Rincón Litúrgico

Homilías papales para el III Domingo Pascua, B, (19-4-2015)

Homilías papales para el III Domingo Pascua, B, (19-4-2015)

DOMINGO 3-B DE PASCUA

NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/5) Benedicto XVI, Regina caeli 22-4-2012 (de hr es fr en it pt)

(2/5) Benedicto XVI, Homilía de can. 26-4-2009 (de es fr en it pt)

(3/5) Benedicto XVI, Regina caeli 30-4-2006 (de hr es fr en it pt)

(4/5) San Juan Pablo II, Homilía de can. 4-5-2003 (de es fr en it pt)

(5/5) San Juan Pablo II, Homilía en Sarajevo 13-4-1997 (hr es it pt)

«”Tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo el justo” (1Jn 2, 1).

  1. Tenemos un abogado que habla en nuestro nombre. ¿Quién es este abogado que se hace nuestro portavoz? La liturgia de hoy nos da una respuesta completa: “Tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo el justo” (1Jn 2, 1).

Leemos en los Hechos de los Apóstoles: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús” (Hc 3, 13). Sus compatriotas lo traicionaron y renegaron, incluso cuando Pilato quería ponerlo en libertad. Pidieron que fuera indultado en su lugar un asesino, Barrabás. De ese modo, condenaron a muerte al autor de la vida (cf Hc 3, 13-15). Pero “Dios lo resucitó de entre los muertos” (Hc 3, 15).

Así habla Pedro, que fue testigo directo de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Como tal, fue enviado a los hijos de Israel y a todas las naciones del mundo. Sin embargo, al dirigirse a sus compatriotas, no se limita a acusarlos, también los excusa: “Hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia y vuestras autoridades lo mismo” (Hc 3, 17).

Pedro es testigo consciente de la verdad sobre el Mesías que, en la cruz, cumplió las antiguas profecías: Jesucristo se ha convertido en abogado ante el Padre, el abogado del pueblo elegido y de toda la humanidad.

San Juan añade: “Tenemos un abogado ante el Padre: a Jesucristo el justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1Jn 2, 1-2).

El Sucesor de Pedro, que por fin ha llegado a vuestra tierra, ha venido a repetiros esta verdad. ¡Pueblo de Sarajevo y de toda Bosnia-Herzegovina, hoy vengo a decirte: Tienes un abogado ante Dios, su nombre es Jesucristo el justo!

  1. Pedro y Juan, así como también los demás Apóstoles, se convirtieron en testigos de esta verdad, pues vieron con sus ojos a Cristo crucificado y resucitado. Se había presentado en medio de ellos en el cenáculo, mostrando las heridas de la pasión; les había permitido tocarlo, para que pudieran convencerse personalmente de que era el mismo Jesús que habían conocido antes como “el Maestro”. Y para confirmar totalmente la verdad sobre su resurrección, aceptó el alimento que le habían ofrecido, comiéndolo con ellos como lo había hecho tantas veces antes de morir.

Jesús conservó su identidad –a pesar de la extraordinaria transformación que se había producido en él después de su resurrección– y todavía la conserva. Él es el mismo hoy como ayer, y seguirá siéndolo por los siglos (cf Hb 13, 8). Como tal, como verdadero hombre, es el abogado de todos los hombres ante el Padre; más aún, es el abogado de toda la creación redimida por él y en él.

Se presenta ante el Padre como el testigo más experto y más competente de cuanto mediante la cruz y la resurrección se ha realizado en la historia de la humanidad y del mundo.

Habla con el lenguaje de la redención, es decir, de la liberación de la esclavitud del pecado. Jesús se dirige al Padre como Hijo consustancial y, al mismo tiempo, como verdadero hombre, hablando el lenguaje de todas las generaciones humanas y de toda la historia humana: de las victorias y las derrotas, de todos los sufrimientos y todos los dolores de cada hombre y, a la vez, de cada pueblo y cada nación de la tierra entera.

