Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y ordenación de dos diáconos en Plasencia

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Homilía en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción y ordenación de dos diáconos en Plasencia

No ningún hay ser humano que haya servido tanto al mundo como María

La Ordenación de Diáconos de estos dos jóvenes formados en nuestro seminario diocesano, Alfonso y Manu, no sólo no pierde protagonismo en el contexto litúrgico de hoy, sino que se ve muy enriquecida. La celebramos, en efecto, en un día muy hermoso y feliz para la Iglesia: la fiesta de la Inmaculada Concepción, que coincide con el segundo domingo de adviento. Y los tres acontecimientos están situados en el misterio salvador de Dios, como nos lo recuerda la Palabra escuchada.

La carta de San Pablo a los Romanos le pone el marco a nuestras celebraciones y nos confirma que la fidelidad de Dios se realiza en Cristo: sus promesas maravillosas se están cumpliendo en Jesucristo, entonces, en el mundo de Pablo, servidor de judíos y gentiles, y ahora, en nuestro mundo global, servidor de la unidad, del consuelo y de la misericordia para todos. Pues bien, desde ese marco que nos presenta a un Dios fiel y amoroso, entramos, con el corazón en adviento, en el misterio de la Inmaculada Concepción, que protagoniza espiritual y litúrgicamente todo lo que celebramos en este día.

El libro del Génesis nos sitúa ante un anuncio que abre una perspectiva de salvación para la humanidad. Todo sucede en medio de un diálogo de Dios con Adán y Eva, en el que se pone en evidencia el efecto destructor del pecado, que tiene como consecuencia fundamental la pérdida de la relación amorosa con Dios. Por ahí empiezan todos nuestros males. El Creador, sin embargo, no se resigna al fracaso de su proyecto hermoso, feliz y acabado sobre el ser humano, y anuncia que, en un futuro, todo quedará reparado con el especial protagonismo de una mujer.

La que conocemos como la humilde esclava del Señor, esa joven aparentemente insignificante de Nazaret, prometida como esposa a un tal José de la descendencia de David, lo que le da a los dos un cierto aire de nobleza, cuando se han cumplido los tiempos de Dios va a ser la destinataria de un nuevo anuncio, en el que se le encomienda la misión, a través de la cual el futuro esperado desde el génesis se va a hacer realidad. Naturalmente, para lo que se le encomienda, antes ha sido preparada por Dios. Es por eso que el Arcángel Gabriel saluda a María como la “llena de gracia”, que como todos sabemos es algo más que una gentileza, un piropo, es la expresión del amor divino sobre ella, y que la Iglesia ha interpretado como la verdad de fe, por la que la reconocemos como la Inmaculada Concepción. La promesa del Creador se cumple en María, embellecida en previsión de los méritos de Cristo en su cuerpo y en su alma. Este privilegio de la Virgen esposa de José ha sido siempre una convicción feliz, y ahora es un dato de fe, que en nuestras tierras se canta con alegría y con un argumento incontestable: todo es cosa de Dios y, por eso, todo es posible.

“Ardía la zarza, y la zarza ardía.
Y no se quemaba la Virgen María. Ardía la zarza, y la zarza ardió. La Virgen María doncella y parió.
¿Cómo pudo ser?, ¿Cómo pudo ser? Aquel que lo hizo, bien lo supo hacer.
Ardía la zarza, y la zarza ardía.”

El texto del Evangelio de Lucas nos muestra a esa Virgen pequeña y humilde disponible en su cuerpo y en su alma para estos prodigios de Dios. María pone su libertad al servicio de un designio salvador, del que ella es elegida como medianera. Lo hace en un diálogo con el mensajero de Dios, por el que tenemos la oportunidad de ser testigos de un misterioso y sorprendente momento de la historia de la salvación; un diálogo que es continuación de aquel otro lejano que el Creador mantuvo con nuestros primeros padres (Gn 3,15). Dios hace cómplice con Él a la mujer entonces anunciada, y le pide su “sí”, que María le da sin dudar. “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Y entrando el mismo Dios en ella, por el Espíritu Santo, se transforma, en su corazón y en su vientre, en la carne del Hijo, la carne redentora. Porque, a partir de la anunciación el diálogo de Dios con el hombre continuará ya en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado en María.

