Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del obispo de Plasencia, Amadeo Rodríguez Magro, en la apertura diocesano del Año de la Fe: La sabiduría de la fe

Queridos hermanos y hermanas: La Santa Madre Iglesia, en su sabía selección de los textos dela Sagrada Escritura, para este domingo XVIII del tiempo ordinario, nos ha regalado tres tan bien traídos, que necesariamente han de ser la fuente misma de la reflexión y de la oración que hagamos en torno ala Fe. Pues, ¿qué otra cosa es la fe sino la participación en la sabiduría divina? (Sab 7,7-11).

El que encuentra la sabiduría tiene todos los bienes; porque la sabiduría es un bien mayor y mejor que todos los demás, y nada le es comparable: más que los tronos, que las riquezas, que el oro y las piedras preciosas, más incluso que la salud y la belleza es el espíritu de sabiduría que nos es concedido, si invocamos a su Autor con un corazón sincero y desprendido. Con esa actitud, Salomón agradece, en la bella oración que hemos escuchado, la sabiduría que le ha sido concedida.

La Palabra de Dios que la Carta a los Hebreos (4,12,13) califica como viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos, se aproxima al corazón de las criaturas y les ofrece la fe; y lo hace con amor, con una mirada de amor. En efecto, es la Palabra la que nos pone en el umbral de la puerta de la fe y nos lleva a lo largo de todo el camino sobre la tierra, hasta el paso de la muerte a la vida eterna. La Palabra, aunque a veces nos exija renuncias y, por supuesto, una respuesta libre, es el medio que Dios elige para darnos sus gracias y en especial el don de la fe.

El Evangelio de Marcos (10,17-30) nos ofrece una lección práctica del camino de la fe en toda su verdad y belleza, pero también en toda su dificultad y hasta en toda su tragedia, como podremos comprobar, y quizás sepamos por experiencia.  En el texto evangélico ya la sabiduría y la Palabra se han hecho Persona. Se llama Jesucristo, Hijo de Dios, y anda “de camino” haciéndose el encontradizo con todos. Jesucristo está como siempre en misión, entonces en Palestina, concretamente en Judea y en Transjordania, y ahora en la misión dela Iglesia. Entoncesy ahora todo lo hace para ofrecer el amor de Dios. Porque eso es lo que trae Jesús al mundo.

De ahí que Jesús, al escuchar que el joven que se le acercó “corriendo” le llama bueno, le advierte que el bueno es Dios. Le orienta a poner su vida en los caminos de Dios. Como primer paso para la fe, le invita a convertirse a Dios, a aceptar su voluntad. Lo hace Jesús con la pedagogía de empezar por lo poco, de priorizar lo fundamental: le remite antes que a nada a los mandamientos. “Ya sabes los mandamientos…”. El joven, quizás sin una clara conciencia de lo que se le acaba de pedir en esta primera recomendación, replica con excesiva rapidez: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Entonces la actitud de Jesús no se hace esperar. Con un gesto típico de Dios se le quedó “mirando con cariño”. Aunque conocía los deseos e intenciones de corazón del joven, le entrega el don de su amor gratuito, el don dela fe. Lohace con una mirada de amor, que expresa mejor que cualquier discurso que la fe procede del corazón de Dios, que la fe es gracia, iniciativa divina. A partir de la mirada de Jesús todo puede suceder: ya todo queda en la respuesta de la libertad del joven. Pero sin ese cruce de miradas, sin ese encuentro profundo con el Señor nadie puede descubrir el tesoro de la fe y de la vocación cristiana. Para el joven hay un precioso. Jesús le dice: “sígueme”, vente conmigo y participa en mi vida y en mi misión. Le ofrece la vocación más alta, la de mayor intimidad y responsabilidad.

