Rincón Litúrgico

Homilía para el XXIX Domingo del Tiempo ordinario, C, (16-10-2016)

Homilía para el XXIX Domingo del Tiempo ordinario, C, (16-10-2016), por el sacerdote Ángel Moreno de Buenafuente

(Éx 17, 8-13; Sal 120; 2Tim 3, 14 – 4,2; Lc 18, 1-8)

El poder de la oración

El papa Francisco ha dirigido a las monjas de clausura un documento en el que cita precisamente el texto del libro del Éxodo que hoy se proclama, para avalar el sentido de la vida de oración y la fuerza intercesora que tiene quien se dedica de por vida a rogar por los demás.

Conocemos como texto ejemplar la descripción de la victoria que consigue el pueblo de Dios, como efecto de la oración de Moisés con sus brazos levantados en alto, suplicantes.

En el Evangelio, Jesús pone un ejemplo que le compromete, pues compara la justicia del juez inicuo con la justicia divina, y emplea este argumento tan contundente: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar”.

¡Cómo se agradece en momentos de necesidad que alguien te asegure que reza por ti! Y ¡cómo se acude a la intercesión de los santos, de la Virgen María, del Señor, en circunstancias dolorosas, de apuro, enfermedad o crisis!

La oración por los demás es una obra de misericordia, y cuando se hace con fe, tiene una fuerza que mueve montañas. Es un privilegio contar con la comunión de los santos, con el caudal de gracia que nos llega de manera anónima, por la oración de muchos que de forma gratuita y permanente rezan por todos.

Hay una expresión de Jesús en el Evangelio que nos interpela: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”

En un mundo pragmático, cientifista, positivista, que valora lo visible y demostrable, cabe que la propuesta de la eficacia de la oración se vea erosionada por la falta de fe en ella.

Hoy se nos interpela sobre nuestra vida teologal, sobre nuestra relación con Dios. No solo por la eficacia de la oración, sino porque de ella depende la vitalidad de la fe. Si no hay fe en la oración, tampoco hay fe en Dios. La oración es la respiración de la fe. Si no hay relación con Dios, es difícil demostrar que en verdad se cree en Él.

Jesús pronuncia verdaderos axiomas sobre la oración, y uno de ellos lo escuchamos este domingo, pues la razón de la parábola es la recomendación principal: “Orar siempre sin desanimarse”.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME

Añadir comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.