Rincón Litúrgico

Homilías papales para el domingo 30 del tiempo ordinario, C (27-10-2013)

Juan Pablo II Benedicto XVI

Homilías papales para el domingo 30 del tiempo ordinario, C (27-10-2013)

Textos recopilados en varios idiomas por fray Gregorio Cortázar Vinuesa

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/3) Juan Pablo II, Homilía en el estadio de Perusa 26-10-1986 (it):

«»Dios ha reconciliado al mundo consigo en Cristo» (Canto al Evangelio, cf 2Co 5, 19).

La solemne afirmación del apóstol Pablo ha resonado en nuestros oídos, queridísimos hermanos y hermanas, como portadora de serenidad y de esperanza. Somos un pueblo reconciliado. La celebración eucarística en la que participamos, nos hace revivir esta certeza consoladora: Cristo nos ha redimido con la sangre derramada en la cruz, nos ha unido a sí en la comunión de su cuerpo, nos sostiene a través del camino de la existencia con el alimento vivificador de su carne y de su sangre (…).

Y los cristianos han querido hacer, por decirlo así, permanente el símbolo de esta reconciliación suya con Dios. De ahí que la comunidad haya sentido la necesidad de plasmar en un edificio, que tiene como propio centro el altar, la conciencia de la unidad profunda que vincula a cada uno de sus miembros con Cristo y, en él, el Hijo unigénito, los abre a la experiencia del amor acogedor del eterno Padre.

El planeta se ha poblado así de innumerables templos –desde las humildes iglesias parroquiales a las solemnes catedrales– para cantar la alegría de un pueblo en camino, entre las vicisitudes de la historia, hacia la salvación definitiva (…).

Cada templo cristiano es signo de esa reconciliación con la que Cristo nos ha insertado nuevamente en la comunión de amor del Padre; es signo de Dios, en el que todos nosotros «vivimos, nos movemos y existimos» (Hc 17, 28), de Dios, que como Creador y Padre determina la unidad de todo lo creado; es signo de Cristo, que se ha hecho hombre para reconciliar el mundo con Dios y lo ha realizado mediante su cruz y su resurrección; es, finalmente, signo del mundo reconciliado con Dios en Cristo (…).

La iglesia de piedra aparece así como un luminoso símbolo de la Iglesia de los corazones (…). Mirando sus estructuras (…), os colocáis ante vuestra responsabilidad de Iglesia viva, llamada a ser «sacramento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (cf Lumen gentium, 1) (…).

¿Y cuáles son las condiciones de una auténtica reconciliación con Dios? He aquí que los templos son un particular «espacio» en el que puede entrar cualquier hombre, tal como leemos en el Evangelio de hoy, que habla de los «dos hombres» que «subieron al templo» (cf Lc 18, 9ss).

Cada hombre puede entrar en ese lugar, porque es también «su espacio»: él, el hombre, lo ha construido y es una manifestación de su genio, una obra de la cultura humana.

Mientras se encuentre en este espacio como si fuera únicamente suyo, como en un ambiente solo humano, no ha descubierto aún el significado profundo de este espacio. No ha descubierto el misterio trascendente que hay en él. Ciertamente puede entrar en el templo, y salir de él, impresionado solo por el esplendor de la obra humana. Pero entonces el verdadero motivo por el que ha sido erigido el templo no ha logrado su finalidad.

Es importante que el hombre salga de la iglesia «reconciliado con Dios», que salga de ella «justificado». Se plantea así de nuevo la cuestión: ¿Cómo reconciliarse con Dios? A esta pregunta responde el texto del Evangelio de hoy.

«Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano» (Lc 18, 10). Sin embargo, solo uno volvió a casa justificado. Y fue precisamente el publicano (cf Lc 18, 14). Esto quiere decir que solo él captó el misterio interior del templo, el misterio unido a su consagración. Solo él, aunque los dos habían ido a rezar.

Así pues, resulta que el mismo espacio sagrado, el templo, la catedral, ha de llenarse ulteriormente con otro espacio totalmente interior y espiritual: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?», escribe san Pablo (1Co 3, 16).

Cuando un templo se llena (…) de esos templos interiores que son los «corazones» humanos, ¿a quién se parecen más estos «corazones» humanos, al fariseo o al publicano? El templo es signo de la reconciliación del hombre con Dios en Jesucristo. Sin embargo, la realidad de esta reconciliación –indicada con el signo externo del templo– pasa en definitiva a través del corazón humano, a través de ese santuario de la justificación y de la santidad.

El fariseo volvió «no justificado» porque estaba «lleno de sí mismo». En el «espacio» de su corazón no había sitio para Dios. El fariseo estaba presente en el templo material, pero Dios no estaba presente en el templo de su corazón.

