Homilía en el día del Palentino ausente
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Homilía en el día del Palentino ausente

HOMILÍA en el DÍA del PALENTINO AUSENTE

Antonio Gómez Cantero. Administrador Diocesano, San Lázaro. 5 septiembre 2015

Génesis 12, 1-6

Salmo 23

Lucas 4, 16-22

Queridos palentinos que hoy os habéis congregado en esta Iglesia de san Lázaro, en el corazón de la ciudad, para celebrar la cercanía con los vuestros. Queridos familiares y amigos de estos palentinos. Respetadas autoridades que con afán habéis preparado este día tan entrañable.

Y digo entrañable porque este Encuentro Anual de Palentinos tiene que ver mucho con lo más profundo del ser humano, con las vivencias de la niñez y la juventud maceradas en la memoria y en el corazón. Experiencias que son pilares y fundamento de nuestra personalidad y de nuestra existencia.

Las lecturas que hemos proclamado nos hablan de tres personas. Abrahán, nuestro padre en la fe, que por obediencia sale de su tierra y va a la tierra que Yahvé le señala. Jesús de Nazaret, nuestro Señor, que vuelve a su pueblo, donde se había criado, para reconocer y manifestar su misión entre los suyos. Y finalmente nuestro Dios, que nos conduce por el camino recto y nos libra de los peligros, como un buen pastor que cuida de su rebaño. Fijaros bien, las tres lecturas nos marcan un viaje que tiene mucho que ver con los hitos nuestra vida y con los procesos de nuestra fe.

La experiencia de Abrahán es un “viaje de ida”.

La experiencia de Jesús es un “viaje de vuelta”.

La experiencia de Dios/Pastor es de “encuentro”.

Todos en la vida pasamos por estos tres momentos. Incluso sin salir de casa. Los que tuvisteis que marchar, seguro que los habéis vivido con más intensidad.

Todos necesitamos salir y aprender de otros, abrir los ojos del corazón para tener horizontes amplios y no hacernos estrechos de miras, para no cerrarnos y aparecer como raquíticos. Salir nos hace acumular experiencias, valorar lo diferente y asumir lo mejor, lo que nos hace crecer y ser más profundos. Todos necesitamos hacer un “viaje de ida”. En la Biblia: Adán, Noé, Abrahán, Moisés, Elías, María, la parábola del hijo pródigo, los discípulos de Emaús… todos realizan este viaje exterior, y también interior, que les hace más sabios y con una experiencia más profunda de su fe. En el “viaje de ida” crecen, maduran, experimentan “el salir de si” para aprender a darse, a servir, a fiarse de Dios.

Y después se produce el “viaje de vuelta”. Es muy distinto, cada uno ya tiene una misión designada. Cuando uno llega a la tierra de la que salió desprende más misericordia, no está tan centrado en lo que ha vivido sino que se preocupa en cómo servir de algún modo a los suyos. Vuelve fortalecido y a la vez humilde. Porque vuelve a valorar lo suyo, el hogar, lo familiar, las primeras amistades, los primeros aprendizajes… En el camino de la fe, nos pasa lo mismo. El que ha sabido mantener la fe en las dificultades, en los ambientes y tierras tan diferentes a las suyos, es un creyente firme, contra viento y marea y un testigo ante los suyos.

Pero para que el “viaje de vuelta” sea fructífero se debe de dar “un encuentro”. El encuentro es una acogida, un abrazo del corazón. En el camino de la espiritualidad es un encuentro con el Señor, que nos acompaña. Recordad si no la fortaleza del salmista de dónde viene. Es el encuentro el que trasforma. Es el encuentro el que nos hace fuertes y nos alimenta. Nosotros, en los avatares de la vida, en las tormentas y noches tenebrosas nos agarramos al Señor, y esto es lo que nos da ilusión y esperanza. En cada Eucaristía el Señor nos alimenta de tal manera que se nos da por entero, nos fortalece y nos invita a seguir caminando.

No os parezca una tontería, pero la verdad es que me cuesta llamaros “palentinos ausentes”… me parece tan cargada de vacíos esta palabra que, perdonadme, prefiero decir que sois “Palentinos en viaje de vuelta”. Bienvenidos a casa.

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