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Iglesia en España

Homilía del obispo de Palencia, Esteban Escudero, en el Pórtico Litúrgico (2-3-2013)

Quiero comenzar mis palabras en este solemne Pórtico Litúrgico de la Semana Santa haciendo una llamada a todos los palentinos para que participen masivamente en los actos programados en esta Semana Santa, en este año especial en el que ha sido reconocida merecidamente como Fiesta de Interés Turístico Internacional. ¡Ojalá acudamos todos a participar o a presenciar las procesiones y otros actos de piedad programados para estos días!

Una llamada que hago extensiva a esa multitud de pequeñas Cofradías Penitenciales que -hasta en el pueblo más pequeño- se empeñan en conservar la herencia de fe y piedad popular recibida de nuestros mayores. Una herencia que cristaliza de manera especial en estos días. Esas pequeñas Semanas Santas también son merecedoras de nuestro cariño, recuerdo y consideración.

El tema que quiero que reflexionemos juntos esta tarde, a las puertas ya de nuestra Semana Santa, es una idea muy sencilla, pero llena de contenido religioso: Las manifestaciones de religiosidad popular de la Semana Santa deben completar, si se participa con respeto y dignidad, las celebraciones litúrgicas. O, dicho de otra manera, la piedad popular se debe derivar de la liturgia o bien debe llevar a ella.

 

«Durante la Semana Santa la Iglesia celebra los misterios de la salvación realizados por Cristo en los últimos días de su vida, comenzando por su entrada mesiánica en Jerusalén»[1]. Desde tiempos inmemoriales el pueblo cristiano ha querido representar plásticamente las escenas de la pasión y muerte del Señor, así como las figuras de los principales personajes que rodearon la figura del Salvador. Así ha surgido una abundante colección de pintura religiosa en torno a las escenas de la pasión y muerte del Señor y toda una serie de imágenes destinadas a las iglesias para excitar la piedad popular en la contemplación de tan santos misterios. En la ciudad de Palencia, a lo largo de la Diócesis, y en general en toda Castilla este arte religioso reviste unas características del todo singulares por su calidad y su emotividad religiosa. Una forma especial de este arte religioso ha sido la imaginería en torno de los misterios de la Semana Santa encargada a los artistas por cofradías y hermandades para acompañarlas en procesión durante estos días santos. Un magnífico ejemplo de esto es la larga tradición de la Semana Santa de nuestras cofradías y hermandades penitenciales de la ciudad de Palencia, con sus hermosos y bien cuidados “pasos”, que he tenido ocasión de contemplar visitando repetidas veces vuestros locales.

 

Las procesiones que se desarrollan estos días en la ciudad congregan numerosísimo público que presencian con devoción el recorrido de estas imágenes, vibrando de emoción religiosa al contemplar las escenas y personajes representados en ellas: el Jesús doliente o crucificado, su santísima Madre dolorosa, los apóstoles y los demás personajes que intervinieron directa o indirectamente en la pasión y muerte del Señor. Y siguiendo a estas imágenes, los cofrades que, veladas sus caras con los capuchones, acompañan místicamente al Señor por las calles de la ciudad. El conjunto de todos estos actos constituye una piadosa movilización del pueblo cristiano para conmemorar los grandes misterios de la fe. Una movilización que, como espectadores o como participantes en las procesiones, se transmite de padres a hijos, según un ritual preestablecido que se remonta mucho tiempo atrás.

 

La Iglesia no ha podido menos que alabar esta importante manifestación de la piedad popular, prescribiendo que sus ministros, los sacerdotes, presidan estas procesiones, dándoles así un carácter oficial de culto cristiano. Ahora bien, a lo largo de los siglos, se ha producido en los ritos de la Semana Santa una especie de paralelismo celebrativo, por lo cual se dan prácticamente dos ciclos con características diferentes: uno litúrgico y otro popular, caracterizado por ejercicios de piedad específicos, sobre todo las procesiones[2].

 

El primer ciclo se refiere a los distintos actos litúrgicos que se celebran en las parroquias y templos de toda la Iglesia durante la Semana Santa, especialmente, la Misa del Domingo de Ramos, la Misa “In coena Domini” del Jueves Santo, los Oficios vespertinos del Viernes Santo, la Solemne Vigilia Pascual y la Misa de Resurrección del Domingo de Pascua. Es el ciclo de la liturgia de la Semana Santa. Por otra parte está el ciclo de la piedad popular, o sea el conjunto de ritos y actos que los fieles cristianos, llevados como por un deseo de ver y experimentar una mayor emoción, han instaurado durante estos mismos días, como son, por ejemplo, el Via Crucis que a continuación vamos a celebrar, las visitas a los lugares de la reserva del Santísimo -el monumento- durante la noche del Jueves Santo, la emocionante representación del descendimiento de la cruz, el desvelamiento o encuentro de Jesús resucitado con su Santísima Madre, y sobre todo las procesiones que tienen lugar todos los días de la Semana Santa, acompañando los distintos “pasos” o imágenes de la Pasión.

 

Para una correcta vivencia religiosa de la Semana Santa, no debe de haber entre ambos ciclos o conjunto de celebraciones una contraposición y mucho menos una disyuntiva. Al contrario, «el amor y el cuidado de las manifestaciones de piedad tradicionalmente estimadas por el pueblo debe llevar necesariamente a valorar las acciones litúrgicas, sostenidas ciertamente por los actos de la piedad popular»[3]. Y es que, en efecto, «liturgia y piedad popular son dos expresiones legítimas del culto cristiano. No se deben oponer, ni equiparar, pero sí armonizar»[4]. El Magisterio de la Iglesia recomendará: «Es necesario que estas manifestaciones de la piedad popular nunca aparezcan ante los fieles, ni por la hora ni por el modo de convocatoria, como sucedáneo de las celebraciones litúrgicas. Por lo tanto, al planificar pastoralmente la Semana Santa se deberá conceder el primer lugar y el máximo relieve a la celebración litúrgica, y se deberá explicar a los fieles que ningún ejercicio de piedad debe sustituir a estas celebraciónes»[5]. Y esto es porque lo que en los actos de la piedad popular se representa plásticamente, en la liturgia acaece realmente. Lo que en aquella es imagen, aquí es realidad. Lo que en la primera es contemplación y sentimiento, en la segunda es participación y comunión con Cristo, que nos otorga la nueva vida de la gracia.

 

Pero, como ya hemos dicho antes, la primacía de la liturgia no quiere decir minusvaloración y mucho menos menosprecio de la piedad popular. Y sobre todo, como es el caso de las procesiones de Palencia, donde se da tanto fervor, tanto amor y tanta devoción a los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Debemos, pues, buscar la armonización entre liturgia y piedad popular, celebraciones en las parroquias y procesiones por nuestras calles.

 

Termino esta reflexión religiosa felicitando anticipadamente a la Hermandad de Cofradías de la Semana Santa y a todos los miembros de las Cofradías y Hermandades penitenciales de Palencia por todos los preparativos que con tanto amor estáis realizando para que cada año se vivan con más intensidad los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo por todo el pueblo palentino. Que Dios bendiga vuestros esfuerzos.



[1] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO, Carta circular sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales (16-1-1998) 27, citado en el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, BAC Documentos, Madrid 2002, n. 138

[2] cf. CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. BAC Documentos, Madrid 2002, n. 138

[3] IDEM, n 138

[4] IDEM, n. 58

[5] IDEM, n 143

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