Homilía de Monseñor Lemos Montanet en la Celebración Eucarística con motivo del 25 aniversario de la Fundación San Rosendo
Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía de Monseñor Lemos Montanet en la Celebración Eucarística con motivo del 25 aniversario de la Fundación San Rosendo

Celebración de la fiesta de San Rosendo con motivo de los XXV Años de la Fundación San Rosendo.

     Santa Iglesia Catedral Basílica de San Martín Ourense, 2 de marzo de 2017

Homilía de Monseñor Lemos Montanet en la Celebración Eucarística con motivo del 25 aniversario de la Fundación San Rosendo

Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid

Sr. Arzobispo metropolitano de Santiago de Compostela

Sr. Arzobispo y Obispos de Galicia y de Astorga

Mis queridos hermanos sacerdotes y seminaristas

Sr. Presidente del Parlamento de Galicia

Sres. Diputados en las Cortes

Sr. Subdelegado del Gobierno

Sr. Alcalde de Ourense y miembros de la corporación.

Sr. Vicepresidente de la Diputación Provincial

Sres. Alcaldes y Corporaciones de otros concellos que hoy nos acompañáis

Saludo al Presidente y demás miembros del Patronato de la Fundación San Rosendo. A todas las Directoras, Directores residentes y acogidos en los centros de la Fundación

Permitidme, que salude con especial afecto a Mons. Diéguez Reboredo, obispo emérito de Tui-Vigo, que fue obispo de Ourense de 1987-1996, y a D. Benigno Moure, porque los dos han sido testigos y agentes de la génesis y de la creación de la Fundación San Rosendo, en aquel no lejano 9 de enero de 1992.

 

Hermanos y amigos todos en el Señor:

Tú, en cambio, hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que fuiste llamado” (1 Tim 6, 11-12)

Estas palabras que dirige el apóstol Pablo a uno de sus discípulos se pueden apropiar perfectamente a San Rosendo, que fue un cristiano convencido, monje por vocación, obispo por designación y en contra de su querer, y virrey de Galicia por puro servicio a su pueblo y a sus gentes. Este santo sigue siendo para nosotros un ejemplo que nos invita a entrar, en este tiempo cuaresmal, camino de la Pascua del Señor, por la senda de la conversión personal y comunitaria. Como hombre de Dios su vida se apoyaba en la confianza en el Señor y de ahí brotaba todo su dinamismo cotidiano para convertirse en aquel testigo valiente del Evangelio de la alegría en medio de las más azarosas circunstancias de su historia.

San Rosendo fue un creyente que no sólo supo descubrir lo que hoy denominamos las periferias existenciales, sino que él mismo se implicó en la resolución de muchas de ellas. Viviendo en aquel oscuro siglo X de la vieja Gallaecia supo convertirse en cauce de comunión y diálogo entre los nobles y principales señores de la tierra, que con sus luchas intestinas, empobrecía a los hombres y mujeres que vivían dispersos por el ámbito rural. Fue un adelantado de su época y se convirtió en defensor de una gran multitud de siervos que vivían sin libertad y sin dignidad. Luchó y suprimió todo tipo de servidumbre, convirtiéndose él mismo en ejemplo para los demás nobles al dar carta de libertad a los siervos que le atendían en su casa. Y todo esto lo hacía porque su fe dinamizaba todo su ser y le llevaba a encarnar en su propia vida el espíritu de las bienaventuranzas y las obras de misericordia que había aprendido, contemplado en su oración y hecho carne en su propia existencia como creyente comprometido; de este modo hizo que la Iglesia Católica fuese una institución creíble, a través de los muchos monasterios que existían en Galicia, que procuró convertirlos en lugares de solidaridad y de preocupación por los más necesitados, así como de la creación y de la racionalización de los trabajos del campo, contribuyendo de este modo a un progreso efectivo de las clases más desfavorecidas.

Todavía hoy, a pesar de los muchos sistemas de información y de tantos programas como ofrece la Iglesia para hacer trasparente sus gestión administrativa, caritativa y social, muchos siguen pensando que el cristianismo sería mejor extirparlo de la sociedad, o por lo menos prescindir de él e ignorar su presencia, porque – dicen – es un producto decadente de épocas pretéritas que impide la realización plena del ser humano. Son los que piensan que la doctrina de Jesucristo sigue alienando al hombre y a la mujer de ayer y de siempre, obligándoles a contemplar el cielo, con las manos cruzadas, esperando que desde ese cielo venga la solución milagrosa a todos nuestros males, sin que ellos se impliquen en nada. Los que así opinan no conocen la vida Jesucristo, ni han leído ningún capítulo del Evangelio, y jamás han contemplado la vida de los santos, los mejores Hijos de Dios y amigos de los hombres. Tan solo tienen ante sí una burda y trasnochada caricatura del cristianismo

En una sociedad como la nuestra en donde, a pesar de los críticos, se han conseguido altas cotas de bienestar social, el hecho solidario cristiano sigue siendo, hoy como ayer, un eco elocuente de la Buena Nueva de Jesucristo, que ha fascinado la vida de hombres y mujeres de nuestra tierra, y sigue haciéndolo. El Evangelio ha sido como esa levadura, vertida en el surco de la historia de la humanidad, que con su dinamismo y la fuerza del Espíritu, ha iniciado en esta tierra y bajo estos cielos, un anticipo de esos cielos nuevos y de esa tierra nueva. Un cristiano de verdad, como lo fue san Rosendo, ha sabido encarnar la vida de fe en su existencia y en la de sus contemporáneos, de tal modo que a pesar del transcurso del tiempo, los santos siguen siendo los mejores exponentes de ese materialismo cristiano que es consecuencia del misterio de la encarnación del mismo Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo. Jesucristo nos ha manifestado el rostro cercano de Dios, un rostro humano sin dejar de ser el mismo Dios con nosotros.

