Papa Francisco

Homilía Papa Francisco, cuatro canonizaciones (dos nuevas santas palestinas)

El secreto de los santos es habitar en Cristo 

Canonización de las beatas Juana Emilia de Villeneuve, María Cristina de la Inmaculada Concepción, María Alfonsina Danil Ghattas y María de Jesús Crucificado 

Homilía Papa Francisco, cuatro canonizaciones (dos nuevas santas palestinas), fiesta de la Ascensión del Señor, Plaza de San Pedro de Roma, domingo 17 de mayo de 2015. Texto íntegro en español:

Los Hechos de los Apóstoles nos han presentado a la Iglesia naciente en el momento en que elige a aquel al que Dios ha llamado a tomar el lugar de Judas en el Colegio Apostólico. No se trata de asumir un cargo, sino un servicio. Y, en efecto, Matías, en quien recae la elección, recibe una misión que Pedro describe así: «Es necesario […] que uno […] se asocie a nosotros como testigo de su resurrección» (Hch 1, 21-22), es decir de la resurrección de Cristo. Con estas palabras, Pedro sintetiza lo que significa formar parte de los Doce: significa ser testigo de la resurrección de Jesús. El hecho de que diga «se asocie a nosotros» da a entender que la misión de anunciar a Cristo resucitado no es un cometido individual, sino que ha de vivirse de manera comunitaria, junto con el Colegio Apostólico y la comunidad. Los Apóstoles han vivido la experiencia directa y maravillosa de la Resurrección: son testigos oculares de aquel acontecimiento. Gracias a su testimonio autorizado, son muchos los que han creído; y de la fe en Cristo resucitado han nacido y siguen naciendo continuamente las comunidades cristianas. Hoy en día, nosotros también basamos nuestra fe en el Señor resucitado en el testimonio de los Apóstoles, que ha llegado hasta nosotros a través de la misión de la Iglesia. Nuestra fe está firmemente vinculada a su testimonio como a una cadena ininterrumpida, desplegada a lo largo de los siglos no solo por los sucesores de los Apóstoles, sino por generaciones y generaciones de cristianos. Y es que todo discípulo de Cristo está llamado, imitando a los Apóstoles, a convertirse en testigo de su resurrección, sobre todo en aquellos ambientes humanos en los que el olvido de Dios y el extravío del hombre resultan más acusados.

Para que esto se haga realidad, hay que permanecer en Cristo y en su amor, tal como nos ha recordado la Primera Carta de Juan: «Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Jesús lo había repetido insistentemente a sus discípulos: «Permaneced en mí […]. Permaneced en mi amor» (Jn 15, 4- 9). Este es el secreto de los santos: habitar en Cristo, unidos a él como los sarmientos a la vid, para dar fruto abundante (cf. Jn 15, 1-8). Y este fruto no es otro que el amor. Este amor resplandece en el testimonio de sor Juana Emilia de Villeneuve, que consagró su vida a Dios y a los pobres, a los enfermos, a los presos, a los explotados, convirtiéndose para ellos y para todos en signo concreto del amor misericordioso del Señor.

La relación con Jesús resucitado es —valga la palabra— la «atmósfera» en la que vive el cristiano y en la que encuentra la fuerza necesaria para permanecer fiel al Evangelio, incluso entre obstáculos e incomprensiones. «Permanecer en el amor»: esto es también lo que hizo sor María Cristina Brando, que quedó completamente conquistada por un amor ardiente al Señor; y en la oración, en el encuentro corazón con  corazón con Jesús resucitado, presente en la eucaristía, hallaba la fuerza necesaria para soportar los sufrimientos y para entregarse como pan partido a tantas personas alejadas de Dios y hambrientas de amor auténtico.
Un aspecto esencial del testimonio que hay que dar del Señor resucitado es la unidad entre nosotros, sus discípulos, a imagen de la que subsiste entre él y el Padre. Ha resonado hoy también en el Evangelio la oración del Señor la víspera de su pasión: «Que sean uno, como nosotros» (Jn 17, 11). De este amor eterno entre el Padre y el Hijo, que se derrama en nosotros por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5), toman fuerza nuestra misión y nuestra comunión fraterna; de él surge de forma siempre nueva la alegría de seguir al Señor por el camino de su pobreza, de su virginidad y de su obediencia; y ese mismo amor llama a cultivar la oración contemplativa. Lo experimentó de manera eminente sor María Baouardy, quien, humilde e iletrada, supo dar consejos y explicaciones de carácter teológico con claridad extremada, fruto de un diálogo continuo con el Espíritu Santo. La docilidad al Espíritu Santo hizo de ella un instrumento de encuentro y de comunión con el mundo musulmán. Análogamente, sor María Alfonsina Danil Ghattas comprendió perfectamente lo que significa irradiar el amor de Dios en el apostolado, convirtiéndose en testigo de mansedumbre y de unidad. Ella nos brinda un claro ejemplo de lo importante que es que nos responsabilicemos los unos de los otros, que vivamos cada uno al servicio del otro.

Permanecer en Dios y en su amor, para anunciar con la palabra y con la vida la resurrección de Jesús, testimoniando la unidad entre nosotros y la caridad hacia todos. Esto es lo que hicieron las cuatro santas proclamadas hoy, cuyo luminoso ejemplo interpela también a nuestra vida cristiana: ¿De qué manera soy yo testigo de Cristo resucitado? Es una pregunta que debemos hacernos. ¿Cómo permanezco en él, cómo habito en su amor? ¿Soy capaz de «sembrar» en mi familia, en mi ambiente de trabajo, en mi comunidad, la semilla de esa unidad que él nos donó, compartiéndola con nosotros a partir de su vida trinitaria?

Volviendo hoy a nuestras casas, llevemos con nosotros la alegría del presente encuentro con el Señor resucitado; cultivemos en el corazón el compromiso de habitar en el amor de Dios, permaneciendo unidos a él y entre nosotros y siguiendo las huellas de estas cuatro mujeres, modelos de santidad, que la Iglesia nos invita a imitar.

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA)

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