Carta del Obispo

Homilía en la clausura del Año de la Fe en Guadix

gines-guadix

Guadix, 23 de noviembre de 2013

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

   Hemos llegado al final del Año de la Fe al que fuimos convocados por el Sucesor de Pedro. Hoy damos gracias al Señor que es muy bueno con nosotros, y nos ha proporcionado un tiempo de gracia para volvernos a Él y renovar el don y el compromiso de la fe que recibimos el día de nuestro bautismo.

   Ha sido este también un año lleno de acontecimientos que hemos intentado vivir en la fe. La renuncia al ejercicio del ministerio petrino del Papa Benedicto XVI y la llegada del Papa Francisco ha sido una experiencia que es difícil de entender sino desde la fe que es viva y eficaz. El gran Papa Benedicto nos ha dejado un legado que enriquecerá la vida de la Iglesia por generaciones; su decisión sabia y humilde de dejar a otro la tarea de la guía de la Iglesia ha sido un testimonio de fe vivida, de confianza y obediencia a la Palabra del Señor. Así, el Espíritu que guía a la Iglesia nos trajo a un Papa del otro lado del océano, el Papa Francisco. Es innegable la fuerza arrolladora de su testimonio que cuestiona a creyentes y no creyentes. Palabras del Papa, que llegan al corazón del hombre de hoy, y que vienen interpretadas a la luz de sus gestos, de su cercanía, de su ternura. No hay ruptura entre ambos, en ellos se expresa la continuidad renovadora de la sucesión apostólica. Expresión de esto es la carta encíclica “Lumen Fidei”, que como el mismo Papa Francisco reconoce es una carta “escrita a cuatro manos” (cf. LF, 7).

   Cada una de las iglesias particulares extendidas por todo el mundo se han unido a este Año de la Fe, como lo hemos hecho nosotros. La fe que recibimos de los apóstoles, grabada en un pergamino, que ha estado presente en nuestras comunidades, junto a la luz de la lámpara, nos ha recordado el precioso don de la fe al tiempo que ha inspirado muchas de nuestras acciones.

   Sin embargo, en este momento cabe preguntarse: ¿y ahora qué? ¿qué hemos sacado del Año de la Fe que concluimos? Como creyentes sabemos que los frutos están en manos de Dios, y será Él quien se encargue de darlos, y darlos en abundancia. Pero esto no nos impide, todo lo contrario, pensar en el camino de fe personal y comunitaria que hemos de proseguir ahora. Tenemos que preguntarnos cada uno: ¿cómo voy a vivir mi fe aquí y ahora; y como comunidad: ¿qué haremos para ser un testimonio de fe en el mundo de hoy?.

   Pues volvamos nuestra mirada a la Palabra de Dios que acabamos de escuchar y dejémonos penetrar por ella. Dejemos que la Palabra sea luz en nuestro camino, porque “Quien cree ve; ve con una luz que ilumina todo el trayecto del camino, porque llega a nosotros desde Cristo resucitado, estrella de la mañana que no conoce ocaso” (LF 2).

   La carta a los Romanos pone sobre la mesa el gran interrogante que aparece cada día en la vida del hombre, el que nos hacemos cada día: ¿qué va a ser de mí? La respuesta es: hemos sido justificados, por lo que se nos abre el futuro; tenemos futuro. La fe no cierra puertas sino que abre horizontes, nos enseña que el destino del hombre es la gloria de Dios. Es en virtud de la fe por lo que hemos sido justificados, reconciliados con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

   Cuando nos hacemos conscientes de esta gracia, el mundo, los otros, yo mismo, adquieren una nueva perspectiva. No hay nada ni nadie que puedan privarnos de este encuentro con el bien y la belleza. La fe nos fascina porque nos hace mirar más allá, porque nos impide quedarnos y encerrarnos en lo efímero de lo cotidiano; nos gloriamos incluso en las tribulaciones como nos dice San Pablo (v. 2), porque Dios llena y da plenitud, como sólo él puede hacerlo, a la existencia humana.

  Por eso, no basta conocer la fe. En la fe es fundamental la aceptación del don en todas sus consecuencias. La fe es vida que se transmite y se hace parte de nosotros mismos, constituye a la persona. La fe no es un adorno, es el reconocimiento y la puesta en valor de lo que el Creador ha inscrito en nuestros corazones. La confianza en la verdad y la bondad de Dios, la aceptación en obediencia de su palabra, mueven al hombre a aceptar y hacer propios los contenidos de la fe. Es fe el contenido del Credo, como lo es la actitud por nuestra parte de confiar y obedecer a Dios.

  Estamos invitados, mis queridos hermanos, a renovar la fe en el compromiso de saber lo que creemos y de vivir según lo que creemos.

