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Rincón Litúrgico

Homilías papales para el 33 domingo del tiempo ordinario C (17 – 11 – 2013)

Homilías papales para el 33 domingo del tiempo ordinario C (17 – 11 – 2013)

NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

(1/4) Juan Pablo II, Ángelus 16-11-1986: «Buscar a Dios es un esfuerzo gratificante, porque él se deja encontrar (1)» (sp it)

(2/4) Benedicto XVI, Ángelus 18-11-2007: «Afrontar los sucesos diarios confiando en el amor providente de Dios (E)» (ge hr sp fr en it po)

(3/4) Benedicto XVI, Ángelus 14-11-2010: «La importancia del trabajo para la vida del hombre (2)» (ge hr sp fr en it po)

(4/4) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Martín y San Antonio Abad 19-11-1995 (it):

«”Está establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio” (Hb 9, 27). [“No hay reencarnación después de la muerte” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1013)].

La liturgia de este domingo tiene un carácter “escatológico”, es decir, habla de las “realidades últimas” [Cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1020-1065 (zh sp fr en it lt lv mg po)] que se refieren a la muerte de todo ser humano y al fin del mundo. De modo particular, habla del juicio. El Salmo responsorial nos ha hecho repetir la antífona: “El Señor viene a juzgar la tierra”, invitando a la creación a alabar a Dios, porque “viene a juzgar la tierra; juzgará el orbe con justicia y los pueblos con rectitud” (Sal 98, 9).

Es significativo que aquí la venida del Señor no tiene nada de terrible, sino que, por el contrario, se pone de relieve la alegría que embarga a toda la naturaleza: el mar retumba, los ríos aplauden y los montes aclaman (cf Sal 98, 8). También se exhorta a los hombres a entrar en este clima de alegría: “Tocad la cítara para el Señor, suenen los instrumentos: con clarines y al son de trompetas, aclamad al Rey y Señor” (Sal 98, 5-6).

La venida definitiva de Dios es Cristo, evangelio de salvación, en el que se realiza la espera escatológica de la humanidad. El mundo y el hombre que vive en él ya no están condenados a la muerte. El ser humano ya no está destinado a volver para siempre al polvo del que había surgido, sino a presentarse ante el rostro de Dios y a entrar en la comunión eterna con él, participando así de su reino y de su vida. Sin embargo, para que se realice esto, es necesario superar el umbral del juicio de Dios, al que se someterá toda la vida del hombre sobre la tierra.

El profeta Malaquías ha expresado esta verdad con palabras concisas en la primera lectura: “Pues he aquí que viene el día, abrasador como un horno; todos los arrogantes y los que cometen impiedad serán como paja; y los consumirá el día que viene… Pero para vosotros, los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia” (Ml 3, 19-20). Estos dos elementos, el fuego y la luz, se funden aquí con el anuncio del juicio final. El fuego consume y purifica; la luz ilumina y da felicidad en la visión beatífica de Dios. Pero el juicio para cada persona se realiza al término de su peregrinación terrena. Para ella morir es también, en cierto sentido, experimentar el fin del mundo.

Por eso este domingo, penúltimo del año litúrgico, nos alienta a meditar en los “novísimos”, en las “realidades últimas”: la muerte, el juicio, el premio celestial, el purgatorio y el infierno. Casi podríamos decir que es como la continuación de la solemnidad de Todos los Santos y de la conmemoración de los Fieles Difuntos, que hemos celebrado al principio del mes de noviembre.

También el pasaje tomado del evangelio de Lucas tiene un carácter escatológico. Pero en él no es preponderante el tema del fin del mundo, sino el anuncio de la destrucción de Jerusalén. “Llegarán días –dice Jesús– en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida” (Lc 21, 6) (…).

A la pregunta: “Maestro, ¿cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?” (Lc 21, 7), Cristo da una respuesta que se refiere directamente a la destrucción de Jerusalén, pero que también podría aludir al fin del mundo. Anuncia guerras y revoluciones, poniendo en guardia contra los falsos mesías: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares. Habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo” (Lc 21, 10-11).

Estos acontecimientos acompañaron la caída de Israel y la destrucción de Jerusalén por obra de los romanos (en el año 70), pero puede decirse que se produjeron también en otras épocas de la historia. ¿Acaso nuestro siglo (XX) no ha visto muchas guerras y revoluciones? La historia del hombre y la de la humanidad llevan en sí el signo de su destino escatológico. La orientación del tiempo hacia las realidades últimas nos hace conscientes de no tener en la tierra una morada estable (…).

Las palabras de Cristo se refieren indudablemente también a la comunidad de los primeros discípulos: deberán superar pruebas difíciles, los entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y los llevarán ante reyes y gobernadores por su nombre (cf Lc 21, 12). Y a continuación añade: “Esto os sucederá para que deis testimonio” (Lc 21, 13).

Cristo, que dice: “Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hc 1, 8), subraya que no se tratará de un testimonio fácil, sino muy difícil, por el hecho de que cuantos profesen públicamente su fe podrán ser perseguidos por sus familiares: “Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Lc 21, 16-17).

Hoy escuchamos una vez más estas graves palabras que prepararon a los Apóstoles y a toda la Iglesia para afrontar diversas pruebas, no solo las de los cristianos de los primeros siglos, sino también las de nuestro siglo (XX).

Pero, al mismo tiempo, Cristo no presenta a los discípulos únicamente la perspectiva de las dificultades y de las pruebas. Si habla de un testimonio difícil, añade enseguida: “Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios” (Lc 21, 14-15).

¡Muchas veces se ha cumplido esta promesa! En virtud de las palabras de Cristo, la Iglesia ha llegado a ser “signo de contradicción” (Lc 1, 34), que va adelante en la historia y guía a los creyentes por este camino.

En muchas épocas y en muchos lugares los cristianos han sido objeto de odio, persecuciones y exterminio; pero han experimentado la promesa consoladora del Redentor: “Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21, 18-19).

Ciertamente, no se trata de salvar la vida física. Basta leer los Acta martyrum para convencerse de que los grandes testigos de Cristo y los confesores de la fe debieron sacrificar su vida terrena. Iban al encuentro de la muerte con gran valentía, conscientes de que, aceptando morir por Cristo, se acercaban en realidad a la plenitud de la vida divina que Cristo comunicó al hombre en el misterio pascual (…).

Amadísimos hermanos, entre las lecturas de este domingo, impregnadas de temas escatológicos, se encuentra un pasaje de la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses que, en cierto modo, equilibra la perspectiva de las “realidades últimas” con indicaciones significativas sobre el tema de la temporalidad.

A los que esperaban como inminente la próxima venida de Cristo, la Parusía; y, precisamente por eso, no prestaban la atención necesaria a los compromisos diarios y al trabajo, san Pablo les escribe: “Hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo… Cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2Ts 3, 11. 10).

Ciertamente, san Pablo tiene su mirada fija en la venida de Cristo, pero, al mismo tiempo, es consciente de que la espera escatológica no puede hacer perder de vista los deberes diarios. Por el contrario, la fatiga de todos los días constituye para el creyente un modo de prepararse a la venida de Cristo.

Es la lección que la constitución conciliar Gaudium et spes ha vuelto a proponer con gran eficacia: “La espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana que puede ofrecer ya un cierto esbozo del nuevo siglo” (n. 39).

Que el Señor nos ayude a preparar día tras día, con alegría e intrepidez, la venida de su Reino glorioso. Amén».

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que así iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NUEVA VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).



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