Rincón Litúrgico

Homilías para VII Domingo de Pascua, A (1-6-2014)

Juan Pablo II Benedicto XVI

Homilías para VII Domingo de Pascua, A (1-6-2014)

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/2) Benedicto XVI, Homilía en Zagreb 5-6-2011 (de hr es fr en it pt)

(2/2) San Juan Pablo II, Homilía en Maribor 19-5-1996 (it):

«”Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo” (Jn 17, 1).

Así oró Jesús en el cenáculo, la víspera de su pasión y muerte en la cruz, mientras iba al encuentro no de la gloria, sino de la ignominia. Pero sabía que la infamia de la cruz era el camino hacia la gloria verdadera.

Las palabras de la Oración sacerdotal, que pronunció en el cenáculo, manifiestan esta conciencia. Encierran una admirable teología de la gloria de Dios: de la gloria que el Padre recibe del Hijo encarnado; de la gloria que llena el universo y que la Iglesia expresa todos los días con la conocida doxología: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos”.

La liturgia de la Palabra de hoy presenta un comentario muy rico de esta invocación cristiana tradicional.

“Gloria… como era en el principio”. A este principio absoluto se refiere Jesús en la Oración sacerdotal, cuando dice: “Padre, glorifícame cerca de ti con la gloria que yo tenía a tu lado antes que el mundo existiese” (Jn 17, 5). El Padre glorifica al Hijo, y el Hijo glorifica al Padre “en el Espíritu de la gloria” (cf Jn 7, 39; 2Co 3, 8). Por tanto, la gloria pertenece al misterio íntimo de la vida trinitaria. Es el reflejo de la perfección infinita de Dios, de su santidad infinita, como la misma liturgia pone de relieve mediante las palabras del Gloria y del Sanctus.

La gloria de Dios manifiesta la verdad del Ser divino, que es por naturaleza la plenitud eterna de la Verdad. El hombre está llamado a participar en la vida divina, que abarca la eternidad: “Esta es la vida eterna –dice Jesús–: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17, 3).

Por tanto, alabado sea Jesucristo, que nos brinda la posibilidad de participar en la misma gloria de Dios. “Gloria Dei, vivens homo, la gloria de Dios es el hombre que vive”, afirma san Ireneo, y añade inmediatamente: “Vita autem hominis, visio Dei, la vida del hombre consiste en la visión de Dios” (Adv. Haer., IV, 20, 7: Sch 100/2, 648-649).

Amadísimos hermanos y hermanas, el hombre está llamado a la santidad, a ser artífice de una humanidad renovada por la gloria divina. Y el creyente, mediante el bautismo, es constituido testigo de la esperanza sobrenatural que sostiene la peregrinación del hombre en la tierra, con frecuencia marcada por pruebas y sufrimientos.

En el concilio Vaticano II la Iglesia ha reafirmado que “todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen gentium 40). Con su vida santa los cristianos están invitados a convertirse en luz para los demás por los caminos del mundo.

Nuestra época se presenta más como un tiempo de sorprendentes descubrimientos científicos y tecnológicos que como una época de santos. Pero si el hombre no se realiza espiritualmente a sí mismo mediante la conformación interior con Cristo, todas sus conquistas son, en definitiva, insignificantes y podrían llegar a ser incluso peligrosas. Precisamente porque hoy se busca la plena realización personal, hay mayor necesidad de santos. Nuestro tiempo exige personas maduras que, habiendo comprendido el valor de la santidad, tratan de encarnarla en la existencia diaria.

Si se mira bien, la sociedad actual manifiesta una profunda necesidad de santos, es decir, de personas que, por su contacto más estrecho con Dios, puedan, de alguna manera, hacer percibir su presencia y mediar en las respuestas. Por desgracia, no faltan jóvenes y adultos que, interpretando mal esta necesidad, se dejan arrastrar por la atracción de lo oculto o buscan en los astros del firmamento los signos de su propio destino. Superstición y magia atraen a muchas personas, que buscan respuestas inmediatas y simples a los problemas complejos de la existencia.

Se trata de un riesgo que hay que evitar. Los santos constituyen un punto de referencia accesible y seguro para estas almas en búsqueda, pues saben indicar, con la fuerza del ejemplo que arrastra, el camino que hay que seguir para avanzar en la dirección correcta.

No hablo solo de los santos canonizados (…), sino también de personas con cuyo contacto la gente percibe inmediatamente la cercanía de Dios. Como sucedió en el pasado, la santidad debe encarnarse de modo vivo y alegre también hoy (…). La santidad es la verdadera fuerza capaz de transformar el mundo (…).

En todo el mundo se está librando una dura batalla entre la cultura de la muerte y la cultura de la vida (…). Es necesario que la vida de los cristianos dé un testimonio cada vez más creíble de Cristo y de su Evangelio en las asociaciones y en los movimientos de apostolado, en las parroquias y en todo ambiente social (…).

Una fuente permanente e inagotable de santidad, que puede ayudar a superar el indiferentismo religioso, se encuentra en la participación en la liturgia y en la celebración de los sacramentos, en los que Dios obra con el poder de su gracia. Que la Eucaristía sea siempre la cumbre y la fuente de vuestro compromiso en la vida diaria. Sed fieles a la asistencia dominical a la santa Misa (…). En el sacramento de la penitencia la misericordia de Dios llega al hombre de modo visible: acercaos con frecuencia a este sacramento del perdón y de la reconciliación (…).

En la oración del cenáculo Jesús dice al Padre: “Yo te he glorificado sobre la tierra, he coronado la obra que me encomendaste realizar… He manifestado tu nombre a los hombres que me diste de en medio del mundo… Y ellos han guardado tu palabra… Yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y han conocido verdaderamente que yo salí de ti y han creído que tú me has enviado” (Jn 17, 4. 6. 8).

Jesús pronunció estas palabras la víspera de su pasión. Para nosotros que las recordamos después de haber celebrado hace algunos días su ascensión al cielo, cobran una actualidad aún mayor, manifestando su permanente carácter de oración de intercesión por la Iglesia, fundada en los Apóstoles: “Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste y son tuyos… Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo mientras yo voy a ti” (Jn 17, 9-11). Cristo ora por la Iglesia de todas las épocas y de todo el mundo (…).

La primera lectura, tomada del libro de los Hechos, nos lleva de nuevo al cenáculo donde, después de la ascensión de Jesús al cielo, los Apóstoles permanecen, junto con María, orando a la espera de la venida del Espíritu Santo (…). También nosotros estamos llamados a perseverar con María en la oración (…).

En esta celebración recordamos a todos aquellos que han participado en los sufrimientos de Cristo y han sido “injuriados por el nombre de Cristo” (1P 4, 14). Y al mismo tiempo, repetimos con el salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?… Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida” (Sal 27, 1. 4). Todos los días de la vida y por la eternidad. Amén».

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Fray Gregorio OCD

Nací en El Arenal (Ávila) en 1954, cuando en toda la Iglesia se celebraba
con gozo el «Año Mariano» decretado por Pío XII. Profesé en el Carmelo
Descalzo en 1975, y estudié filosofía y teología en Salamanca. Gracias a
Dios, me fiaba totalmente del Papa, y me confirmaban en ello las
afirmaciones que leía de los Papas sobre su insustituible misión. Y en 2007
comencé a enviar por correo electrónico la homilía del Papa correspondiente
a cada domingo y fiesta.

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