¿Por qué, en cambio, volvió «justificado» el publicano? Por el hecho de que –a diferencia del fariseo– reconoce humildemente que tiene necesidad de ser justificado. No juzga a los demás. Se juzga a sí mismo.

El publicano «se quedó atrás», y sin embargo –quizás no se da perfectamente cuenta de ello–, está más cerca del Señor que nunca, porque «el Señor –como dice el Salmo (34, 19)– está cerca del que tiene el corazón herido». Dios no está de hecho lejano del pecador, si este pecador tiene el «corazón herido», es decir, arrepentido, y confía, como el publicano, en la misericordia divina: «Oh Dios, ten compasión de este pecador» (Lc 18, 13).

El publicano, pues, no se gloría de sí mismo, sino del Señor (cf Sal 34, 2). No se ensalza; no se pone en el primer puesto, sino que le reconoce a Dios su majestad, su trascendencia; sabe que Dios es grande y misericordioso, y que escucha el grito del pobre y del humilde (cf Sal 34, 7).

El publicano «se queda atrás», pero al mismo tiempo confía. Esta es la actitud justa de cara a Dios: sentirse indignos de él, a causa de los propios pecados, pero confiar en su misericordia, precisamente porque él ama al pecador arrepentido.

Meditando este Salmo se nos pone ante los ojos la bondad divina respecto del hombre de corazón contrito, que busca a Dios y reconoce que está a su servicio: «El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él» (Sal 34, 23) (…).

«Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo… Y puso en nuestras manos la palabra de la reconciliación» (2Co 5, 19).

Queridos hermanos y hermanas (…): Acoged esta palabra que ha sido pronunciada hoy (…). Acogedla (…) como palabra de reconciliación. Acogedla como signo de vuestra ciudad reconciliada con Dios en Jesucristo».

(2/3) Benedicto XVI, Homilía a la Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos 24-10-2010 (ge sp fr en it po):

«Queridos hermanos y hermanas (…): Esta mañana hemos dejado el aula del Sínodo y hemos venido «al templo para orar»; por esto, nos atañe directamente la parábola del fariseo y el publicano que Jesús relata y el evangelista san Lucas nos refiere (cf Lc 18, 9-14). Como el fariseo, también nosotros podríamos tener la tentación de recordar a Dios nuestros méritos, tal vez pensando en el trabajo de estos días. Pero, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón humilde, pobre.

Por tanto, también nosotros, al concluir este acontecimiento eclesial, deseamos ante todo dar gracias a Dios, no por nuestros méritos, sino por el don que él nos ha hecho. Nos reconocemos pequeños y necesitados de salvación, de misericordia; reconocemos que todo viene de él y que solo con su gracia se realizará lo que el Espíritu Santo nos ha dicho. Solo así podremos «volver a casa» verdaderamente enriquecidos, más justos y más capaces de caminar por las sendas del Señor.

La primera lectura y el salmo responsorial insisten en el tema de la oración, subrayando que es tanto más poderosa en el corazón de Dios cuanto mayor es la situación de necesidad y aflicción de quien la reza. «La oración del pobre atraviesa las nubes» afirma el Sirácida (Si 35, 17); y el salmista añade: «El Señor está cerca de los que tienen el corazón roto, salva a los espíritus hundidos» (Sal 34, 19) (…).

El grito del pobre y del oprimido encuentra eco inmediato en Dios, que quiere intervenir para abrir una vía de salida, para restituir un futuro de libertad, un horizonte de esperanza.

Esta confianza en el Dios cercano, que libera a sus amigos, es la que testimonia el apóstol san Pablo en la epístola de hoy, tomada de la segunda carta a Timoteo. Al ver ya cercano el final de su vida terrena, san Pablo hace un balance: «He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe» (2Tm 4, 7). Para cada uno de nosotros, este es un modelo que hay que imitar: que la Bondad divina nos conceda hacer nuestro un balance análogo. «Pero el Señor –prosigue san Pablo– me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles» (2Tm 4, 17) (…).

La experiencia del Apóstol es paradigmática para todo cristiano, especialmente para nosotros, los pastores (…).

Como nos ha recordado la página del Evangelio de hoy (cf Lc 18, 9-14), necesitamos humildad para reconocer nuestros límites, nuestros errores y nuestras omisiones, a fin de poder formar verdaderamente «un solo corazón y una sola alma» (…).

A los cristianos en Oriente Medio se pueden aplicar las palabras del Señor Jesús: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino» (Lc 12, 32). En efecto, aunque su número es escaso, son portadores de la buena nueva del amor de Dios por el hombre, amor que se reveló precisamente en Tierra Santa en la persona de Jesucristo».

(3/3) Juan Pablo II, Homilía de beatificación 25-10-1998 (sp en it po).

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones «ex cáthedra», existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la «piedra» en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).

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