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Homilía del obispo de Sigüenza-Guadalajara en la Misa Crismal

Homilía del obispo de Sigüenza-Guadalajara, Atilano Rodríguez Martínez, en la Misa Crismal

Me alegro de encontrarme con vosotros, queridos hermanos sacerdotes, religiosos y cristianos laicos, en este día en el que invocaremos la fuerza y la acción del Espíritu Santo sobre el Crisma y sobre los Santos Óleos para que puedan comunicar y ofrecer la santidad y la vida de Dios a los niños, jóvenes y ancianos, que se acerquen a recibir los sacramentos durante los próximos meses.

 

En esta celebración, además de proceder a la consagración del Crisma y a la bendición de los óleos, os invito también a dar gracias a Dios por el extraordinario pontificado de Benedicto XVI y por su valiente decisión de renunciar al gobierno de la Iglesia, después de larga meditación ante el Señor. Al mismo tiempo, encomendamos  al  Papa Francisco para que se deje guiar cada día por la acción del Espíritu Santo en la difícil y, al mismo tiempo, gozosa responsabilidad que le ha sido confiada por el único Señor. Desde la vivencia de la comunión de los Santos, todos podemos y debemos colaborar con él en el gobierno de la Iglesia acogiendo con gozo sus enseñanzas, orando por sus intenciones y confesando con valentía nuestra fe en Jesucristo.

 

Los sacerdotes, como todos los años, renovaremos ante el Señor las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación ante el obispo, ante los hermanos presbíteros y ante los miembros del Pueblo de Dios que nos acompañaban con su cariño y oración.  En aquellos momentos experimentamos de un modo especial el amor de Dios, que nos llamaba y nos enviaba para presentar su Palabra y para ofrecer su salvación a todos los hombres, sin mérito alguno por nuestra parte.

 

Esta renovación de las promesas sacerdotales, en el año de la fe, nos recuerda que nuestro ministerio, ante todo,  no es para nosotros, sino para el servicio de todo el Pueblo de Dios. Hemos sido ordenados para ponernos al servicio de todos los hombres y para alentar y acompañar la fe de cada uno. El gran servicio que un pueblo debe esperar de sus presbíteros es el ser iluminado con su celo pastoral y ser instruido en la fe mediante la proclamación de la Palabra de Dios y el testimonio personal.

 

San Juan de Ávila, doctor de la Iglesia y nuestro patrono, refiriéndose a la actitud del sacerdote con relación a Dios y a los hermanos, decía: “Sobre todo conviene al cura tener verdadero amor a nuestro Señor Jesucristo, el cual le cause un tan ferviente celo que le coma el corazón con pena de que Dios sea ofendido, y le haga procurar cómo las tales ofensas sean quitadas, y que sea honrado Dios y muy reverenciado, así en el culto divino exterior como en el interior, teniendo para con Dios un corazón de hijo leal y para sus parroquianos de verdadero padre y verdadera madre” (San Juan de Ávila, Tratado sobre el sacerdocio, 39).

 

En estos momentos, en los que bastantes creyentes se han alejado de Jesucristo y de su Iglesia, es muy importante estar preparados interiormente para asumir con paz la adhesión de unos pocos, el rechazo de bastantes y la indiferencia de la masa. Para ello, los sacerdotes, animados por la fe, debemos crecer en la identificación con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, a quien tenemos el encargo de hacer presente en el ejercicio del ministerio. De este modo estaremos en condiciones de no dejarnos arrastrar por los criterios del mundo, de no “mundanizarnos”, para vivir y actuar siempre según la voluntad del Señor.

