Revista Ecclesia » Homilías para el 3 Domingo de Adviento, B, (14-12-2014)
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Rincón Litúrgico

Homilías para el 3 Domingo de Adviento, B, (14-12-2014)

Homilías para el 3 Domingo de Adviento, B, (14-12-2014)

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/4) Benedicto XVI, Ángelus 14-12-2008 (de hr es fr en it pt)

(2/4) Benedicto XVI, Ángelus 11-12-2011 (de hr es fr en it pt)

(3/4) Benedicto XVI, Homilía en la parroquia de Santa María de las Gracias 11-12-2011 (de es fr en it pt):

«Queridos hermanos y hermanas (…):

Hemos escuchado la profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres… a proclamar un año de gracia del Señor” (Is 61, 1-2). Estas palabras, pronunciadas hace muchos siglos, resuenan muy actuales también para nosotros, hoy, mientras nos encontramos a mitad del Adviento y ya cerca de la gran solemnidad de la Navidad. Son palabras que renuevan la esperanza, preparan para acoger la salvación del Señor y anuncian la inauguración de un tiempo de gracia y de liberación.

El Adviento es precisamente tiempo de espera, de esperanza y de preparación para la visita del Señor. A este compromiso nos invitan también la figura y la predicación de Juan Bautista, como hemos escuchado en el Evangelio recién proclamado (cf Jn 1, 6-8. 19-28). Juan se retiró al desierto para llevar una vida muy austera y para invitar, también con su vida, a la gente a la conversión; confiere un bautismo de agua, un rito de penitencia único, que lo distingue de los múltiples ritos de purificación exterior de las sectas de la época.

¿Quién es, pues, este hombre? ¿Quién es Juan Bautista? Su respuesta refleja una humildad sorprendente. No es el Mesías, no es la luz. No es Elías que volvió a la tierra, ni el gran profeta esperado. Es el precursor, un simple testigo, totalmente subordinado a Aquel que anuncia; una voz en el desierto, como también hoy, en el desierto de las grandes ciudades de este mundo, de gran ausencia de Dios, necesitamos voces que simplemente nos anuncien: “Dios existe, está siempre cerca, aunque parezca ausente”.

Es una voz en el desierto y es un testigo de la luz; y esto nos conmueve el corazón, porque en este mundo con tantas tinieblas, tantas oscuridades, todos estamos llamados a ser testigos de la luz. Esta es precisamente la misión del tiempo de Adviento: ser testigos de la luz, y solo podemos serlo si llevamos en nosotros la luz, si no solo estamos seguros de que la luz existe, sino que también hemos visto un poco de luz. En la Iglesia, en la Palabra de Dios, en la celebración de los Sacramentos, en el sacramento de la Confesión, con el perdón que recibimos, en la celebración de la santa Eucaristía, donde el Señor se entrega en nuestras manos y en nuestro corazón, tocamos la luz y recibimos esta misión: ser hoy testigos de que la luz existe, llevar la luz a nuestro tiempo.

Queridos hermanos y hermanas, me alegra mucho estar en medio de vosotros, en este hermoso domingo, “Gaudete”, domingo de la alegría, que nos dice: “incluso en medio de tantas dudas y dificultades, la alegría existe porque Dios existe y está con nosotros” (…).

“Hermanos, estad siempre alegres” (1 Ts 5, 16). Esta invitación a la alegría, dirigida por san Pablo a los cristianos de Tesalónica en aquel tiempo, caracteriza también a este domingo, llamado comúnmente “Gaudete”. Esta invitación resuena desde las primeras palabras de la antífona de entrada: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. El Señor está cerca”; así escribe san Pablo desde la cárcel a los cristianos de Filipos (cf Flp 4, 4-5) y nos lo dice también a nosotros. Sí, nos alegramos porque el Señor está cerca y dentro de pocos días, en la noche de Navidad, celebraremos el misterio de su Nacimiento. María, la primera en escuchar la invitación del ángel: “Alégrate, llena de gracia: el Señor es contigo” (Lc 1, 28), nos señala el camino para alcanzar la verdadera alegría, la que proviene de Dios. Santa María de las Gracias, Madre del Divino Amor, ruega por todos nosotros. Amén».

(4/4) San Juan Pablo II, Homilía en la parroquia del Corazón Inmaculado de María 13-12-1981 (es it pt):

«1. “Engrandece mi alma al Señor, y exultó mi espíritu en Dios mi Salvador, porque miró la humildad de su esclava. Pues he aquí que por ello me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque hizo en mí grandes cosas el que es poderoso, y santo su nombre…” (Lc 1, 46-49).

Queridos hermanos y hermanas:

Permitidme que (…) haga referencia a estas palabras de la Madre de Dios, que la liturgia de hoy ha elegido como Salmo responsorial.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción acaba de celebrarse, marcando su signo feliz en todo el tiempo de Adviento. Por esto hoy –casi como prolongación de esta fiesta– puedo (…) pronunciar (…) las palabras de la adoración a Dios que solo podían salir del Corazón de la “Llena de Gracia”, y solo en el Corazón de la “Llena de Gracia” podían resonar con un eco tan profundo como el que pedía su significado.

“Hizo en mí grandes cosas el que es poderoso”, dice aquella que en la Anunciación se llamó a sí misma “esclava”, y en el Magníficat se expresó de manera análoga: “Miró la humildad de su esclava”.

¡Cuánto amamos a esta esclava del Señor! ¡Cuán profundamente le confiamos todo y a todos, la Iglesia, el mundo! ¡Cuánto nos dice su “humildad”! Constituye como el espacio adecuado para que en ella pueda revelarse Dios, para que de ella pueda nacer Dios, para que por ella pueda obrar Dios “de generación en generación”.

