Rincón Litúrgico

Homilías papales para el domingo C del tiempo ordinario (25-8-2013)

Juan Pablo II Benedicto XVI

 Homilías papales para el domingo C del tiempo ordinario (25-8-2013)

  Textos recopilados en varios idiomas por fray Gregorio Vinuesa Cortázar

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

          (1/3) Benedicto XVI, Ángelus 26-8-2007 (ge hr sp fr en it po)

(2/3) Juan Pablo II, Homilía en Castelgandolfo 24-8-1980 (sp it):

«Carísimos hermanos e hijos (…): Nuestra alegría cristiana quiere alimentarse de la Palabra de Dios, el cual, acogido en la fe, es fuente para nuestro espíritu de interiores certezas, que necesitamos sobre todo en momentos de dificultad y desfallecimiento.

1. Consideremos, en primer lugar, la oración inicial de esta Santa Misa. Esa oración, a la vez que nos enlaza con las profundas aspiraciones expresadas en la del pasado domingo, nos abre la puerta a la aceptación sin vanos temores de la palabra del Evangelio, la cual, siendo divina, es fuente de infalible certeza, aunque a primera vista su lectura pueda aparecer turbadora.

Mientras en la semana pasada pedimos al Señor «la dulzura de su amor, para poderle amar en todo y sobre todas las cosas», a fin de obtener «sus promesas que superan todo deseo» (Nota 1), hoy, con el mismo espíritu de humilde súplica, pedimos a Dios «amar lo que manda y desear lo que promete», a fin de que «nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría» (Nota 2).

En las dos oraciones hay una idéntica orientación fundamental del cristiano hacia los bienes que sobrepasan toda previsión y experiencia, que ningún ojo puede ver y ninguna mente imaginar; hay la misma ansia del don de Dios, único que puede transformar el corazón de sus fieles, haciéndolo sensible a sus promesas y dispuesto a afrontar, por amor, la lucha requerida contra el espíritu del mundo, superando así «la puerta estrecha».

Al pedir a Dios hoy, en especial, que nos haga «amar lo que él manda», pedimos entrar en el secreto de la libertad cristiana, la cual induce a una decisión irrenunciable y fiel de elegir el bien, aunque vaya acompañada, como muchas veces sucede, por el cansancio, la lucha y el sufrimiento.

El cristiano, efectivamente, no obedece a un imperativo externo, sino que, afrontando la «puerta estrecha», sigue la atracción que le pone en su corazón el Espíritu Santo. He aquí por qué todos cuantos se comprometen a obedecer al Señor con la más profunda y leal generosidad, ponen en esa obediencia una espontaneidad y un amor que los profanos no saben explicarse.

Preparados así por la oración a acoger en el corazón «lo que Dios manda», nos sentimos dispuestos a no rebelarnos, a no desanimarnos, a no rechazar, antes bien a comprender y amar la palabra evangélica que Jesús hoy nos dirige.

2. En el Evangelio Jesús recuerda que todos estamos llamados a la salvación y a vivir con Dios, porque frente a la salvación no hay personas privilegiadas. Todos deben pasar por la puerta estrecha de la renuncia y de la donación de sí mismos. La lectura profética expone con vivas imágenes el designio que Dios tiene de recoger en la unidad a todos los hombres para hacerles partícipes de su gloria. La lectura extraída del Nuevo Testamento exhorta a soportar las pruebas como purificación procedente de las manos de Dios, «porque el Señor, a quien ama, le reprende» (Hb 12, 6; Pr 3, 12). Pero los motivos de esas dos lecturas puede decirse que se hallan concentrados en el pasaje del Evangelio.

La interrogación en torno al problema fundamental de la existencia: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» (Lc 13, 23), no nos puede dejar indiferentes. A esa pregunta Jesús no responde directamente, sino que exhorta a la seriedad de los propósitos y de las decisiones: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos serán los que busquen entrar, y no podrán» (Lc 13, 24).

