Rincón Litúrgico

Homilías papales para el domingo 24 del tiempo ordinario, C (15-9-2013)

Juan Pablo II Benedicto XVI

Homilías papales para el domingo 24 del tiempo ordinario, C (15-9-2013)

  Textos recopilados en varios idiomas por fray Gregorio Vinuesa Cortázar

 

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/3) Benedicto XVI, Ángelus 16-9-2007 (ge hr sp fr en it po)

(2/3) Benedicto XVI, Ángelus 12-9-2010 (ge hr sp fr en it po)

(3/3) Juan Pablo II, Homilía en Trevignano Romano 17-9-1989 (it):

«”Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta…” (Lc 15, 7).

Con estas palabras del Evangelio, que son anuncio de esperanza segura e invitación a la alegría por la salvación recuperada en Cristo, os saludo a todos vosotros, queridos hermanos y hermanas (…), reunidos aquí para celebrar la Eucaristía el “día del Señor” (…).

“Habrá más alegría…”. Este es el objetivo al que se dirige la acción de Dios en el mundo: la alegría por la liberación del hombre de la miseria moral de la culpa, pero también la alegría por su liberación de toda enfermedad o quebranto que de cualquier manera obstaculice su plena realización. En el mal físico se revela, en último análisis, la eficiencia negativa de aquel pecado de los orígenes que ha condicionado tan pesadamente la historia de la humanidad.

La lucha contra la primera de esas formas del mal se coloca al lado de la lucha contra la segunda, y la meta de ambas es la alegría de la liberación.

La palabra de Dios este domingo invita, en particular, a comprometerse en la forma de lucha más radical, la lucha contra el pecado. El tema central de las lecturas que acabamos de escuchar es el anuncio de la urgencia de la conversión.

¿Qué significa esa conversión? ¿Qué cambios supone? ¿Qué efectos produce? Las lecturas de la liturgia, en sus diversos elementos, nos lo manifiestan con singular viveza en las palabras del Padre de la parábola evangélica: “Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto, y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado” (Lc 15, 24).

Así nos hemos introducido en la reflexión sobre la compleja dinámica de toda conversión. ¿Qué sucede cuando un hombre “se convierte”? Sucede, ante todo, que Dios “se convierte”, es decir, se vuelve hacia él, vuelve a buscarlo.

Dios se conmueve y es el primero que sale al encuentro de la humanidad oprimida por el pecado. Más aún, si por la oración de Moisés, como dice la primera lectura, Dios “se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo” (Ex 32, 14), en el Nuevo Testamento, en la parábola de Jesús que es imagen de la misericordia del Padre, se nos dice que él no quiere “dañar”: calla cuando el hijo lo abandona, pero todos los días, podríamos decir, lo espera con ansia, porque otea el horizonte lejano en espera de volverlo a ver.

Esta es la realidad más estupenda de todo el proceso de la conversión, su razón más profunda, si queremos ver las cosas en un sentido teológico: Dios “vuelve” su Corazón hacia el pecador, porque es fiel a sí mismo, a su promesa, a su proyecto de salvación, a la Alianza. Él no se deja vencer por el pecado del hombre, por más grande que sea. Dios permanece fiel en el amor, “fiel a su paternidad, fiel a aquel amor que siempre tenía hacia su propio hijo” (Encíclica Dives in misericordia 30-11-1980, 6) (ge sk sp fr en it lt pl po). Él es así el verdadero protagonista de la reconciliación: la iniciativa es suya, y suya es la voluntad de “salir al encuentro” de los hombres, que quiere amar, para que recuperen la plenitud del bien perdido.

Precisamente a esta gratuidad del amor de Dios apela Moisés en su oración: “Acuérdate de tus siervos Abrahán, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo” (Ex 32, 13). “Por ti mismo”, es decir, en virtud de tu ser divino, de tu infinita grandeza, de la inimaginable generosidad de tu Corazón misericordioso, del afecto que brota de la esencia eterna de tu paternidad divina.

A la iniciativa de Dios corresponde el regreso, la “conversión” del hombre. Esta comporta todo un proceso interior de clarificación: el fatigoso descubrimiento de la importancia de los bienes perdidos; descubrimiento estimulado por el doloroso sentimiento de una profunda y mortal indigencia: “Yo aquí me muero de hambre” (Lc 15, 17).

El pecado, tan puntualmente descrito en la actitud del hijo pródigo, consiste en la rebelión frente a Dios, o al menos en el olvido o indiferencia ante él y su amor. Este acto violento y desordenado interrumpe la relación con Dios y culmina en el alejamiento de él, es decir, en la negación de Dios y de lo que él en realidad es para el hombre: “Emigró a un país lejano y allí derrochó su fortuna” (Lc 15, 3)

Pero esta “fuga de Dios” tiene como consecuencia para el hombre una situación de confusión profunda sobre su propia identidad, junto con una amarga experiencia de empobrecimiento y desesperación: el hijo pródigo, según dice la parábola, después de todo, comenzó a pasar necesidad y se vio obligado –él, que había nacido en la libertad– a servir a uno de los habitantes de aquella región.

El alejamiento de aquel Dios, que es principio fundamental de la vida, se revela así como una elección nociva: una muerte que se anuncia ya, en la profundidad del alma, como profunda inquietud y tristeza, como desesperada insatisfacción del modo de ser al que nos hemos reducido.

Aquí es donde el hombre vuelve a descubrir la nostalgia de la casa paterna y recupera la esperanza de poder ser acogido nuevamente en ella: “Me pondré en camino adonde está mi padre” (Lc 15, 18).

La confianza en el poder de la relación de amor entre padre e hijo permite a este último reemprender el camino fatigoso del regreso, sostenido no tanto por el temor cuanto por el amor.

Meditamos esta verdad fundamental de la misericordia paterna de Dios (…) acogiendo el anuncio de que “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta…” (Lc 15, 10) (…).

“Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores… Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia” (1Tm 1, 15-16).

En Jesús se manifiesta la magnanimidad de Dios hacia todo hombre necesitado, que es y permanece siempre hijo amado y deseado.

El amor de Dios, que no conoce límites, se trasluce en todos los textos de la Palabra de Dios que hemos proclamado hoy (…).

Así es Dios: bueno, rico en comprensión, rebosante de amor, deseoso de ser comprendido y pagado en su inmenso afecto. Así debemos ser nosotros también hacia nuestros hermanos. Esforcémonos por compartir los sentimientos de Dios, que es Padre, y hacer saber a los hombres que en el mundo está presente el amor, más poderoso que el pecado y que todas sus manifestaciones; un amor que sabe hacer germinar la alegría ya aquí en el tiempo, para poder luego hacerla eterna en la bienaventuranza del cielo».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).

 

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Fray Gregorio OCD

Nací en El Arenal (Ávila) en 1954, cuando en toda la Iglesia se celebraba
con gozo el «Año Mariano» decretado por Pío XII. Profesé en el Carmelo
Descalzo en 1975, y estudié filosofía y teología en Salamanca. Gracias a
Dios, me fiaba totalmente del Papa, y me confirmaban en ello las
afirmaciones que leía de los Papas sobre su insustituible misión. Y en 2007
comencé a enviar por correo electrónico la homilía del Papa correspondiente
a cada domingo y fiesta.

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