Blog del director Navidad

Homilía para la Misa del Gallo: Esperanza es el nombre de la Navidad

         “Os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

“Porque un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a su hombro el principado y es su nombre Maravilla de Consejero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Para dilatar el principado con una paz sin límites… Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho desde ahora y por siempre”… Porque “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, llevando ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro: Jesucristo”.

 

Son fragmentos, queridos hermanos, de la liturgia de la Palabra que acabamos de proclamar en esta solemne celebración de la Natividad de Jesucristo, en esta siempre hermosa y entrañable misa del Gallo. Tanto el evangelista Lucas como el profeta Isaías nos definen al Niño que ha nacido, al Hijo que se nos ha dado. Lo hacen con palabras hermosas y llenas de contenido. Toda la sabiduría y todas las promesas bíblicas están condensadas en estas definiciones, en estas descripciones que se nos hace de Jesús. El es, en efecto, el Salvador, el Mesías, el Señor. El es Maravilla de consejero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Y El es hoy, esta noche y durante estos días santos del tiempo litúrgico de Navidad, el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. El es, en suma, la grandeza de Dios, la promesa de los siglos, el anhelo de la humanidad, en la apariencia y en la realidad frágil, pobre, humilde, tierna y hasta desconcertante de un niño que acaba de nacer, de un niño para cuyo alumbramiento su Madre apenas encuentra lugar, un niño, que anunciado por los ángeles, es adorado por unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turnos su rebaño.

 

Y ese niño y en ese niño -como escribe Pablo en su epístola a Tito, que hemos leído en la segunda lectura de esta Eucaristía- “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, llevando ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro: Jesucristo”.

Enseñándose, sí, a renunciar a una vida sin religión, subraya Pablo, quien en su carta a los Efesios cuenta que encontró a los habitantes de la próspera y deslumbrante ciudad de Éfeso “sin esperanza y sin Dios”. Y es que no conocían al Salvador, al Mesías, al Señor, Maravilla de Consejero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. No conocían el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, que es -sí, hermanos- la Esperanza que salva, la Esperanza que no defrauda, como acaba de mostrarnos y de argumentarnos espléndidamente el Papa Benedicto XVI en su preciosa y precisa encíclica “Spe salvi”.

 

La Navidad -en cuyo corazón y en cuya celebración más emblemática nos hallamos- es el tiempo de Dios, el tiempo de la Religión, el tiempo de la Esperanza. De esa esperanza que es la salvación. Y no hay otra Navidad. Por más que nos empeñemos en banalizarla, edulcorarla, maquillarla, disfrazarla y desnaturalizarla, viviendo y practicando tantas veces una Navidad sin Dios. Y no hay otra Navidad que la Navidad de Belén, la Navidad que el evangelista Lucas y el resto de los textos bíblicos de hoy y de estos días nos relatan.

 

La verdadera Navidad, la auténtica Navidad, la única Navidad, la Feliz Navidad es, pues, aquella que nos enseña “a renunciar a una vida sin religión y a los deseos mundanos, llevando ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y salvador nuestro Jesucristo”. Es la Navidad de la Esperanza. Porque Navidad es Esperanza. Esperanza es el nuevo y definitivo nombre de la Navidad. Es el nuevo y definitivo nombre de Dios.

 

Y es que, hermanos y hermanas, “el hombre necesita a Dios, de lo contrario se queda sin esperanza”. “Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar”.”Dios es el fundamento de la esperanza, pero no cualquier Dios, sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”. “Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza”. “La puerta oscura del tiempo -como aquella oscuridad en que se hallaban los pastores de Belén hasta que el ángel del Señor se les presentó para envolverles en la gloria de su gran claridad-, la noche oscura del futuro ha sido abierta de par en par”.  Sí, en Jesús, hoy Niño que entre pajas yace. Hoy Niño que se manifiesta en la pequeñez y en pobreza para indicarnos el verdadero camino de la vida, la gran sabiduría de la existencia y la gran y única esperanza que nos salva.

                                                                          

Esperanza es el nuevo nombre de la Navidad. Y a esa esperanza hemos de comprometer nuestra vida. Una vida -repetimos con Pablo- sobria, honrada y religiosa. Una vida sobria, austera, sencilla, lejos, pues, de tantos oropeles y excesos como marcan nuestra cultura occidental consumista. Una vida sobria que significa también solidaridad, fraternidad y justicia social, Una vida honrada en el cumplimiento de la entera ley de Dios, en el respeto a los demás, en la equidad y cuyos otros nombres son también solidaridad y fraternidad. Una vida religiosa: una vida que descubra a Dios, al Dios revelado por Jesucristo, al Dios de rostro y corazón humanos, que hoy, en Belén, en Jesús, es el niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Una vida, sí, sobria, honrada y religiosa. Es decir, una vida abierta a Dios y dirigida al prójimo. Una vida cuajada, rebosante y remecida de una esperanza que se basa en el amor de Dios y que se demuestra en el amor al prójimo.

 

Esto es la Navidad. Esto es la Esperanza cristiana. Y no hay otra Navidad y no hay otra Esperanza, que colme nuestro corazón y que sacie los anhelos y los entresijos más hondos de nuestra alma. “Quien tiene esperanza -quien tiene esta Navidad- vive de otra manera: se le hado una vida nueva”. “El cielo no está vacío. La vida no es el simple producto de las leyes y de la casualidad de la materia, sino que en todo, y al mismo tiempo por encima de todo, hay una voluntad personal, hay un Espíritu que en Jesús se ha relevado como Amor”. Y a Quien se le reconoce en la fragilidad y en llanto de un Niño que acaba de nacer: el Salvador, el Mesías, el Señor. Es su nombre Maravilla de Consejero, Padre Perpetuo, Príncipe de la Paz. Es su nombre la Esperanza que salva y nos defrauda. Es su nombre “Deus caritas est”. Es su nombre “Spe salvi”.

 

Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz y esperanza a los hombres que Dios ama, es decir, a todos los hombres y a toda la historia, presente y futuro de una humanidad magnífica y atormentada, que necesita -como aconteció con los pastores- ser envuelta, rociada y deslumbrada en la claridad de su gloria, de su amor y de su esperanza. Feliz Navidad para todos, queridos hermanos: la Navidad de la Esperanza, la Navidad que se traduce en cada uno de nosotros en una vida nueva: sobria, honrada y religiosa a imagen del Niño que se nos ha dado, del Hijo que nos ha nacido para siempre. Amén

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Jesús de las Heras Muela

Jesús de las Heras Muela nació en Sigüenza el 17 de Diciembre de 1958. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos (Facultad de Teología de Burgos, 1982), Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid, 1992) e Historia de la Iglesia (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, 1992), habiendo realizado los cursos de doctorado de estas dos últimas disciplinas.

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