El grave problema adquiere en los labios de Jesús una perspectiva personal, moral, ascética. Jesús afirma con vigor que el conseguir la salvación requiere sufrimiento y lucha. Para entrar por esa puerta estrecha es necesario, como dice literalmente el texto griego, «agonizar», es decir, luchar vigorosamente con todas las fuerzas, sin pausa y con firmeza de orientación.

El texto paralelo de Mateo parece todavía más categórico: «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuán pocos los que dan con ella!» (Mt 7, 13-14).

La puerta estrecha es, ante todo, la aceptación humilde, en la fe pura y en la confianza serena, de la Palabra de Dios, de sus perspectivas sobre nuestras personas, sobre el mundo y sobre la historia; es la observancia de la ley moral, como manifestación de la voluntad de Dios, en vista de un bien superior que realiza nuestra verdadera felicidad; es la aceptación del sufrimiento como medio de expiación y de redención, para sí y para los demás, y como expresión suprema de amor. La puerta estrecha es, en una palabra, la aceptación de la mentalidad evangélica, que encuentra en el sermón de la montaña su más pura explicación.

Es necesario, a fin de cuentas, recorrer el camino trazado por Jesús y pasar por esa puerta que es él mismo: «Yo soy la puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10, 9). Para salvarse hay que tomar como él nuestra cruz, negarnos a nosotros mismos en las aspiraciones contrarias al ideal evangélico, y seguirle en su camino: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame» (Lc 9, 23).

Queridos hijos y hermanos: Es el amor lo que salva, el amor que, ya en la tierra, es felicidad interior para quien se olvida de sí mismo y se entrega en los más diferentes modos: en la mansedumbre, en la paciencia, en la justicia, en el sufrimiento y en el llanto.

¿Puede el camino parecer áspero y difícil, puede la puerta aparecer demasiado estrecha? Como dije ya al principio, semejante perspectiva supera las fuerzas humanas, pero la oración perseverante, la confiada súplica, el íntimo deseo de cumplir la voluntad de Dios, conseguirán de nosotros que «amemos lo que él manda».

Y esto es lo que pido para todos vosotros. Y sobre vuestros propósitos, sobre vuestras personas, sobre vuestras familias descienda mi afectuosa Bendición Apostólica».

(3/3) Juan Pablo II, Homilía en el Congreso Eucarístico y Mariano en Lima 15-5-1988 (sp it): «Jesús no solo quiere permanecer con nosotros; quiere darnos la fuerza para entrar en su Reino. «No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21). Cristo, que ha cumplido la voluntad de su Padre «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8), nos hace partícipes de su fidelidad mediante la Eucaristía. A través de ella nos da la fuerza que hace posible cumplir la voluntad de Dios, por la que entramos en el reino de los cielos».

(Nota 1) Domingo XX del Tiempo Ordinario, Oración colecta: Deus, qui diligéntibus te bona invisibilia praeparasti, infunde córdibus nostris tui amoris afféctum, ut, te in ómnibus et súper omnia diligentes, promissiones túas, quae omne desidérium súperant, consequámur. Per Dóminum…

(Nota 2) Domingo XXI del Tiempo Ordinario, Oración colecta: Deus, qui fidélium mentes uníus éfficis voluntatis, da pópulis túis id amare quod praécipis, id desiderare quod promittis, ut, ínter mundanas varietates, ibi nostra fixa sint corda, ubi vera sunt gaudia. Per Dóminum…

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones «ex cáthedra», existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la «piedra» en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).

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Fray Gregorio OCD

Nací en El Arenal (Ávila) en 1954, cuando en toda la Iglesia se celebraba
con gozo el «Año Mariano» decretado por Pío XII. Profesé en el Carmelo
Descalzo en 1975, y estudié filosofía y teología en Salamanca. Gracias a
Dios, me fiaba totalmente del Papa, y me confirmaban en ello las
afirmaciones que leía de los Papas sobre su insustituible misión. Y en 2007
comencé a enviar por correo electrónico la homilía del Papa correspondiente
a cada domingo y fiesta.

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