Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía en la clausura del Año de la Vida Consagrada en Santiago de Compostela

Homilía en la clausura del Año de la Vida Consagrada en Santiago de Compostela

Monseñor Barrio agradece a los miembros de la vida consagrada su presencia y colaboración con la iglesia diocesana

El arzobispo compostelano preside en la Catedral la Eucaristía de clausura del Año de la Vida Consagrada

“Agradezo a Deus a vosa presenza e colaboración a través dos vosos carismas nesta Igrexa diocesana”. Así se dirigió el arzobispo de Compostela, monseñor Julián Barrio, a los religiosos y religiosas presentes en la Eucaristía de clausura del Año de la Vida Consagrada, que se celebró en la Catedral de Santiago. En su homilía, el arzobispo invitó a los miembros de las comunidades de consagrados a reconocer “a sabedoría da debilidade nas aflicións do tiempo presente” y les pidió mirar a Cristo “cando a dureza e o peso da cruz fanse notar”.

A la ceremonia celebrada en la Catedral y organizada por CONFER se sumaron religiosos de A Coruña y de Santiago. En su homilía, monseñor Barrio dijo que el Año de la Vida Consagrada ha sido “un tiempo de gracia en el que habéis verificado que merece la pena soñar con máximos aunque se pueda vivir con mínimos. La novedad tiene que venir de una moción del Espíritu. Los que buscan la justicia del Reino de Dios saben que sólo gozarán cuando se pongan sin condiciones a trabajar, cuando arriesguen y cuando cambien no de vocación sino de estilo con sencillez de vida, personal y comunitaria”.

Monseñor Barrio les dijo además que “en medio de la crisis de lo humano que padecemos, el Año Jubilar ha sido también una buena ocasión para el crecimiento en profundidad y, por tanto de la esperanza, motivada por la certeza de que la Vida Consagrada no podrá desaparecer nunca de la Iglesia ya que fue querida por el mismo Jesús como parte irremovible de su Iglesia” para ser instrumento de su misericordia”.

Adjuntamos íntegra la homilía de monseñor Barrio:

En la clausura del Año de la Vida Consagrada

¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad a todas las edades!”. Al clausurar este Año de la Vida Consagrada, no debemos callar cuando hemos visto la misericordia de Dios con nosotros. Las personas consagradas en este Año Jubilar habéis vivido más intensamente la experiencia espiritual de hablar con el Señor en el interior del alma, recordando vuestra llamada.

Este convencimiento nos lleva con la Virgen María a proclamar la grandeza del Señor y alegrarnos en Dios nuestro Salvador, diciéndole: ¡A Ti, oh Dios, te alabamos! El Señor, fiel y misericordioso, os ha ayudado con su gracia a interpretar armoniosamente la partitura de vuestra vida. En la cotidianidad habéis comprobado que “vuestros únicos méritos son la misericordia del Señor. No seréis pobres en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia de Dios es mucha, muchos son también vuestros méritos” (San Bernardo de Claraval), pudiendo decir con San Agustín: “Tan grande es la condescendencia de Dios para con nosotros que ha querido que constituyan mérito nuestro incluso sus mismos dones”.

¡A Ti, Señor, te confesamos! “Tú, Cristo, eres el Rey de la gloria, el Hijo del Padre eterno, que para liberar al hombre aceptaste la condición humana y no te horrorizaste del seno de la Virgen María”. Esta ha de seguir siendo vuestra confesión de fe en el testimonio diario conforme al carisma que habéis recibido. Cristo que os eligió y envió, tiene que seguir siendo vuestra referencia.

¡A Ti, Señor, te damos gracias! La gratitud es finura espiritual y perfección en la caridad. Damos gracias por haber llegado a esta meta, caminando “de comienzo en comienzo, por comienzos siempre nuevos”, redescubriendo el amor primero. Sedientos de Dios, necesitados de salud y consuelo, de fortaleza y de esperanza, de perdón y de salvación, en el acontecer de este año de gracia, habéis esperado como las vírgenes prudentes la misericordia del Señor con las lámparas encendidas.

Ha sido un tiempo de gracia en el que habéis verificado que merece la pena soñar con máximos aunque se pueda vivir con mínimos. La novedad tiene que venir de una moción del Espíritu. Los que buscan la justicia del Reino de Dios saben que sólo gozarán cuando se pongan sin condiciones a trabajar, cuando arriesguen y cuando cambien no de vocación sino de estilo con sencillez de vida, personal y comunitaria. Estar presentes en las escenas humanas de sosiego y de desesperación, conlleva ser hogar, ofrecer hogar, crear hogar. Es necesario comprender las cosas y los problemas humanos y pedir por las personas. La alegría de ser humanos os ayudará a mirar con el corazón, a cuidar la vida de la comunidad y la amistad entre sus miembros. Los discursos recurrentes que amortizan la bienaventuranza, esterilizan.

En medio de la crisis de lo humano que padecemos, el Año Jubilar ha sido también una buena ocasión para el crecimiento en profundidad y, por tanto de la esperanza, motivada por la certeza de que la Vida Consagrada no podrá desaparecer nunca de la Iglesia ya que fue querida por el mismo Jesús como parte irremovible de su Iglesia” para ser instrumento de su misericordia.

En la Presentación del Señor la Iglesia nos invita a acoger con alma sencilla la Luz de Cristo, el “sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. María y José ofrecieron el sacrificio de los pobres (cf. 2, 24). ¿Qué podemos ofrecerte, Señor, sino nuestra pobreza? En el acto de la ofrenda personal de Jesús a Dios Padre, se trasluce claramente la realidad del sacrificio y del sacerdocio: “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti María una espada te traspasará el alma” (Lc 2, 34-35). La salvación pasa por la cruz.

Esta é a festa da consagración de Cristo, de María, e de todos os que seguides a Xesús virxe, pobre e obediente. Neste día a Igrexa manifesta o gozo da Vida consagrada como reflexo da luz de Cristo, mirando a María, a Consagrada por excelencia que levaba en brazos á Luz mesma, ao Verbo encarnado, que veu iluminar as tebras do mundo co amor de Deus. Os membros da Vida consagrada levades a luz de Cristo nos brazos da fe, coa entrega da propia vida, representando os trazos característicos de Xesús, o Consagrado do Pai.

Agradezo a Deus a vosa presenza e colaboración a través dos vosos carismas nesta Igrexa diocesana. ¡Moitas grazas e a miña oración por todos vos! ¡Levade a meu agarimoso saúdo e bendición a tódolos membros das vosas comunidades! Recoñecede a sabedoría da debilidade nas aflicións do tempo presente, e cando a dureza e o peso da cruz fanse notar, mirade a Cristo que venceu ao mundo. Na limitación e na debilidade humana estamos chamados a conformarnos con Cristo. Con este espírito renovade os vosos propósitos e reavivade os sentimentos que inspiraron e inspiran a vosa propia entrega ao Señor. Que El afaste de nós o perigo do derrotismo, que nos conceda a súa graza e a súa misericordia para que podamos velar sempre na fidelidade a El. Amén.

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