Rincón Litúrgico

Homilía para el Domingo 32 Tiempo Ordinario B, (11-11-2012), por José-Román Flecha

“El icono de la vida” es el título de la reflexión homilético del sacerdote y teólogo José-Román Flecha Andrés para el Domingo 32 del Tiempo Ordinario, B, correspondiente al 11 de noviembre de 2012

En el mundo pretendidamente desarrollado hay numerosas viudas que acaparan la atención de los medios de comunicación. Y no sólo por el relieve social que hayan tenido sus maridos o por las circunstancias dramáticas o heroicas de su muerte. No. Ellas son las verdaderas protagonistas por su brillante papel en los negocios o en el mundo del arte.

Pero en las sociedades antiguas, la viuda era el símbolo de la pobreza, del abandono social y de la incapacidad de decisiones importantes. Por eso en el mensaje bíblico se insiste con frecuencia en la necesidad moral de prestar atención y ayuda al huérfano y a la viuda. Esa atención había de ser el signo de la providencia divina sobre los más débiles.

Al acoger a Elías, la viuda de Sarepta se convierte en una imagen de la fe. Vive en una región pagana, pero reconoce al profeta como un enviado del único Dios. Su disponibilidad para la acogida hace de ella un modelo de humanidad. Su don parece un preludio de la muerte, pero es en realidad un signo de vida y de esperanza (1Re 17, 10-16).

 

LA VISIÓN DEL PROFETA

 

El evangelio presenta a Jesús como un verdadero profeta. Lo manifiesta, en primer lugar, con sus palabras sobre los escribas. Dicen ocuparse de la Ley del Señor, mientras que sólo se ocupan de sí mismos.  Parecen servir a Dios cuando en realidad se sirven de Dios para alcanzar privilegios sociales. No son religiosos, son ateos disfrazados (Mc 12,38-44).

Sin embargo, Jesús se manifiesta como profeta sobre todo por su forma de “ver la realidad”. Sentado en la estancia donde se reciben las ofrendas al templo de Jerusalén, escucha un día las declaraciones de los oferentes. Los ricos depositan grandes cantidades de dinero. Una viuda se acerca y entrega dos monedas insignificantes.

Los asistentes ven el exterior. Pero Jesús ve los hechos y su significado. Sabe que las grandes cantidades de los ricos son parte de lo que les sobra en la vida. La humilde oblación de la viuda es “todo lo que tiene para vivir”. Como la viuda de Sarepta, también esta viuda anónima acepta el riesgo de muerte que supone toda verdadera donación.

 

LA POBREZA Y LA MISIÓN

 

En un momento en el que se plantea la necesidad y la urgencia de una nueva evangelización, es posible ver en la viuda del templo el icono de la Iglesia. A ella han de aplicarse las palabras proféticas de Jesús: “Esta que pasa necesidad ha echado todo lo que tenía para vivir”.

• “Esta que pasa necesidad”. Los medios de comunicación presentan a la Iglesia como una inmensa potencia económica. Y con frecuencia airean asuntos de dineros que resultan escandalosos. Al tullido que pedía limosna a la puerta del templo de Jerusalén, Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, ponte a andar” (Hech 3,6). La pobreza forma parte de la vocación y la misión de la Iglesia.

• “Ha echado todo lo que tenía para vivir”. En la tarea de la evangelización no son más eficaces las grandes cantidades y los extraordinarios medios de la publicidad y de la técnica. La Iglesia sabe que está llamada a entregar todo lo que tiene para vivir. Cree que el humilde óbolo de la viuda es observado por el Señor de la historia. Y repite una y otra vez que el gesto más humilde de un verdadero creyente se semilla de evangelio.

 

– Señor Jesús, que no nos engañen las apariencias ni el brillo de los bienes y el dinero. Danos generosidad para descubrir el valor del don y de la entrega de nosotros mismos. Y acoge la ofrenda más pobre como signo y camino de tu gracia. Amén.

 

José-Román Flecha Andrés

 

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