Rincón Litúrgico

Homilías papales para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, C (10-11-2013)

Juan Pablo II Benedicto XVI

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/2) Juan Pablo II, Ángelus 7-11-2004 (ge sp fr en it po)

(2/2) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes 8-11-1992 (it):

«”Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Celebramos hace pocos días la conmemoración solemne de todos los fieles difuntos; y estamos todavía en un clima de reflexión y de oración por nuestros seres queridos difuntos. La triste peregrinación que durante el mes de noviembre lleva a tanta gente a los cementerios es un gesto de piedad y afecto, y una manifestación coral de fe y de comunión eclesial.

También yo fui al cementerio de Verano el 1 de noviembre para celebrar el sacrificio divino y recordar a los muertos de nuestra ciudad. Me uní de este modo a toda la familia de los creyentes que en todas partes se recoge, congregada por la esperanza evangélica, en los lugares donde descansan los restos de sus seres queridos difuntos, y por ellos eleva a Dios una invocación llena de confianza.

La Iglesia proclama, al mismo tiempo, su fe en Cristo vencedor de la muerte: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

Estos dos artículos del Credo o Símbolo apostólico cobran un significado singular a la luz de la memoria de los fieles difuntos. Nos recuerdan que no nos encaminamos hacia la nada. Por el contrario, nuestra existencia tiene una meta precisa, y la fe abre, en medio de la tristeza de la separación humana, el horizonte luminoso de una vida que va más allá de esta existencia terrena y que será el puerto de llegada de todos los hijos de Dios en Jesucristo.

Las lecturas de la santa Misa de este XXXII domingo del Tiempo Ordinario hablan de la resurrección de los muertos y de la vida del mundo futuro.

En el pasaje del Evangelio de Lucas algunos saduceos se dirigen a Jesús con una pregunta insidiosa. Niegan que haya resurrección de los muertos, y quieren lograr que Jesús tome una posición al respecto, pero él les responde, como siempre, con una claridad cristalina.

El Señor afirma que los muertos resucitan. Esta es la afirmación más importante y solemne. Observa: “Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven” (Lc 20, 37-38).

Explica también cómo será la vida eterna, partiendo de la pregunta provocadora de los saduceos. A estos, que con evidente ironía le preguntan de quién será esposa, después de la muerte, una mujer que tuvo durante su vida muchos maridos sucesivos, Jesús responde que los resucitados en el más allá “ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (Lc 20, 35-36).

Así pues, en estas breves expresiones el divino Maestro reafirma dos veces consecutivas la verdad de la resurrección, agregando claramente que la existencia después de la muerte será diferente de la existencia en la tierra: desaparecerá la procreación, necesaria en el tiempo, según las palabras del Creador: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla” (Gn 1, 28). Y dado que la vida de los resucitados será semejante a la de los ángeles, nos da a entender que la persona humana estará libre de las necesidades relacionadas con la presente condición mortal.

Gracias a otros pasajes de la Sagrada Escritura y a la reflexión de los padres de la Iglesia sabemos que el paraíso constituye la respuesta más elevada a nuestra necesidad íntima de felicidad, a través de la posesión directa del Bien infinito: Dios.

San Agustín escribió: En el paraíso “descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin” (De civitate Dei, XXII, 30, 5; PL 41, 804).

Un ejemplo de fe inquebrantable en el más allá nos lo propone también la primera lectura, tomada del Libro de los Macabeos. Es el relato de los siete hermanos que, junto con su madre, afrontaron heroicamente la muerte con tal de no violar las prescripciones de la ley mosaica. Lo dicen, casi lo gritan, al rey pagano que quería obligarlos a realizar una acción mala: “El rey del mundo, a nosotros que morimos por su leyes, nos resucitará a una vida eterna” (2M 7, 9).

Su testimonio heroico anticipa el testimonio de miles de mártires cristianos, orgullo y corona de la Iglesia primitiva. Muchos de ellos sacrificaron su vida, derramando su sangre por el Evangelio, precisamente en Roma.

El martirio a causa del Evangelio ha estado presente siempre en la Iglesia, y sigue estándolo aún hoy. Hay muchos otros martirios también en nuestro siglo. Se trata de una llamada divina singular dirigida a almas privilegiadas que, a través de la inmolación de su vida, imitan mucho más de cerca al Salvador Jesús, fecundando con el don total de sí mismas el amplio “campo de Dios” (1Co 3, 9).

Aunque solo a algunas personas se les pide este sacrificio extraordinario, todos los fieles que quieran servir a Cristo con generosidad auténtica, antes o después deberán sufrir, precisamente a causa de esa fidelidad, una especie de martirio: del corazón, de los sentidos, de la voluntad, o de los sentimientos.

En las horas difíciles, teniendo presente la valentía de los mártires y de los santos, no hemos de olvidar nunca las palabras del Símbolo apostólico: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”. Son fuente de fortaleza y esperanza, luz y apoyo en la prueba.

Solo la certeza de la resurrección puede evitar que el creyente ceda frente a la seducción del mundo e imite a cuantos ponen toda su confianza en la condición mortal presente, preocupados únicamente por su interés inmediato (…).

Queridos hermanos y hermanas (…), haciéndome eco de las palabras que hemos leído hace un momento en la carta de san Pablo a los Tesalonicenses, oro por vosotros así: Aquel “que nos amó y nos otorgó gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena” (2Ts 2, 16-17).

Os sostenga y os ayude María Santísima, Madre de Dios».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).

GD Star Rating
loading...
GD Star Rating
loading...
Print Friendly, PDF & Email

Antonio Díaz Tortajada

Antonio Díaz Tortajada nació en 1947 en Castielfabib (Valencia). Sacerdote diocesano desde 1973. Miembro del Instituto Secular Jesús Sacerdote. Licenciado en Teologia, Ciencias de la Información y Diplomado en Psicología. Fundador de la emisora católica "Radio Luz de Valencia". Actualmente Consiliario de la Junta Diocesana de Hermandades y Cofradías. Columnista habitual en los diarios locales valencianos. Autor, entre otros libros, de: "Evangelización, lenguaje y cultura" (1983), "Llamados para anunciar el Evangelio de Dios" (1984), "Me encanta mi heredad" (1989), "Juan Pablo cree en los jóvenes"(1990), "El camino de la Cruz" (1991), "Arriesgar la palabra"(1993), "Plegarias" (1994), "El silencio de Dios" (1994), "Vivir lo que esperamos" (1997), "Viacrucis del Hombre Dios" (2000), "Háblame de Jesús" (2001) y "Variaciones sobre el Génesis" (2005)

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.