El seguimiento de Jesús, sin embargo, no es compatible con otros tesoros que puedan tener ocupada la vida. “El joven era muy rico”, dice el Evangelio. Jesús, que lo sabe, le dice: “Una cosa te falta: vete, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo”. Aunque sea difícil lo que se le pide, es una exigencia imprescindible para poder acoger el don de la fe: el gran tesoro, el único tesoro, el verdadero tesoro. Los demás bienes le están subordinados. Y si no es así, nunca podremos definir nuestra fe como “el encuentro con una Persona que nos cambia la vida” y nos lleva a actuar por el amor, por la caridad. “Vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres”. Tu nuevo tesoro, el auténtico tesoro, el del cielo, pasa por ser pobre y por optar por los pobres. Jesús le invita a ser un hombre libre: tu dinero a los pobres y tú conmigo.

Ante la propuesta de Jesús, aun valorando lo que le ofrece, el joven “frunció el ceño, y se marchó todo triste, porque poseía muchos bienes”. Había confesado su deseo de seguir a Jesús con su boca; pero cuando le llegó al corazón no aguantó la mirada y se manifestó como un hombre sin libertad y cerrado al amor. Por eso, en su vida, de momento, de instaló la tristeza y el vacío. Hoy por hoy no sabemos el final de esta historia, aunque seguramente habría otras oportunidades, como las hay para todos nosotros.

El final habrá dependido de lo que en el futuro hiciera con los mandamientos que el joven cumplía desde pequeño. Según todos los indicios, cuando se acercó a Jesús, aún frivolizaba con ellos. No era consciente de que las “diez palabras” son alianza y comunión con Dios y, por tanto, fuente de vida y camino para la sabiduría dela fe. Paraél el cumplimiento de los mandamientos era solamente una fe con rebajas. Este es un ejemplo de cómo, a veces, algunos hacen de los mandamientos un puerto seguro para su mediocridad. El joven rico es el hombre formalmente perfecto, el que cree hacerlo todo bien; pero en el que la fe no ha pasado por el corazón. El joven rico es aquel que no sabe que la fe es como una luz encendida que se lleva en las manos, entre la lluvia y el viento, en las noches y en los días de la vida.

Con estos preciosos relatos de la Palabra de Dios hemos sido iluminados en el comienzo de la celebración del Año dela fe. La Palabraque nos ofrece la sabiduría de Dios sigue “de camino” por la tierra, sigue atrayendo a hombres y mujeres. Al comenzar el Año de la fe todos deberíamos ser, naturalmente sólo en sus primeros gestos, como el joven del Evangelio: deberíamos dirigirnos con presteza a Jesús y con el interés de quien se juega la vida: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?” Es así como se fortalece la fe: con una auténtica y renovada conversión al Señor, único salvador del mundo” (Pf 6). Pero, par que no nos suceda como al joven rico, hemos de saber que no se puede ir al encuentro de Cristo sin asumir el riesgo de cortar con nuestras seguridades. Eso siempre es doloroso, pero en saber elegir está el secreto de nuestra felicidad.

En este año que hoy comenzamos, se nos llama a poner el máximo empeño en adquirir una exacta conciencia de la fe, para renovarla, purificarla, confirmarla y confesarla; es decir, todos estamos convocados a una auténtica y sincera profesión de fe. A lo largo de este año, vivir en el “credo” de la Iglesia deberá ser nuestro lema de vida: un credo que nos haga sentir la experiencia del amor de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, misterio que llevamos en el corazón desde nuestro “triple creo” bautismal. Lo haremos con un programa que os presentaré en una Carta Pastoral que llevará por título: “LA FE ES UN AMOR QUE SE RECIBE”, y que está inspirada en la Carta Apostólica “Porta fidei”. En ese programa encontraréis cauces para este empeño que asumimos con gratitud al Santo Padre y que compartimos con gozo con toda la Iglesia.

No dejemos de insistir en la confesión y el fortalecimiento de nuestra fe. En ella está el suelo sólido desde el que se construye nuestra vida cristiana. Como nos recuerda Benedicto XVI, en ocasiones consideramos la fe, no sólo en los demás, sino también en nosotros, como un “presupuesto obvio”. Sin embargo, esto no siempre es así. Hoy en muchos cristianos la fe está aún en un umbral muy incipiente, débil y, en muchas ocasiones, pobre, muy pobre. Ni se conoce la fe a fondo, ni se celebra como un encuentro que renueva la vida en la gracia de Dios, ni se vive como una existencia plasmada por lo que creemos, ni tenemos una fe rezada, una fe que se transforma en oración, ni la fe nos lleva al compromiso público o a la caridad con nuestros hermanos.

