Revista Ecclesia » Homilías papales para el domingo 31 del tiempo ordinario, C (3-11-2013)
Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Homilías papales para el domingo 31 del tiempo ordinario, C (3-11-2013)

 Homilías papales para el domingo 31 del tiempo ordinario, C (3-11-2013)

Textos recopilados en varios idiomas por fray Gregorio Cortázar Vinuesa

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/3) Benedicto XVI, Ángelus 4-11-2007 (ge hr sp fr en it po)

(2/3) Benedicto XVI, Ángelus 31-10-2010 (ge hr sp fr en it po)

(3/3) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia del Santísimo Sacramento y de los Mártires canadienses 2-11-1980 (sp it po):

«”Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas” (Sal 145, 10-11) (…).

El fragmento del Evangelio de San Lucas, que la liturgia de hoy propone para meditar en el trigésimo primer domingo durante el año, recuerda el episodio que tuvo lugar mientras Jesús estaba atravesando la ciudad de Jericó. Fue un acontecimiento tan significativo que, aunque ya lo sabemos de memoria, es preciso meditar otra vez con atención en cada uno de sus elementos.

Zaqueo era no solo un publicano –igual que lo había sido Leví, después el apóstol Mateo–, sino un “jefe de publicanos”, y era muy “rico”. Cuando Jesús pasaba cerca de su casa, Zaqueo, a toda costa, “hacía por ver a Jesús” (Lc 19, 3), y para ello, por ser pequeño de estatura, ese día se subió a un árbol (el Evangelista dice “a un sicómoro”), “para verle” (Lc 19, 4).

Cristo vio de este modo a Zaqueo y se dirigió a él con las palabras que nos hacen pensar tanto. Efectivamente, Cristo no solo le dio a entender que le había visto sobre el árbol (a él, jefe de publicanos, por lo tanto, hombre de una cierta posición), sino que además manifestó ante todos que quería “hospedarse en su casa” (cf Lc 19, 5). Ello suscitó alegría en Zaqueo y, a la vez, murmuraciones entre aquellos a quienes, evidentemente, no agradaban estas manifestaciones de las relaciones del Maestro de Nazaret con “los publicanos y pecadores”.

Esta es la primera parte de la perícopa, que merece una reflexión. Sobre todo, es necesario detenerse en la afirmación de que Zaqueo “hacía por ver a Jesús” (Lc 19, 3). Se trata de una frase muy importante que debemos referir a cada uno de nosotros aquí presentes, más aún, indirectamente, a cada uno de los hombres. ¿Quiero yo “ver a Cristo”? ¿Hago todo para “poder verlo”?

Este problema, después de dos mil años, es tan actual como entonces cuando Jesús atravesaba las ciudades y los poblados de su tierra. Es el problema actual para cada uno de nosotros personalmente. ¿Quiero yo ver a Cristo? ¿Quiero verdaderamente? ¿O quizás, más bien, evito el encuentro con él? ¿Prefiero no verlo, o prefiero que él no me vea, al menos a mi modo de pensar y de sentir? Y si ya lo veo de algún modo, ¿prefiero entonces verlo de lejos, no acercándome demasiado, no poniéndome ante sus ojos, para no llamar la atención demasiado…, para no tener que aceptar toda la verdad que hay en él, que proviene de él, de Cristo?

Esta es una dimensión del problema que encierran las palabras del Evangelio de hoy sobre Zaqueo. Pero hay también una dimensión social. Tiene muchos círculos, pero quiero situar esta dimensión en el círculo concreto de vuestra parroquia. Efectivamente, la parroquia, es decir, una comunidad viva cristiana, existe para que Jesucristo sea visto constantemente en los caminos de cada uno de los hombres, de las personas, de las familias, de los ambientes, de la sociedad. Y vuestra parroquia (…), ¿hace todo lo posible para que el mayor número de hombres “quiera ver a Cristo Jesús” como Zaqueo? Y además, ¿qué más podría hacer para esto?

Detengámonos en estas preguntas. Más aún, completémoslas con las palabras de la oración que encontramos en la segunda lectura de la Misa, tomada de la Carta de San Pablo a los Tesalonicenses: Hermanos: “Siempre rezamos por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y con toda eficacia cumpla todo su bondadoso beneplácito y la obra de vuestra fe, y el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo” (2Ts 1, 11-12).

Es decir –hablando con el lenguaje del pasaje evangélico de hoy–, oremos para que vosotros “procuréis ver a Cristo” (cf Lc 19, 3), para que vayáis a su encuentro como Zaqueo; y que, si sois pequeños de estatura, subáis, por este motivo, a un árbol.

Y Pablo continúa desplegando su oración, pidiendo a los destinatarios de su carta que no se dejen demasiado fácilmente confundir y turbar por supuestas inspiraciones (cf 2Ts 2, 2). ¿Por qué “inspiraciones”? Acaso sencillamente por las “inspiraciones de este mundo”. Digámoslo con lenguaje de hoy: por una oleada de secularización e indiferencia respecto de los mayores valores divinos y humanos. Después dice Pablo: “Ni por palabras”. Efectivamente, no faltan hoy las palabras que tienden a “confundir” o a “turbar” a los cristianos.

Zaqueo no se dejó confundir ni turbar. No se asustó de que la acogida de Cristo en la propia casa pudiese amenazar, por ejemplo, su carrera profesional o hacerle difíciles algunas acciones ligadas con su actividad de jefe de publicanos. Acogió a Cristo en su casa y dijo: “Señor, doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo cuatro veces más” (Lc 19, 8).

En este punto se hace evidente que no solo Zaqueo “ha visto a Cristo”, sino que al mismo tiempo, Cristo ha escrutado su corazón y su conciencia; lo ha radiografiado hasta el fondo. Y he aquí que se realiza lo que constituye el fruto propio de la apertura del corazón, se realiza la conversión, se realiza la obra de la salvación. Lo manifiesta el mismo Cristo cuando dice: “Hoy ha venido la salud a esta casa, por cuanto también este es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 9-10). Y esta es una de las expresiones más bellas del Evangelio.

Estas últimas palabras tienen una importancia particular. Descubren el universalismo de la misión salvífica de Cristo. De la misión que permanece en la Iglesia. Sin estas palabras sería difícil comprender la enseñanza del Vaticano II, y en particular la enseñanza de la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).



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