Rincón Litúrgico

Homilía para el domingo 26 del tiempo ordinario, C (25-9-2016), por José-Román Flecha

Homilía para el domingo 26 del tiempo ordinario, C (25-9-2016), por José-Román Flecha

“El rico y el pobre” es el título de la reflexión homilética para Domingo 26 del Tiempo Ordinario, C, 25 de septiembre de 2016, por el sacerdote y teólogo José-Román Flecha Andrés

 

“Os acostáis en lechos de marfil…, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo…, bebéis vinos generosos… y no os doléis de los desastres de José” He ahí un resumen de las invectivas de Amós contra los ricos egoístas de Samaría. Su tranquilidad no los librará de tener que salir muy pronto hacia el destierro (Am 6, 4-7).

El profeta-pastor se escandaliza no sólo por la comodidad de los ricos de Samaría, sino, sobre todo, por la indiferencia con la que tratan de ignorar las desgracias padecidas por las gentes de las tierras de Efraím y Manasés. Pagarán su insensibilidad con la deportación.

En ese contexto, es muy significativa la exhortación da san Pablo a Timoteo: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza” (1 Tim 6, 11). No podemos olvidar el salmo que hoy cantamos: “El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos”(Sal 145, 7).

EL MÁS ACÁ Y EL MÁS ALLÁ

El evangelio de Lucas nos presenta hoy la parábola del rico y el pobre (Lc 16, 19-31). Solo un manuscrito le adscribe al rico el nombre de Neves, que algunas tradiciones entienden como despectivo. El pobre se llama Lázaro, que significa “Dios ha ayudado”. Además de esta diferencia, la parábola contrapone dos escenarios y tres tiempos.

  • El primer cuadro refleja la vida de cada día. Vemos que el rico se viste de púrpura y de lino y goza de espléndidos banquetes. El vestido y la comida revelan la riqueza de que goza. Por el contrario, el pobre yace a su puerta, cubierto de llagas, que lamen los perros, y con ganas de saciarse de las migajas que caen de la mesa del rico.
  • El segundo cuadro se abre al más allá de la muerte. El rico está en los infiernos. Reconoce al padre Abrahán. Y le ruega que envíe a Lázaro para que le refresque la lengua. Abraham lo reconoce como hijo, pero le explica el cambio de la suerte: él, que tuvo bienes en vida, ahora padece mientras que Lázaro, que solo tuvo males, ahora encuentra consuelo.

 

LA ESCUCHA Y LA SEÑAL

En la parábola hay todavía un tercer tiempo, en el que el rico intercede por sus hermanos. Si Abrahán les envía a Lázaro como mensajero, tal vez recapaciten y puedan evitar caer en el mismo lugar de tormento. Y aquí se mencionan otras dos respuestas de Abrahán:

  • “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. En la Biblia tiene una gran importancia la “escucha” de la palabra de Dios. En escuchar y cumplir esa palabra está la salvación. Por eso es preciso preguntarse qué es lo que nos impide escucharla.
  • “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. El pecado y la tibieza nos impulsan a vivir a la espera de una señal “especial” de Dios para decidirnos a cambiar de vida. Pero la señal ya se nos ha ofrecido.

– Señor Jesús, bien sabemos que la señal divina es la presencia humana del pobre. Así lo indicaban la Ley y los profetas. Y así nos lo has enseñado tú con tu ejemplo y tu palabra. No permitas que caigamos en el doble pecado de la satisfacción y la indiferencia. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

José-Román Flecha Andrés

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Sobre el autor José Román Flecha Andrés

José Román Flecha Andrés, sacerdote, catedrático de Teología Moral, especializado en Bioética,

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