Homilías papales, domingo 20- B del tiempo ordinario (19-8-2012)
Rincón Litúrgico

Homilías papales, domingo 20- B del tiempo ordinario (19-8-2012)

vaticano

 NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) — Concordia y ©atena Aurea (en)

Preparado por Fr. Gregorio Cortázar Vinuesa, OCD

Benedicto XVI, Ángelus 16-8-2009 (ge hr sp fr en it po)

Juan Pablo II, Homilía en Castelgandolfo para miembros del Opus Dei 19-8-1979 (sp fr it po):

«Queridísimos (…): Os saludo desde lo más íntimo de mi corazón, recordando la profunda y conmovedora exhortación que San Pablo escribía a los Efesios: “Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor en vuestros corazones, dando siempre gracias por todas las cosas a Dios Padre en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 18-20).

Nosotros precisamente queremos entretenernos en oración con Cristo, en Cristo y por Cristo; queremos gozar de la alegría que proviene de la verdad; queremos alabar juntos al Señor, que en el inmenso misterio de su amor no sólo ha querido encarnarse, sino que ha querido permanecer con nosotros en la Eucaristía. Efectivamente, la liturgia de hoy está toda centrada en este supremo misterio, y el mismo Jesús es el Maestro divino que nos enseña cómo debemos entender y vivir este sublime e incomparable sacramento.

 

1. Ante todo, Jesús afirma que la Eucaristía es una realidad misteriosa, pero auténtica.

Jesús en la Sinagoga de Cafarnaún afirma claramente: “Yo soy el pan bajado del cielo… El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo… Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida… Este es el pan bajado del cielo; no como el pan que comieron los padres y murieron” (cf Jn 6, 51-59).

Jesús dice precisamente: “carne” y “sangre”, “comer” y “beber”, aun sabiendo que chocaba con la sensibilidad y la mentalidad de los judíos. Es decir, Jesús habla de su Persona real, toda entera, no simbólica, y hace entender que la suya es una ofrenda “sacrificial”, que se realizará por vez primera en la Última Cena, anticipando místicamente el sacrificio de la cruz, y será transmitido a todos los siglos mediante la Santa Misa. Es un misterio de fe, ante el cual no podemos menos de arrodillarnos en adoración, en silencio, en admiración.

La Imitación de Cristo nos pone en guardia ante la investigación curiosa e inútil, que incluso puede ser peligrosa, de este sacramento insondable: “Qui scrutator est maiestatis, opprimetur a gloria” (Libro IV, cap. XVIII, 1).

Pablo VI, de venerada memoria, en el Credo del Pueblo de Dios (30-6-1968), haciendo una síntesis de la doctrina específica del Concilio de Trento y de su Encíclica Mysterium fidei, dijo: “En este sacramento, Cristo no puede hacerse presente de otra manera que por la conversión de toda la sustancia del pan en su cuerpo y la conversión de toda la sustancia del vino en su sangre, permaneciendo solamente íntegras las propiedades del pan y del vino, que percibimos con nuestros sentidos. La cual conversión misteriosa es llamada por la Santa Iglesia conveniente y propiamente transustanciación” (n. 25).

Todos los Padres de la Iglesia han afirmado siempre la realidad de la Presencia divina; recordemos sólo al filósofo Justino que, en la “Apología” exhorta a la adoración humilde y gozosa: “Terminadas las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama diciendo: ¡Amén! ¡Amén! –en hebreo quiere decir “así sea”–… Porque no tomamos estas cosas como pan común y bebida ordinaria, sino que, a la manera que Jesucristo nuestro Salvador, hecho carne por virtud de la palabra de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así se nos ha enseñado que, por virtud de la oración al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias –alimento del que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestra carne– es la carne y la sangre de aquel mismo Jesús encarnado” (Primera Apología, 65-67).

Por tanto os digo: sed adoradores convencidos de la Eucaristía, con pleno respeto de las normas litúrgicas, con seriedad devota y consciente, que nada quita a la familiaridad y a la ternura.

2. Jesús afirma luego que la Eucaristía es una realidad salvífica.

Jesús, continuando su discurso sobre el “Pan de vida”, añade: “Si alguno come de este pan, vivirá para siempre… Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros… El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré el último día”.

En este contexto Jesús habla de “vida eterna”, de “resurrección gloriosa”, del “último día”. No es que Jesús olvide o desprecie la vida terrena; todo lo contrario. Jesús mismo habla de los talentos que cada uno debe negociar y se complace en las obras de los hombres para la liberación progresiva de las diversas esclavitudes y opresiones y para el mejoramiento de la existencia humana (…). Es necesario pasar a través de la historia para alcanzar la vida eterna y gloriosa: paso fatigoso, difícil, ambiguo, porque debe ser meritorio. Jesús, pues, está vivo, presente en nuestro camino cotidiano, para ayudarnos a realizar nuestro verdadero destino, inmortal y feliz.

Sin Cristo es inevitable extraviarse, confundirse, incluso desesperarse. Lo había intuido con claridad lúcida Dante Alighieri, hombre de mundo y de fe, genio de la poesía y experto en teología, cuando en la paráfrasis del “Padre nuestro”, rezado por las almas del Purgatorio, enseñó que en el áspero desierto de la vida, sin la unión íntima con Jesús, “maná” del Nuevo Testamento; “Pan bajado del cielo”, el hombre que quiere seguir adelante sólo con sus fuerzas, en realidad va hacia atrás:

“Danos hoy el maná de cada día / sin el cual por este áspero desierto / va hacia atrás quien en caminar porfía” (Purgatorio, XI, 13-15).

Sólo mediante la Eucaristía es posible vivir las virtudes heroicas del cristianismo: la caridad hasta el perdón de los enemigos, hasta el amor a quien nos hace sufrir, hasta el don de la propia vida por el prójimo; la castidad en cualquier edad y situación de la vida; la paciencia, especialmente en el dolor y cuando se está desconcertado por el silencio de Dios en los dramas de la historia o de la misma existencia propia. Por esto, sed siempre almas eucarísticas, para poder ser cristianos auténticos.

3. Finalmente, Jesús afirma además que la Eucaristía debe ser una realidad transformante.

Es la afirmación más impresionante y comprometida: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí”. Palabras serias. Palabras exigentes. La Eucaristía es una transformación, un compromiso de vida: “Ya no vivo yo –decía San Pablo–, es Cristo quien vive en mí”. ¡Es Cristo crucificado! (Ga 2, 20; 1Co 2, 2). Recibir la Eucaristía significa transformarse en Cristo, permanecer en él, vivir para él. El cristiano, en el fondo, debe tener una sola preocupación y una sola ambición: vivir para Cristo, tratando de imitarlo en la obediencia suprema al Padre, en la aceptación de la vida y de la historia, en la total dedicación a la caridad, en la bondad comprensiva y, sin embargo, austera. Por esto la Eucaristía se convierte en programa de vida.

Queridísimos: Al finalizar esta meditación, os confío a María Santísima: Ella, que durante 33 años pudo gozar de la presencia visible de Jesús y trató a su divino Hijo con el máximo cuidado y delicadeza, os acompañe siempre a la Eucaristía: os dé sus mismos sentimientos de adoración y de amor».

Benedicto XVI, Jesús de Nazaret1, VIII, 2: Las grandes imágenes del evangelio de Juan: EL PAN.

LA PALABRA DEL PAPA.- «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.- «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).

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