Revista Ecclesia » Homilías para el tercer domingo del tiempo ordinario, C, (27-1-2013)
Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Homilías para el tercer domingo del tiempo ordinario, C, (27-1-2013)

Recopilado por fray Gregorio Cortázar Vinuesa

NVulgata 1 Ps 2 EEBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/2) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Cipriano 22-1-1989 (it):

«1. “El Espíritu del Señor está sobre mí” (Lc 4, 18).

En la liturgia del domingo pasado, la Iglesia nos recordó el comienzo de los milagros que Jesús, según el Evangelio de Juan, hizo en Caná de Galilea durante un banquete de bodas. Hoy nos lleva a Nazaret, donde Jesús se había criado. Efectivamente, en Nazaret, Jesús transcurrió los años de la vida oculta en la casa de José y María. Allí era conocido de todos.

Fue precisamente en Nazaret donde tuvo lugar el acontecimiento narrado en el Evangelio de Lucas. Jesús entra un sábado en la sinagoga y, en medio de la comunidad reunida de sus conciudadanos, comienza a leer el texto del Libro del Profeta Isaías, que comienza con las siguientes palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí; porque él me ha ungido. Me ha enviado” (Lc 4, 18). Las palabras hacen referencia al futuro Mesías. El Profeta habla de su misión y actividad.

Después de haber leído estas palabras, Jesús se dirige a los presentes y les dice: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4, 21). Se designa a sí mismo como aquel que ha sido profetizado por Isaías.

2. El pueblo de Dios de la Antigua Alianza se ha alimentado de la Palabra de Dios contenida en los Libros Sagrados.

La primera lectura de hoy, tomada del Libro de Nehemías, recuerda el importante momento de la historia de Israel en el que, después del retorno del exilio en Babilonia, los israelitas se reunieron de nuevo en su tierra para leer la Palabra de Dios y escucharla con una actitud de fervoroso recogimiento.

“Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura” (Ne 8, 8). Y “el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley” (Ne 8, 9). Esta ley, la Palabra del Dios vivo, era la que decidía su identidad religiosa y nacional. Eran, en efecto, el Israel, el pueblo elegido, al que Dios mismo había dado su ley en los días memorables del éxodo de la esclavitud de Egipto.

Se habían alimentado de la Palabra de Dios durante muchas generaciones, en tiempos de victorias y derrotas, de libertad y esclavitud.

3. Ahora dirijamos la mirada sobre nosotros mismos, aquí reunidos. También nosotros –al igual que la comunidad de los tiempos de Nehemías y de Esdras– nos hemos reunido para escuchar la Palabra de Dios. Nos hemos reunido como conciudadanos de Jesús de Nazaret, a los que él ha dirigido las primeras palabras, que son testimonio de su misión mesiánica.

Durante los tres años de su vida pública, se ha cumplido en Jesús de Nazaret lo que el profeta Isaías había anunciado anteriormente: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista. Para dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-19). ¡Un año de gracia!

Las palabras de Isaías se han convertido en algo así como la “credencial” mesiánica de Jesús de Nazaret. Posteriormente, también a ellas tuvo que remitirse ante los enviados de Juan el Bautista.

4. “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”.

Todo lo que Jesús hacía y enseñaba daba testimonio de su misión. De la “unción” por parte del Espíritu que el Mesías (es decir, el Cristo) tenía que recibir. Sin embargo, el testimonio definitivo ha tenido lugar solo en unión con el misterio pascual de su cruz y resurrección: de su sacrificio redentor “por los pecados del mundo entero” (cf 1Jn 2, 2).

Por ello nosotros, hombres de la Nueva Alianza, durante nuestras asambleas litúrgicas nos nutrimos no solo de la Palabra de Dios, de la ley, sino también de la Eucaristía: nos nutrimos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, mediante los cuales se renueva constantemente, de modo incruento, su sacrificio redentor: el memorial de su muerte y de su resurrección para la salvación del mundo.

La liturgia de la Nueva Alianza prepara ante nosotros no solo la mesa de la Palabra de Dios, sino también la de la Eucaristía: del Cuerpo y de la Sangre del Redentor.

5. Nos nutrimos de su Cuerpo como “bautizados en un mismo Espíritu”, como los que “hemos bebido de un solo Espíritu” (cf 1Co 12, 13). Este es precisamente “el Espíritu del Señor”. Ungido por él, Jesús de Nazaret ha llevado a cabo la redención del mundo. Y como Redentor nos “ha dado” este Espíritu Santo, el Consolador, el Espíritu de Verdad, para que nosotros también pudiésemos participar de la unción de Cristo, para que, por la fuerza de esta divina unción, nosotros mismos llegásemos a ser, como Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

En la segunda lectura, tomada de la primera Carta a los Corintios, el Apóstol Pablo nos explica ampliamente esta verdad de fe: “Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros… hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1Co 12, 12-13).

6. Leyendo este texto de Pablo, ¿cómo no recordar que estamos en la semana dedicada a la oración para obtener de Dios la unión visible de todos los cristianos?

La Iglesia, en el decreto sobre el ecumenismo, ha vuelto a proponer a la atención de todos los fieles católicos esta verdad, que ya formuló Pablo, y sus consecuencias para todos los cristianos: “Por el sacramento del bautismo –afirma, en efecto, el Concilio– el hombre se incorpora realmente a Cristo… y se regenera para el consorcio de la vida divina” (Unitatis redintegratio, 22).

La vida divina es la suprema unidad, y es la fuente de toda unidad. Esta profunda unidad existe ya entre todos los bautizados, más allá de sus divisiones. Todo el movimiento ecuménico tiende a hacerla completa y visible.

La oración común entre los cristianos se fundamenta en el bautismo común, que tiende a conseguir la plenitud de la vida en Cristo. El bautismo, en efecto, está ordenado, por su propia naturaleza, “a la profesión íntegra de la fe, a la plena incorporación a la economía de la salvación… y a la íntegra incorporación en la comunión eucarística” (Ib.).

Recemos para que se superen las divisiones, para que pronto se alcance aquella reconstrucción tan deseada de la plena unidad entre todos los hermanos cristianos y se realice, según las palabras del Señor, “un solo rebaño, un solo pastor” (Jn 10, 16).

7. Encomiendo estas intenciones a san Cipriano, obispo y mártir, patrono de vuestra parroquia, que se dedicó generosamente a salvaguardar la unidad de la Iglesia de su tiempo, acechada por las persecuciones del emperador Decio y por las sectas secesionistas (…).

9. “La ley del Señor es perfecta, y es consuelo del alma; el testimonio del Señor es veraz, e instruye al ignorante” (Sal 18/19, 8).

Que salgamos de nuestra asamblea eucarística “consolados” por la verdad de la Palabra de Dios, y reforzados por el “testimonio del Señor”.

Tus palabras, Señor, son espíritu y vida (cf Jn 6, 63).

Que salgamos reanimados por el Espíritu Santo, que obra de manera especial mediante la Eucaristía.

Que salgamos abrazados por la unidad, que procede de Dios, y en la divina Trinidad encuentra su modelo más perfecto y su realización definitiva».

(2/2) Benedicto XVI, Ángelus 24-1-2010 (ge hr sp fr en it po)

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).



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