Cristo habla con vuestro lenguaje, queridos hermanos y hermanas de Bosnia-Herzegovina, probada durante tanto tiempo y tan dolorosamente. Él dijo: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá”, pero añadió: “Resucitará de entre los muertos el tercer día… Vosotros sois testigos de esto” (Lc 24, 48-49). ¡Ánimo, habitantes de esta tierra tan probada! Tenéis un abogado ante Dios. Su nombre es Jesucristo el justo.

  1. Sarajevo, ciudad que se ha convertido en un símbolo, en cierto sentido en el símbolo del siglo XX. En 1914 el nombre de Sarajevo se asoció al estallido del primer conflicto mundial. Al término de este mismo siglo, el nombre de esta ciudad evoca la dolorosa experiencia de la guerra, que, a lo largo de cinco años, ha dejado en esta región una impresionante estela de muerte y devastación.

Durante ese período, el nombre de esta ciudad no dejó de ocupar las páginas de la crónica y de ser tema de intervenciones políticas por parte de jefes de naciones, estrategas y generales. Todo el mundo ha seguido hablando de Sarajevo en términos históricos, políticos y militares.

También el Papa hizo oír su voz sobre esa trágica guerra, y muchas veces y en diferentes circunstancias tuvo en sus labios, y siempre en su corazón, el nombre de esta ciudad.

Ya desde hace algunos años deseaba con ardor venir a visitaros personalmente. Hoy, por fin, ese deseo se ha hecho realidad. ¡Demos gracias al Señor! Las palabras con las que os saludo afectuosamente son las mismas con las que Cristo, después de su resurrección, se dirigió a sus discípulos: “Paz a vosotros” (Lc 24, 26). ¡Paz a vosotros, hombres y mujeres de Sarajevo! ¡Paz a vosotros, habitantes de Bosnia-Herzegovina! ¡Paz a vosotros, hermanos y hermanas de esta amada tierra! (…).

La paz que Jesús da a sus discípulos no es la que imponen los vencedores a los vencidos, los más fuertes a los más débiles. No se legitima con las armas; por el contrario, nace del amor. Amor de Dios al hombre, y amor del hombre al hombre. Hoy resuena fuerte el mandamiento de Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón”, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Dt 6, 5; Lv 19, 18). Con estos firmes requisitos puede consolidarse y edificarse la paz alcanzada. Y “bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

¡Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, tienes un abogado ante Dios: Jesucristo el justo!

  1. El Papa, como servidor del Evangelio, en unión con los pastores de Bosnia-Herzegovina y con toda la Iglesia, quiere revelar una dimensión más profunda aún, escondida en la realidad de la vida de esta región que, desde hace años, centra la atención de todo el mundo.

Sarajevo, Bosnia-Herzegovina, tu historia, tus sufrimientos, las experiencias de los pasados años de guerra, que esperamos no se repitan nunca más, tienen un abogado ante Dios: Jesucristo el único justo. En él tienen un abogado ante Dios los numerosos muertos, cuyas tumbas se han multiplicado en esta tierra; aquellos a quienes lloran sus madres, sus viudas y sus hijos huérfanos. ¿Qué otro puede ser abogado ante Dios de todos estos sufrimientos y todas estas pruebas? Sarajevo, ¿qué otro puede leer en su totalidad esta página de tu historia? Países balcánicos, Europa, ¿quién puede leer en su totalidad esta página de vuestra historia?

No se puede olvidar que Sarajevo se ha convertido en símbolo del sufrimiento de toda Europa en este siglo. Lo fue al inicio del siglo XX, cuando estalló aquí la primera guerra mundial; lo fue, de modo diferente, por segunda vez, cuando el conflicto se desarrolló totalmente en esta región. Europa participó como testigo. Pero, tenemos que preguntarnos: ¿Ha sido un testigo siempre plenamente responsable? No se puede evitar esta pregunta. Es preciso que los estadistas, los políticos, los militares, los estudiosos y los hombres de cultura traten de darle una respuesta. Todos los hombres de buena voluntad desean que lo que simboliza Sarajevo quede circunscrito al siglo XX, y no se repita su tragedia en el milenio ya inminente.