   Podemos afirmar, sin duda, que uno de los mayores problemas con los que se encuentra la pastoral de nuestra iglesia es la ignorancia de los contenidos de la fe por parte de los bautizados. No sabemos en qué creemos. Esto nos ha llevado en la práctica a un relativo sincretismo, incluso a lo que algunos han llamado una “fe de supermercado”, donde cada uno toma lo que le interesa. Así, la unidad y totalidad de la fe se han oscurecido; si no conocemos el Credo, ¿cómo llegará al corazón? Hoy, las familias, en general, no transmiten la fe; nuestras catequesis necesitan una mejora; el interés y el compromiso personal de formarnos en la fe ha de ser una exigencia. La Iglesia y el mundo necesitan cristianos capaces de dar razón de su fe, no para defenderse frente al enemigo, sino para dar testimonio de un Dios que ama al hombre, y lo ama hasta el extremo.

  Querido hermanos, os invito a todos, especialmente a vosotros sacerdotes, padres y catequistas, a tomar en serio la formación cristiana. No pueden acobardarnos las dificultades. En el Catecismo de la Iglesia católica tenemos un precioso instrumento para esta tarea; en él se nos presentan los contenidos fundamentales de la fe y la visión desde la misma de los grandes temas de la vida cotidiana. La formación de niños, adolescentes, jóvenes, familias y adultos en general, ha de ser una prioridad de nuestra pastoral.

  Todo esto sin olvidar que la fe en un encuentro con alguien; un encuentro con Dios en la persona de Cristo. Como nos decía Benedicto XVI al comienzo de este año: “Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que somos sus discípulos (cf. Jn 6,51)” (PF 3).

  Palabra y Sacramento. Cristo que es la Palabra eterna y definitiva del Padre, se hace carne en el altar para ser aliento del pueblo peregrino. El encuentro con el Señor se hace en la Palabra y en la mesa eucarística; es un encuentro personal e íntimo. Aquí no cabe una fe recibida que no se ha hecho vida. La fe no puede vivir sin más de la repetición de tradiciones, no puede ser un conglomerado de realidades o ritos externos que están vacíos de vida interior. Es necesario el encuentro personal e íntimo con el Señor. Es necesaria la oración perseverante, esa que se necesita como el aire para vivir. La falta de oración es una desgracia para un creyente. La oración actualiza en nosotros la gracia de la fe y nos va revelando lo que Dios quiere de mí aquí y ahora. En la oración descubro la voluntad de Dios y obtengo la gracia para cumplirla. La oración sella en el corazón lo que he adquirido en el conocimiento. Es la que revela la verdad que he conocido y muestra su belleza.

  El encuentro con el Señor despierta en el hombre la necesidad de la conversión. Si el encuentro con Dios no es transformador es que no ha existido verdadero encuentro o no ha sido con Dios. El Año de la Fe quería ser “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor” (PF 6). Pido al Señor que haya sido así, al tiempo que os invito a continuar viviendo un verdadero camino de conversión. El sacramento de la penitencia es el instrumento privilegiado de la misericordia de Dios que se abaja a nosotros para rescatarnos del pecado, del culto a los ídolos. “Creer significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia. La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios” (LF 13)

  El conocimiento de la fe y la vida de la fe encuentran su unión en el amor. La novedad que aporta la fe es  nuestra transformación por el amor. La fe nos abre al amor y el amor nos dilata, nos abre a los demás. Dios es amor y el que ama permanece en Dios. Sólo desde el amor se puede entender a Dios, y no sólo eso, se puede entrar en el corazón mismo de Dios. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (v. 5); por eso, estamos capacitados para amar con el amor de Dios; es una exigencia de la vida cristiana amar como Dios ama. En este sentido, como nos dice el Papa Francisco: “La fe no solo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, son sus ojos: es una participación en su modo de ver” (LF 18). Este es el amor cristiano, la caridad, mirar al hermano como lo mira Jesús, acercarnos a él como se acerca Jesús y amarlo como lo ama Jesús. Cáritas, y las demás realidades caritativas y sociales en la Iglesia, han de tener este sello: mirar desde Jesús, ser presencia del amor de Dios en medio de los hombres que nos necesitan. La fe, expresada en el amor, es el mejor testimonio para los que buscan o para los que no tienen fe. Sólo el amor es digno de fe.

  Vivir esta realidad a la intemperie no es fácil, más bien diría que es imposible. No podemos vivir sin Iglesia o al margen de ella. La Iglesia no es una opción, es esencial a la vida de la fe, o ¿acaso podría sobrevivir un niño sin el alimento de su madre?. Necesitamos de la comunidad, de la Iglesia. La Iglesia es la Madre que nos abraza y nos ayuda a creer. Como nos ha engendrado a la fe se convierte en testimonio de la vida de gracia y nos ofrece los medios que ha recibido de su Esposo para crecer y caminar a nuestro destino.

