante toda su vida, tan expuesto y susceptible frente a todas las «tentaciones», a las que le impulsan continuamente el «reino» de este mundo y el «príncipe de este mundo» (cf Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11), que hacen todo lo posible para dominar y manipular al hombre, tratando de ponerle en oposición a Dios.

Frente a Satanás, que le promete incluso «todos los reinos del mundo y su esplendor» en contrapartida de la adoración, Jesús responde con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, el cual había puesto en guardia al pueblo elegido contra la fascinante y peligrosa tentación de la idolatría: «Guárdate de olvidarte de Yavé que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. Teme a Yavé, tu Dios; sírvele a él… Haz lo que es recto y bueno a los ojos de Yavé» (Dt 6, 12-13. 18).

Hoy es necesario que sepamos escuchar una vez más y meditar profundamente las categóricas palabras de Jesús como un programa auténtico para la Cuaresma (…).

La Cuaresma, tiempo litúrgico privilegiado, es, como sabemos, un tiempo de conversión. La Sagrada Escritura presenta la vida del hombre en sus relaciones con Dios como una continua conversión interior, en cuanto que Dios, en su infinito amor, llama al hombre a vivir en comunión con él. Pero el hombre es frágil, débil, pecador; por lo tanto, para ponerse en comunión con Dios, tiene necesidad de una actitud de humildad y de penitencia; debe orientarse hacia Dios, «buscar el rostro de Dios» (cf Os 5, 15; Sal 24, 6); debe invertir el camino que lo lleva hacia el mal; cambiar el propio comportamiento ético; cambiar incluso concepciones y modos de pensar individuales, que estén en oposición a la voluntad y a la palabra de Dios.

Y Jesús, el Hijo de Dios encarnado, ya desde el comienzo de su ministerio mesiánico lanza a los hombres su llamada a la conversión: «Cumplido es el tiempo y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15; cf Mt 4, 17).

Y precisamente la Cuaresma representa en la vida de la Iglesia como un especial grito a la conversión: «Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 95, 8). Este «hoy» se refiere precisamente a la Cuaresma, que en la extraordinaria riqueza evocativa de sus textos litúrgicos es una continua, apremiante llamada a la urgencia de la auténtica conversión interior.

La conversión es fundamentalmente un alejarse del pecado y un dirigirse, un retornar al Dios viviente, al Dios de la Alianza. «Venid, y volvamos a Yavé; el que nos desgarró nos sanará; el que nos hirió nos curará» (Os 6, 1). Es la invitación del profeta Oseas, que insiste sobre el carácter interior de la auténtica conversión, que siempre debe estar inspirada y animada por el amor y por el conocimiento de Dios. Y el profeta Jeremías, el gran maestro de la religiosidad interior, anuncia de parte de Dios una extraordinaria transformación espiritual de los miembros del Pueblo elegido: «Les daré un corazón capaz de conocerme, de saber que yo soy Yavé; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues se convertirán a mí de todo corazón» (Jr 24, 7).

La conversión es un don de Dios, que el hombre debe pedir con ferviente oración y que nos ha merecido Cristo «nuevo Adán». Esto es lo que la liturgia de hoy nos ha hecho meditar en el pasaje de la Carta de san Pablo a los Romanos: por la desobediencia del primer Adán el pecado y la muerte entraron en el mundo y dominan al hombre. Pero, si es verdad que «por la culpa de aquel que era uno solo (es decir, Adán), la muerte inauguró su reino, mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo» (cf Rm 5, 17).

El cristiano, fuerte con la fuerza que le viene de Cristo, se aleja cada vez más del pecado, de los pecados concretos, mortales o veniales, superando las malas inclinaciones, los vicios, el pecado habitual; y, al obrar así, hará cada vez más débil el fomes del pecado, esto es, la triste herencia de la desobediencia originaria. Esto ocurre en la medida en que abunda en nosotros cada vez más la gracia, don de Dios, concedido por los méritos «de un solo hombre, Jesucristo» (cf Rm 5, 15). De este modo, la conversión es un paso casi gradual, eficaz, continuo, del «viejo» Adán, al «nuevo», que es Cristo. Este exaltante proceso espiritual debe hacerse en el período de la Cuaresma particularmente consciente e incisivo en cada cristiano.

Pero la conversión solo es posible basándose en la superación de las tentaciones, como pone en clara evidencia la Liturgia de la Palabra de este primer domingo de Cuaresma.

La pluralidad y la multiplicidad de las tentaciones encuentran su fundamento en esa triple concupiscencia, de la que habla la primera Carta de san Juan: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él la caridad del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo» (1Jn 2, 15-16).

Como es sabido, en la concepción de san Juan, el «mundo» del que debe alejarse el cristiano, no es la creación, la obra de Dios, que ha sido confiada al dominio del hombre; sino que es el símbolo y el signo de todo lo que nos separa de Dios o que quiere excluir a Dios, esto es, lo opuesto al «Reino de Dios». Por tanto, son tres los aspectos del mundo del que debe mantenerse alejado el cristiano para ser fiel al mensaje de Jesús: los apetitos sensuales; el ansia excesiva de los bienes terrenos, sobre los cuales el hombre cree ilusoriamente poder construir toda su vida, y finalmente la autosuficiencia orgullosa respecto de Dios.

En las «tres tentaciones», con las que Satanás incita a Cristo en el desierto, se pueden encontrar fácilmente las «tres concupiscencias» ya mencionadas; son las tres grandes tentaciones, a las que también el cristiano será sometido en el curso de su vida terrena.

Pero en la base de esta triple tentación encontramos de nuevo la primitiva y omnicomprensiva tentación dirigida por el mismo Satanás a nuestros progenitores: «Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal» (cf Gn 3, 5). Satanás promete al hombre la omnipotencia y la omnisciencia de Dios, es decir, la total autosuficiencia e independencia. Ahora bien, el hombre no es así sino por su posibilidad de «elegir» a Dios, a cuya imagen fue creado. Pero el primer Adán se elige a sí mismo en lugar de Dios; cede a la tentación y se encuentra miserable, frágil, débil, «desnudo», «esclavo del pecado» (cf Jn 8, 34). El segundo Adán, Cristo, en cambio, afirma de nuevo contra Satanás la fundamental, estructural y ontológica dependencia del hombre respecto de Dios. El hombre –nos dice Cristo– no es humillado, sino más bien exaltado en su misma dignidad cada vez que se postra para adorar al Ser infinito, su Creador y Padre: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás» (Mt 4, 10).

Esta llamada cuaresmal a la conversión comporta un continuo y paciente trabajo sobre sí mismo, trabajo que llega al conocimiento de los motivos escondidos y de los resortes ocultos del amor propio, de la sensualidad, del egoísmo. A este trabajo, que requiere empeño y constancia, estamos llamados todos y cada uno sin excepción, tanto a nivel personal como comunitario (…).

Dios debe (…) constituir el único y solo Ser al que nos gloriamos de servir y de rendir el homenaje de nuestra filial adoración: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás» (Mt 4, 10). Amén».

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