De un modo especial os animo a trabajar por un más profundo conocimiento dela fe. Naturalmente, al conocimiento hay que añadir el asentimiento del corazón. “Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, esa que no tiene fin” (Pf 15).

La fe, en efecto, nos pone en camino en medio de nuestros hermanos y hermanas, en nuestros pueblos y ciudades, como Iglesia del Señor en Plasencia. A poco que echemos nuestra mirada en torno a nosotros con corazón misionero, contemplaremos que nos movemos en medio de una profunda crisis de fe, que también entre nosotros ha aumentado la “desertización” espiritual, de la que ha hablado Benedicto XVI en la homilía de la misa de apertura del año de la fe en Roma. Esta situación nos obliga a sentir la urgencia de anunciar a Jesucristo, de evangelizar, de compartir la alegría de creer. La fe o es misionera o no es fe. Por eso el Papa nos invita a confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias, en nuestras casas y en nuestras familias, en nuestras calles y en nuestros lugares de trabajo. Porque la fe implica un testimonio y un compromiso público, hecho siempre con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza.

Os llamo sobre todo al compromiso de la caridad. “El año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad”. En efecto, “la fe actúa por el amor” (Gal 5,6). Si la fe es un don de amor, “un amor que se recibe”, creer es amar. “La fe y la caridad se necesitan mutuamente”. “No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe”. La una ilumina a la otra, pues en medio de las dos anda siempre Cristo: por la fe y la caridad le conocemos y le amamos. Es la fe la que nos ilumina el rostro de Cristo, es la caridad la que nos muestra su rostro para que le sirvamos en sus necesidades concretas. Se puede decir que un cristiano confiesa su fe por la caridad.

La caridad, de hecho, verifica la fe que profesamos, celebramos, vivimos y rezamos. En realidad la caridad es el lenguaje de los hombres de fe: hablan con lo que hacen en el amor. Justamente eso está ocurriendo en estos momentos en la Iglesia católica en España. Una multitud, sí, una verdadera multitud de hombres y mujeres, unos con la ayuda anónima y generosa de su mano derecha, otros con su acción como voluntarios, repartidos todos por la geografía española, se las están ingeniando para hacer frente a los problemas más graves que está generando la terrible crisis que nos asola.

Cuando escribía estas palabras que esta semana encontráis en Iglesia en Plasencia, pensaba de un modo especial en vosotros, queridos voluntarios y voluntarias de Cáritas, que encarnáis, desde vuestra fe, el ejercicio de la caridad en la vida de la Iglesia diocesana. Y, desde vosotros, pensaba en todos los que a lo largo de estos cincuenta últimos años han encarnado la acción de Cáritas Diocesana de Plasencia. Por todos le doy gracias al Señor. Sé que en Cáritas, por eso del anonimato de la caridad, siempre se dice eso de “siervos inútiles somos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Pero el Obispo tiene hoy la obligación de expresaros su más profunda gratitud por el extraordinario trabajo que muchos han realizado y que vosotros realizáis en estos momentos en los servicios generales, en las caritas interparroquiales y, de un modo especial, en los equipos de cáritas de nuestras parroquias, que son los que recogen y reparten, día a día, la generosidad de nuestras comunidades cristianas.

Invoco sobre todos nosotros la intercesión de los santos testigos de la fe en nuestra Diócesis: a San Fulgencio y Santa Florentina, a Santa Rosa de Lima, que por raíces paternas está ligada a nosotros, ala Beata Matildedel Sagrado Corazón, al beato mártir Nicolás de la Torre y al beato José Polo Benito, que tantas huellas de santidad y compromiso cristiano y sacerdotal dejó en nuestra Diócesis.

Ponemos nuestra fe en el corazón entrañable de la Madre de los creyentes, la que, como Madre del Redentor, nos enseña a vivir de la fe.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

 

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