arantzazu 2013

Homilía del obispo José Ignacio Munilla en la subida a Aránzazu

¡Dichosa tú que has creído, María! ¡Dichosa porque has acogido al Verbo de Dios, hasta el punto de hacerse carne en tu seno! ¡Dichosa tú la mujer creyente;  dichosa porque en ti la Iglesia descubre su vocación a ser sacramento de Cristo!

 

Queridos hermanos todos:

 

El Concilio Vaticano II tuvo la intuición de presentar la figura de María en el último capítulo de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia ‘Lumen Gentium’. Cincuenta años después de aquella asamblea conciliar, hemos subido a Aránzazu para reafirmarnos en el deseo hacer de María el ‘modelo’ o ‘tipo’ en el que aprendamos a ser Iglesia. ¿Cómo ser Iglesia fiel de Cristo? ¡Aprendiendo de María, imitándola! Escuchemos aquellas palabras conciliares: “La Virgen Santísima, por el don y la prerrogativa de la maternidad divina, que la une con el Hijo Redentor, y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo. Pues en el misterio de la Iglesia, que con razón es llamada también madre y virgen, precedió la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular como modelo tanto de la virgen como de la madre. Creyendo y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como una nueva Eva, que presta su fe exenta de toda duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios, dio a luz al Hijo, a quien Dios constituyó primogénito entre muchos hermanos (cf. Rm 8, 29), esto es, los fieles, a cuya generación y educación coopera con amor materno” (LG 63).

 

Nuestra subida a Aránzazu coincide con un momento especialísimo en la vida de la Iglesia. Queremos dar gracias a la amatxo de Aránzazu por el Papa Francisco, porque sentimos y percibimos que la oración de la Iglesia —“¡danos un pastor conforme a tu corazón!”— ha sido escuchada. Estamos llenos de esperanza al constatar que la Iglesia se encuentra ante una nueva oportunidad de Evangelización, y que el Papa Francisco ha sido elegido por la Providencia para guiarnos con mano firme y con corazón humilde.

 

En los días anteriores al cónclave os invité a toda la Diócesis a acoger al futuro pastor, antes de saber su nombre; a que repicar las campanas de nuestras iglesias con la fumata blanca, antes de conocer el nombre del elegido. Pienso que así lo hemos hecho mayoritariamente; y ahora nuestra alegría es grande al comprobar que el Espíritu Santo nos ha dado el Papa que necesitábamos. Una vez más, como al inicio del pontificado de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, hemos comprobado que “el Señor es nuestra pastor, y que nos conduce hacia fuentes tranquilas, reparando nuestras fuerzas…”

 

No solo la comunidad de los creyentes, sino que la sociedad entera parece haber acogido al Papa Francisco con una apertura y simpatía inusitadas. Es como si viviésemos una especie de luna de miel en lo que respecta a la información sobre la vida de la Iglesia. En estos días nos está sorprendiendo gratamente el escuchar los juicios favorables que se hacen sobre el nuevo pontífice. No cabe duda de que la decisión de renuncia tomada por Benedicto XVI, está en buena medida en la raíz de la gran acogida que el Papa Francisco está recibiendo. En efecto, muchos que pensaban que la jerarquía de la Iglesia es la escenificación de la lucha eclesiástica por el poder, quedaron desarmados y sin argumentos al comprobar el total despojamiento de Benedicto XVI. Tal es así, que la llegada del Papa Francisco, amante de los últimos y de los humildes, ha llevado a muchos a convencerse de que el Papa no es otra cosa mas que el ‘siervo de los siervos’, además del ‘vicario de Cristo en la Tierra’.

 

Ahora bien, me parece muy conveniente recordar que tenemos que estar preparados para la llegada de la incomprensión y de la persecución. No olvidemos lo que Jesús nos anunció en el Evangelio: “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros”. El Papa Francisco realiza en estos primeros días de su pontificado la entrada gloriosa en Jerusalén (en medio de ‘vivas’ y ‘hosannas’ a quien viene en nombre del Señor). Pero a buen seguro que no tardará en llegar el Viernes Santo, en el que se oigan los gritos de rechazo (“¡crucifícalo, crucifícalo!”). Estemos atentos a la llegada del momento de la prueba, pero… ¡no temamos! ¡Vivamos el momento presente con una gran confianza! Como dijo el mismo Señor: “Si estos callasen, gritarían las piedras”… La persecución y la pasión llegarán pronto. Sin embargo, estamos ciertos de que la resurrección coronará la cruz, como comprobamos que ha ocurrido con el mismo Benedicto XVI.

Con fecha del día de San José he escrito una carta al Santo Padre, felicitándole en nombre de toda la Diócesis, ofreciéndole nuestras oraciones, y expresándole la gran necesidad que tenemos de su ministerio petrino. Ciertamente, estamos necesitados de que el Papa Francisco nos confirme en la fe. Pero también le he transmitido en nombre de todos, que nos tiene dispuestos a colaborar decididamente en la ingente tarea que le ha sido encomendada: ¡Cuente con nosotros, Santo Padre!

 

En pleno Año de la Fe, nuestra madre Iglesia inicia un nuevo momento de su singladura hacia la Jerusalén celestial. Santa María, madre de Dios, madre de la Iglesia, madre del ‘dulce Cristo en la tierra’, madre de los pobres, madre de todos  y de cada uno de los aquí presentes… ¡¡Ruega por nosotros!!

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