Homilía para el Domingo 20 Tiempo Ordinario, B (19-8-2012), por José-Román Flecha Andrés
Rincón Litúrgico

Homilía para el Domingo 20 Tiempo Ordinario, B (19-8-2012), por José-Román Flecha Andrés

“Venid a comer mi pan y a beber mi vino que he mezclado” Esas palabras parecen apropiadas para la publicidad de una posada medieval. El mesonero ofrece a los caminantes su pan y su vino. Bien sabe él que esos son los ingredientes fundamentales para iniciar un banquete. O al menos, lo primero que requiere el peregrino que llega hasta sus puertas.

Pero en la liturgia de hoy, el mesonero que así habla no es otro que la Sabiduría personificada. Como es habitual en la poesía hebrea, el texto del libro de los Proverbios (Pr 9, 1-6), incluye una segunda frase que explica la primera: “Dejad la inexperiencia y viviréis; seguid el camino de la prudencia”.

 

Ya sabemos que la sabiduría no es simple erudición. Es el discernimiento que nos ayuda a jerarquizar los valores. Es la sintonía con el proyecto de Dios.  Así pues, es la Sabiduría quien nos alimenta y reconforta. Sólo ella marca el camino verdadero y orienta y guía a los caminantes.  Sin el pan y el vino de la Sabiduría podemos extraviarnos y perecer agotados.

 

LA VIDA ETERNA

 

El relato evangélico que hoy se proclama (Jn 6, 51-58) recoge un texto importante del discurso de Jesús que sigue a la multiplicación de los panes y los peces. El Maestro se ha comparado previamente con el maná que alimentó a los hebreos en el desierto. Y se ha presentado a sí mismo como el pan bajado del cielo para dar la vida a los hombres.

 

En un paso sucesivo, identifica su pan con su propia carne y sangre: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Para escándalo de los judíos que le oyen, Jesús explica su pensamiento con dos frases complementarias.

 

• “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros”. Con la expresión negativa se nos advierte del riesgo de vivir junto a la fuente y morir de sed. En la totalidad reflejada por el cuerpo y la sangre, Jesús se nos entrega como el alimento imprescindible, que no puede ser despreciado.

• “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día”.  Con una expresión afirmativa se nos propone el gran don de una vida que supera los límites del tiempo y de la muerte. Jesús es la resurrección y la vida para todo el que se alimenta de su mensaje.

 

LA INTIMIDAD

 

Hay todavía otra frase afirmativa en el discurso del Maestro: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. La oferta de la vida se completa ahora con la oferta de la intimidad.

• “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Nos pasamos la vida cambiando de vivienda, y no sólo en el sentido material de la casa. Buscando un lugar espiritual en el que echar raíces. Un espacio que pueda ser nuestra morada. Un corazón en el que descansar. Eso y más es Jesús para el que se alimenta de su vida.

• “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Jesús dijo una vez que no tenía donde reclinar su cabeza. En el Apocalipsis se dice que Él está a la puerta y llama para compartir nuestra mesa. Quien se alimenta de su cuerpo y de su sangre le ofrece, casa y descanso. Y comparte su intimidad.

 

– Señor Jesús, tú conoces nuestra necesidad de vivir de verdad, de convivir en intimidad y de pervivir para siempre. Al entregarte en cuerpo y sangre, Tú nos ofreces esa posibilidad. Bendito seas por siempre, Señor. Amén.

José-Román Flecha Andrés

 

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