Las palabras de María están realmente llenas de Adviento. Es difícil “sentir” bien la cercanía de Dios si no escuchamos estas palabras.

  1. Quiero expresar mi alegría porque entre estas “generaciones”, de las que afirma la Madre de Dios que la “llamarán bienaventurada”, se encuentra vuestra parroquia (…).
  2. El Adviento nos habla en la liturgia de hoy con las palabras del Magníficat mariano. Habla también con otra figura (…). Es Juan, hijo de Zacarías e Isabel, el cual predicaba en las orillas del Jordán.

He aquí el testimonio de Juan ¡ante todo de sí mismo! “¿Eres tú Elías? –No lo soy. –¿Eres tú el Profeta? –No. –¿Quién eres? –Yo soy la voz que grita en el desierto”.

Juan es voz. San Agustín lo ha expresado admirablemente: “Juan es la voz, pero el Señor (Jesús) es la Palabra que existe desde el principio; Juan era una voz provisional, Cristo es desde el principio la Palabra eterna. Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que un ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón…” (Sermo 293, 3: PL 38, 1328).

Así pues, Juan no es el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y, sin embargo, predica y bautiza. “Entonces, ¿por qué bautizas?”, preguntan los enviados de Jerusalén. Esta era la causa principal de su inquietud. Juan predicaba repitiendo las palabras de Isaías: “Allanad el camino del Señor”, y el bautismo que recibían sus oyentes era el signo de que las palabras llegaban a ellos y provocaban su conversión.

Así pues, los enviados de Jerusalén preguntan: “¿Por qué bautizas?” (Jn 1, 25). Juan responde: “Yo bautizo con agua. En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo, y al que no soy digno de desatarle la correa de la sandalia” (Jn 1, 26-27).

Juan es un precursor. Sabe que aquel al que esperan viene detrás de él. Juan es anunciador del Adviento. Dice: “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Adviento no es solo espera. Es anunciación de la Venida. Juan dice: “El que debe venir ya ha venido”.

Las palabras de Juan junto al Jordán están llenas de Adviento; lo mismo que una vez las palabras de María en el umbral de la casa de Zacarías, cuando fue a visitar a Isabel, su pariente, la madre de Juan. Las palabras de Juan están llenas de Adviento, aun cuando resuenan casi 30 años más tarde. La liturgia une el Adviento, expresado con las palabras de María, con el Adviento de las palabras de Juan. La venida del Mesías, que nacerá la noche de Belén del seno de la Virgen, y su venida en la potencia del Espíritu Santo, en las riberas del Jordán, donde Juan predicaba y bautizaba.

  1. El adviento de Juan se manifiesta con una actitud singular. Dice: no soy digno de desatar la correa de las sandalias al que viene detrás de mí (cf Jn 1, 27). Se trata de algo muy importante. En efecto, el Adviento significa una actitud; se expresa mediante una actitud. Juan en las riberas del Jordán la define con las palabras citadas. Mediante ellas vemos lo que dice de sí, cómo se siente ante aquel al que anuncia.

Sabemos que la correa de las sandalias las desataba el siervo al amo. Y Juan dice: “No soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. ¡No soy digno! Se siente más pequeño que un siervo. Esta es la actitud del Adviento. La Iglesia la acepta plenamente y la repite siempre con los labios de todos sus sacerdotes y de todos los fieles: “Señor, no soy digno…” (…). El Señor viene precisamente hacia los que sienten en lo más hondo su indignidad y la manifiestan (…).

  1. Lo que leemos hoy en la liturgia de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses, nos explica aún más ampliamente cómo debe ser en cada uno de nosotros esa actitud de Adviento, en el que se realiza la Venida, el Adviento de Dios. Escribe el Apóstol: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la acción de gracias… No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad” (1Ts 5, 16-22).

Estos son, por así decir, los elementos constitutivos de la actitud interior mediante la que el Adviento perdura en nuestro corazón (…). El Apóstol escribe: “No apaguéis el espíritu”. La actitud de Adviento se expresa en la apertura interior a la acción del Espíritu Santo, en la obediencia a esta acción. Y he aquí que cuando perseveramos en esta actitud el Dios de la paz santifica hasta la perfección nuestro espíritu, y el alma y el cuerpo se mantienen irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo (cf 1Ts 5, 23).

Pablo Apóstol, en la primera Carta a los Tesalonicenses, enseñó así a los primeros cristianos. Su enseñanza es siempre actual; la actitud de Adviento da al hombre la certeza de que Dios ha venido al mundo en Jesucristo; que ha entrado en la historia del hombre; que está en medio de nosotros; y que, al mismo tiempo, da al hombre la madurez del encuentro con Dios durante la vida terrena y la madurez del encuentro definitivo con él (…).

  1. ¿Quién es el que ha venido ya, y viene constantemente, y debe venir definitivamente?

Mirad, es el que trae el alegre anuncio a los pobres, que venda las heridas de los corazones desgarrados, que proclama la liberación a los hombres privados de libertad (…). El que promulga el año de misericordia del Señor (cf Is 61, 1-2). Es necesario que (…) él sea esperado con gozo; que todos repitan con María: “Exultó mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1, 47).

Que esta actitud interior de Adviento florezca en todos (…). Que en ella crezca y madure cada uno de los hombres en medio de todas las experiencias y pruebas que la vida no ahorra. Que en ella encuentren apoyo todos los que sufren: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala” (Is 61, 10).

Que el Corazón Inmaculado de María obtenga a cada uno de vosotros esta alegría de salvación, que es más grande que todo lo que puede ofrecernos el mundo».



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