La fe, cuando es auténtica, encierra en sí un dinamismo que la lleva a plasmarse, también en la realidad y en hechos concretos. El cristianismo ha dejado su impronta en la historia de nuestros pueblos y de sus gentes, de tal modo que todavía hoy, (aunque algunos no lo quieran reconocer), aquella fe ha quedado materializada en iglesias, catedrales, monasterios, albergues de peregrinos, casas de acogida, residencias para personas mayores y para enfermos, instituciones benéficas y educativas, etc. En todas ellas la belleza de la fe ha dejado su impronta a través del ejercicio de la caridad. No podemos olvidar que la “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo”(Benedicto XVI, Cáritas in Veritate, nº 6)

Hoy, más que ayer, necesitamos poner en valor todas estas realidades que, querámoslo o no, configuran la naturaleza de esta gran familia que es la Iglesia y de la que formamos parte. Pablo le decía a Timoteo: Combate el buen combate de la fe. He ahí la clave de la solución de muchos de esos males que aquejan a nuestra vida creyente; no vivimos una autentica vida cristiana y, por consiguiente, no somos capaces de hacerla presente de una forma operativa a través de nuestra existencia. En los hombres de fe la conquista de la vida eterna, de la que nos habla san Pablo, ha sido el detonante principal de toda su vida, por eso “el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constate cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo del Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” ( Francisco, EG, nº 88).

Mis hermanos y hermanas: Toda Eucaristía es una acción de gracias a Dios por medio de Jesucristo, que con la fuerza del Espíritu Santo se dirige al Padre de todo lo creado. A esta acción de gracias queremos unirnos hoy todos los que de una manera u otra somos conocedores de los bienes que se han derramado sobre nuestra tierra por medio de la Fundación San Rosendo. En estos veinticinco años de su historia ha querido dar vida a los años. Esta institución ha nacido en el regazo de esta Iglesia Diocesana. Un sacerdote joven e ilusionado, preocupado por las graves situaciones en las que se encontraban diferentes colectivos sociales, allá por los comienzos de la década de los años setenta, desde esa atalaya privilegiada que era y sigue siendo Caritas Diocesana, puso en marcha una serie de proyectos que con el paso del tiempo se desplegaron por la geografía de Galicia, en especial por esta provincia, generando una compleja estructura a la que había que dar una respuesta adecuada a tenor de los tiempos y de las circunstancias. Esa solución se hizo realidad creando la Fundación San Rosendo, el 9 de enero de 1992.

Mi querido D. Benigno, querido D. José Luis y demás miembros del Patronato de la Fundación; quisiera dirigirme, también a vosotras, directoras de los centros de la Fundación, que sois mayoría, tampoco quiero olvidarme de vosotros los directores, así como de los demás trabajadores y agentes sociales y sanitarios que formáis parte de esta que quiere ser una gran familia, os ruego que no os olvidéis de los orígenes de la Fundación. No os dejéis robar la esperanza por las circunstancias adversas de vuestro entorno. Sois una gran familia que ha crecido a la luz fecunda de la caridad de Cristo que encontró en un sacerdote y en los diferentes equipos que le acompañaron en esta singladura de más de medio siglo, un receptor elocuente de esas locuras divinas que tan solo una gran fe, una fuerte sensibilidad para saber captar los signos de los tiempos, y sobre todo una gran ternura en su alma sacerdotal hicieron posible esta realidad.

Os ruego que os convenzáis de que estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto. Necesitamos pedir la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos. Luchad contra todo género de división o de arribismos de última hora, que acontecen en algunas instituciones a causa de esa mundanidad que nos envuelve por todas partes, y que puede ser dañino y perjudicial para esta institución que hunde sus raíces en la caridad de Cristo y, desde ahí se extiende a través de tantos corazones generosos en un despliegue generoso de obras de fe, de solidaridad y de progreso. No os dejéis robar lo más hermoso que tienen la Fundación el espíritu de familia, el amor fraterno y el servicio.

Desde este templo, sede del Obispo de esta Iglesia, acompañado por los Sres. Obispos de las Iglesias hermanas en donde también se encuentra implantada la Fundación San Rosendo a través de sus centros, queremos encomendaros a Santa María Nai, Señora de la Ternura, bajo este título la veneramos desde hace siglos en la imagen que se encuentra en el parteluz del Pórtico del Paraíso de esta catedral. Que ella os ayude a ser esos testigos de la ternura de Dios para con vuestros residentes, ya sean personas mayores, como enfermos psíquicos, y así podréis hacer realidad lo que habéis escogido como lema de estos veinticinco años: Dando vida a los años. Esto que todos deseamos, se hará realidad en la Fundación si a vuestra formación técnica y a la cualificación profesional que poséis añadís siempre ese plus cualitativo que os confieren esos rasgos institucionales que desde la creación de la fundación han sido su luz y guía: el espíritu de las bienaventuranzas y de las obras de misericordia, acompañadas por ese deseo de ser signos de la ternura de Dios para con todos los residentes y sus familiares.

Eso suplicamos a San Martín, a San Rosendo y a la Señora de la Ternura para todos los presentes y para la Fundación en estos XXV Años de su historia.

¡Qué asi sea!

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