  No puedo olvidar otro elemento esencial a la misma fe: su transmisión. La fe es el tesoro que en una cerrazón egoísta se perdería y que, por el contrario, crece cuando la llevamos a los demás. Es sabido y repetido que la Iglesia existe para evangelizar. Sin embargo, ahora quisiera detenerme en la importancia de la coherencia como instrumento esencial a la hora de transmitir la fe. Muchos nos preguntamos hoy por qué no somos capaces de transmitir la grandeza y la belleza de la fe. No es fácil la respuesta, pero hay algo claro: para trasmitir la fe necesitamos vivir en la coherencia, vivir según se cree.

  El testimonio de Eleazar, que hemos escuchado en la primera lectura, es muy ilustrativo. Este hombre “uno de los principales maestros de la ley, hombre de edad avanzada y semblante digno”, como lo describe la página bíblica, se encuentra con dos tentaciones para ser fiel a su fe; son las mismas que nos encontramos nosotros. La amenaza del castigo por vivir según la fe que se profesa, y que contradice los postulados sociales y culturales del poder establecido, convirtiéndose así en un verdadero signo profético que amenaza la seguridad de los quieren imponer una vida sin Dios; pero no es menor la otra tentación: la simulación, es decir, creer, pero vivir como si no creyeras. Dejar que el corazón esté en Dios, pero vivir al estilo de los paganos; hacer de la fe una cuestión privada que nada tiene que ver con la vida pública. Tentaciones de entonces y tenciones de ahora.

   Las palabras de este anciano piadoso resuenan hoy en nuestra conciencia: “¡Enviadme al sepulcro! No es digno de mi edad ese engaño. Van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado y si miento por un poco de vida que me queda se van a extraviara con mi mal ejemplo” (vv. 23-25). Sí hermanos, la transmisión de la fe se hace por la palabra y por el testimonio. Si vivimos en coherencia con lo que creemos, muchos se cuestionarán sobre su proceder a la luz del nuestro, y querrán saber por qué vivimos así, o por qué tenemos alegría y paz en el corazón a pesar de las tribulaciones. La transmisión de la fe ha de ser una llamada al estilo de Cristo: “Ven y verás”.

   Al final de mis palabras quiero volver a la primera cuestión que me hacía: ¿y ahora, terminado el Año de la Fe, que hemos de hacer?

   Somos una iglesia abierta a Dios y a su acción, por eso, somos una iglesia abierta al futuro, al que miramos con esperanza e ilusión, porque lo vemos lleno de posibilidades. Hemos de salir fuera, no podemos quedarnos encerrados en la seguridad de lo que hemos conquistado. La misión está en el mundo, entre los hombres. Alimentados con la Palabra y la Eucaristía somos fermento de un mundo nuevo.

   Hemos de ser una Iglesia que se acerca a cada hombre o mujer, que se pone al lado en el camino, que se hace samaritana, que cura con el bálsamo de la misericordia, que anuncia el perdón y la salvación. Una Iglesia servidora de la humanidad, creíble por el amor. Tenemos que ser una Iglesia que crea esperanza, porque tiene razones para la esperanza. Nuestras parroquias tienen que ser comunidades vivas y alegres, verdadero hogar donde siempre hay un lugar para el que llega, para el que quiere compartir con nosotros la mesa y la palabra. Iglesia que se hace diálogo con todos, incluso con los que no nos miran bien o sospechan de nosotros. En definitiva, una Iglesia centrada en Dios y no en sí misma; una iglesia que ora y adora, que profesa la fe íntegra y celebra el don de la salvación; una iglesia comunión de hermanos para la salvación del mundo.

   El reto, mis hermanos,  es apasionante, por eso pedimos la fe, necesitamos la fe. Como los discípulos en el Evangelio, le decimos al Señor: “Auméntanos la fe”. Sí, pidamos la fe para todos. El Obispo pide la fe para esta Iglesia, la fe para su ministerio apostólico. Que Dios la conceda a los que no la han descubierto todavía o la han rechazado, y la fortalezca en los que la tenemos. Fe para los niños y para los jóvenes; fe en la familias y para los que pasan por la noche del dolor, la soledad o la duda; fe para los sacerdotes y para los consagrados.

   “La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, « inició y completa nuestra fe » (Hb 12,2).” (LF 57).

   Confiemos a la Madre de Dios, proclamada “bienaventurada porque ha creído” (Lc 1,45), los frutos de este Año de la Fe, y el camino de la Iglesia.

                                                  + Ginés García Beltrán

                                                     Obispo de Guadix

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