 

Nuestra preocupación por alimentar la fe de los demás, puede llevarnos a descuidar la propia, olvidando que, antes de proponerles a ellos la fe, nosotros necesitamos cuidarla con dedicación y esmero. Para impulsar la nueva evangelización y, por tanto, para la transmisión de la fe en nuestros días, la Iglesia y el mundo tienen necesidad de sacerdotes santos, buenos y bien preparados. Para ello es fundamental, ante todo, la comunión íntima con Cristo en la oración, cuyo alimento era hacer la voluntad del Padre (Jn 4, 34). Todo lo que hacemos, lo tenemos que hacer en comunión con Él. De este modo podremos recobrar siempre de nuevo la unidad de nuestra vida entre tantas dispersiones, favorecidas por las diversas ocupaciones de cada día.

 

A la luz de la Palabra de Dios, hemos de revisar constantemente nuestra respuesta al Señor y el servicio a los hermanos para ser buenos pastores a imitación del Buen Pastor, pastoreando no a la fuerza, sino de buena gana; no por sórdida ganancia, sino con entrega generosa; no como déspotas, sino como modelos del rebaño (I Pe 5, 2).

 

Por eso debemos asumir siempre nuestra misión con espíritu de fe, teniendo en cuenta lo que decía Benedicto XVI a los seminaristas con ocasión de la JMJ: “Nadie elige el contexto ni los destinatarios de su misión. Cada época tiene sus problemas, pero Dios da en cada tiempo la gracia oportuna para asumirlos y superarlos con amor y realismo”.

 

Del Señor Jesucristo, que se sacrificó a sí mismo para hacer la voluntad del Padre, aprendemos también el arte de la ascesis sacerdotal. Hoy ésta virtud es más necesaria que nunca, pero no debemos situarla junto a la acción pastoral, como un fardo añadido que hace más pesada nuestra jornada. Al contrario, en la misma acción pastoral, debemos aprender a superarnos y a gastar nuestra vida en el servicio los demás.

 

Ahora bien, para que esto llegue a su plena realización y no se quede en meros deseos, necesitamos momentos y espacios para recuperar nuestras fuerzas físicas y espirituales. Necesitamos espacios de tiempo para orar y meditar, entrando en nuestro interior para encontrar al Señor, que nos ama con amor de predilección. De aquí la importancia de celebrar con fe cada acto de nuestro ministerio y la necesidad de participar en los ejercicios espirituales y retiros.

 

El mayor peligro que corremos hoy los sacerdotes es el abandono de la oración y de la formación. Cuando esto sucede, podemos caer en la superficialidad, en la rutina en las celebraciones y en la pérdida de nuestra identidad. En este sentido, no debemos olvidar nunca que un sacerdote orante se asemeja más a Cristo, cuya vida estuvo centrada en la oración. Su jornada, como podemos descubrir en los Evangelios, arranca de la comunicación con el Padre y desemboca en la intimidad orante con Él (Mc 1, 35-38).

 

La soledad y la oración forman parte del ministerio de Jesús, que une en todo momento la actividad apostólica con la oración; ofrece a los hombres la misericordia del Padre, y se retira a la montaña llevando en su corazón a los enfermos, hambrientos y necesitados. La oración es la fuente y el culmen de su acción, conjugando de este modo la comunicación con el Padre y la comunicación con los hombres.

 

Queridos hermanos sacerdotes: Todos, yo el primero, necesitamos ponernos cada mañana en las manos de Dios, abriéndole confiadamente nuestro corazón. De este modo, por la noche, podremos proclamar su fidelidad (Sal 91, 3). Cuanto más impregnadas estén nuestras palabras y nuestro quehacer pastoral por la gracia del Espíritu Santo, seremos mucho más eficaces apostólicamente.

 

La Eucaristía, que estamos celebrando, es fuerza y alimento para el camino. Ella es el centro y la cumbre de nuestro ministerio. Vivamos con gozo y con orgullo el ser sacerdotes. Es verdad que nuestra misión no es fácil,  pero unidos a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y acompañados por María, la Madre del primer Sacerdote, sabremos ser testigos de la esperanza para tantos hermanos, que tienen necesidad de encontrarse con Cristo para descubrir el gozo de vivir y de amar.



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