  1. Para ello, dirijamos con confianza nuestra mirada a la divina Providencia. Pidamos al Príncipe de la paz, por intercesión de María su Madre, tan amada por los pueblos de toda la región, que Sarajevo llegue a ser para toda Europa un modelo de convivencia y colaboración pacífica entre pueblos de etnias y religiones diversas.

Reunidos en la celebración del sacrificio de Cristo, no dejamos de darte gracias a ti, ciudad tan probada, y a vosotros, hermanos y hermanas que vivís en esta tierra de Bosnia-Herzegovina, porque, en cierto modo, con vuestro sacrificio habéis aceptado el peso de esta tremenda experiencia, en la que todos tienen su parte. Os repito a vosotros: tenemos un abogado ante Dios, que es Cristo el único justo.

Ante ti, Cristo crucificado y resucitado, se presentan hoy Sarajevo y toda Bosnia-Herzegovina, con el triste balance de su historia. Tú eres nuestro gran abogado. Esta humanidad te invoca para que impregnes con la fuerza de tu redención la dolorosa historia vivida aquí. Tú, Hijo de Dios encarnado, como hombre caminas a través de las vicisitudes de los hombres y de las naciones. Camina a través de la historia de esta gente y de estos pueblos vinculados más estrechamente al nombre de Sarajevo, al nombre de Bosnia-Herzegovina.

  1. Amadísimos hermanos y hermanas, cuando en 1994 deseaba intensamente venir a visitaros, me referí a un pensamiento que había resultado muy significativo en un momento crucial de la historia europea: “Perdonemos y pidamos perdón”. Se dijo entonces que la hora no había llegado aún. ¿Ha llegado, quizás, ya la hora?

Por tanto, hoy vuelvo a ese pensamiento y a esas palabras, que quiero repetir aquí, para que penetren en la conciencia de quienes están unidos por la dolorosa experiencia de vuestra ciudad y de vuestra tierra, de todos los pueblos y naciones desgarradas por la guerra: “Perdonemos y pidamos perdón”. Si Cristo debe ser nuestro abogado ante el Padre, no podemos menos de pronunciar estas palabras. No podemos menos de emprender la peregrinación, difícil pero necesaria, del perdón, que lleva a una profunda reconciliación.

“Ofrece el perdón, recibe la paz”, he recordado en el Mensaje de este año para la Jornada mundial de la paz; y añadí: “El perdón, en su forma más alta y verdadera, es un acto de amor gratuito” (n. 5), como lo fue la reconciliación que Dios ofreció al hombre mediante la cruz y la muerte de su Hijo encarnado, el único justo. Ciertamente, “el perdón, lejos de excluir la búsqueda de la verdad, la exige”, porque “presupuesto esencial del perdón y de la reconciliación es la justicia” (ib.). Pero sigue siendo siempre verdad que “pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre” (ib. 4).

  1. Mientras hoy aparece claramente la luz de esta verdad, mi pensamiento se dirige a ti, Madre de Cristo crucificado y resucitado, a ti, a quien veneran y aman en numerosos santuarios de esta tierra tan probada. Alcanza para todos los creyentes el don de un corazón nuevo. Haz que el perdón, palabra central del Evangelio, llegue a ser realidad aquí. Oh clemente, oh piadosa, Madre de Dios y Madre nuestra, oh dulce Virgen María, te lo pide, abrazada fuertemente a la cruz de Cristo, la Iglesia que está reunida hoy en Sarajevo. Amén».

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (San Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979: de es fr en lt pt). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C. E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012: de es fr en it pl pt).

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