Queridos Manu y Alfonso: si os acercáis a María encontraréis siempre un reflejo inspirador de vuestra elección y de vuestra misión, un modelo por excelencia del diaconado que hoy recibís. No hay ningún ser humano que haya servido tanto al mundo como María, la Madre de Aquel que vino a servir. Como sabéis muy bien, en el servicio está vuestra identidad, la que asumís en esta ordenación de diáconos. Sois signos de Cristo Servidor en favor del Pueblo cristiano. En efecto, vuestro servicio es misión de la Iglesia. Vuestro ser y hacer como diáconos se va a realizar en la Iglesia. Eso significa que tenéis vuestras raíces en el ser espiritual y pastoral de la Iglesia. De un modo especial, habréis de impregnaros del olor a perfume misionero que vive la Iglesia en este tiempo y en estas circunstancias. Habréis de sentiros servidores de una Iglesia “en salida” en la que el mayor de los servicios es el anuncio de Jesucristo. No olvidéis que “la intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante” (EG 23). Ejerced, por tanto, el diaconado de la Iglesia con un dinamismo de “salida”.

Vuestra misión está en la senda de Cristo, Evangelio vivo, que envía a evangelizar. Se concreta, como sabéis, en tres servicios: instruir al pueblo de Dios con la Palabra; participar en la acción santificadora de la Iglesia y ser testigos diligentes de la caridad de Cristo que vino a servir. Para que esos servicios tengan horizonte y unidad necesitáis que el Evangelio se haga vida en vosotros. Como rezaré, dirigiéndome a Dios Padre en la plegaria de ordenación: “habréis de resplandecer en un estilo de vida evangélico”. Quizás sea por eso el rito más expresivo de esta celebración, además de la imposición de manos del Obispo, va a ser la entrega del libro de los Evangelios. En él encontraréis la verdad y la luz para ser testigos de Cristo servidor de los pobres, que son los destinatarios directos e irrenunciables del ministerio que ejerceréis. A ellos les tenéis que ofrecer vuestra vida de un modo preferencial, como lo hizo Jesucristo. “Los pobres son evangelizados”.

Como acaba de recordar el Papa Francisco: “Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos que «no tienen con qué recompensarte» (Lc 14,14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, «los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio», y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos. Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo.” (EG 48-49).

Y como también vuestro ministerio es litúrgico, recordad que “la Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.” (EG 24). En vuestra misión de diáconos, no aisléis la liturgia de la riqueza de la vida de la Iglesia, como torpemente a veces se suele hacer. Si es fuente y culmen, todo pasa por ella, todo se fortalece en ella, todo se proyecta desde ella. Nunca se puede separar la lex orandi, la practica litúrgica, de la lex credendi, la confesión de fe, y de la lex vivendi, de la práctica cristiana en la riqueza y variedad de matices de la existencia humana. Jamás hemos de separar la liturgia de la evangelización; eso sería amputarle una expresión fundamental de su esencia: la liturgia es proposición de la fe, la celebración del misterio de la fe es un acto de evangelización. ¡Misterio de la fe! Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús.

Pues bien, llegados hasta aquí, estoy seguro de que coincidís conmigo en que es maravilloso todo lo que ha hecho Dios por nosotros en esta historia bendita de gracia, de la que acabamos de hacer memoria, y que sigue actualizándose cada día. Por eso os invito a sentirnos rebosantes de gozo como María de las obras grandes del Poderoso; digamos con ella de nuevo lo ya dicho en el salmo responsorial: “Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha hecho maravillas”.

+ Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Plasencia

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