Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del obispo de Ourense, José Leonardo Lemos, en la vigilia del Adviento 2012

Con la liturgia de la Iglesia le hemos pedido al Señor, en esta Vigilia de Adviento, que avive el deseo de salir al encuentro de Jesucristo que viene, y que lo hagamos acompañados de las buenas obras. Hermoso y comprometido objetivo que nos hace la Iglesia en estas primeras Vísperas del primer domingo de Adviento de este Año de la Fe.

Un Adviento que debe ser, ¡tiene que ser!, diferente a los anteriores. No podemos caer en la tentación de decir: ¡un año más! ¡no! Es el Adviento del Año de la Fe, único e irrepetible y debemos aprovecharlo.

A lo largo de estos días escucharemos como la liturgia nos dice: ¡Dios viene! Es un presente continuo que nos indica que nuestro Dios, no solo ha llegado, está llegando o llegará. El Dios de los cristianos es aquel que está actuando con y en nosotros, ahora, en este preciso momento. Es decir, en todo momento Dios viene. De ahí que cada vez que celebramos la Santa Eucaristía, decimos: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven Señor Jesús!

Este Jesús, Dios con nosotros, cuya venida aguardamos, ya ha llegado, está aquí. Este Jesús se hace presente, cotidianamente, en los signos de su presencia, en especial en la Eucaristía ¡En la Palabra proclamada! ¡En la Iglesia! En el rostro de los hermanos…

 

Pero este Señor que entró en la Historia, en un momento cronológico determinado, este Jesús que se hace presente en sus signos… Es el Jesús cuya venida aguardamos en gloria y Majestad, ¡Ven, Señor Jesús!

 

La actitud que mejor define al Adviento es la espera, y la virtud que debemos cuidar es la esperanza. Esta esperanza está íntimamente unida al conocimiento de Dios, cuyo rostro nos manifestó Jesucristo, que es la imagen visible del Dios invisible. Ese rostro nos lo manifestó, visiblemente, con su encarnación, vida, predicación, pasión, muerte y resurrección.

 

En nuestra sociedad, transida por fuertes olas de laicismo excluyente, de hedonismo y de un fuerte relativismo existencial que inficiona la vida de los creyentes, en una sociedad con una profunda crisis de valores que afectan también a nuestras vidas; en este momento en el que son tantas las necesidades que tenemos y que padecen muchos de nuestros conciudadanos… la Iglesia, al comienzo del Adviento, nos pide que cuidemos la virtud de la esperanza.

 

Y en este mundo nuestro, más que de crisis de fe, es necesario afirmar que existe una profunda crisis de esperanza, hecho que ha sido perfectamente diagnosticado por el Papa Benedicto XVI en Spe Salvi. Si falta Dios, nos falla la esperanza y todo carece de sentido. Y si falta la esperanza es como si perdiéramos la profundidad y el ser de las cosas, del mundo, de nosotros mismos y de los otros.

¿Cómo sabremos que tenemos esperanza? Una respuesta inmediata sería esta: Tenemos esperanza si no perdemos la alegría, porque la esperanza es la alegría de la fe. Y ¿cómo podemos vivir la auténtica alegría? Por mucho que adornemos los escaparates de los comercios o iluminemos con luces de colores las rúas de nuestras ciudades, pueblos y hogares, no tendremos una verdadera y auténtica alegría.

 

Si prestamos atención a lo que nos dice el apóstol Pablo en la 2ª lectura, entonces, puede ser que encontremos la clave de la verdadera alegría cristiana. En la carta a los Tesalonicenses,  nos dice:

 

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos (…) y que así os fortalezca internamente para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva (…) os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, Nuestro Padre”.

 

Mis hermanos y hermanas, en definitiva, todo depende de la fuerza e intensidad del amor con el que se espera al Señor. Y el fundamento de nuestra esperanza no se encuentra en nosotros mismos, ni en los otros, ni siquiera en esas seguridades que a veces buscamos en nuestro entorno, sino en el mismo Dios, que nos ama y, precisamente por eso siempre nos está esperando porque se fía de nosotros para que volvamos a Él.  Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, al igual que su amor nos envuelve y precede siempre primero, a cada uno de nosotros, y ese amor espera una respuesta.

El que ama, con auténtico amor cristiano, se esfuerza por construir un mundo más amable y positivo. El que ama de verdad, se esfuerza por compartir su pobreza con los necesitados. El que ama sabe descubrir en el otro el rostro del Señor al que espera, por eso está siempre atento y vigilante para no caer en la crítica y en la fácil censura, en el catastrofismo de los analistas sociopolíticos, en la murmuración corrosiva, en la infidelidad a la palabra dada, en todo esto y en otras realidades más, que son algunos de los elementos que deterioran la caridad y apagan la esperanza. El que ama de verdad, espera, porque sabe, con la certeza de la fe que sólo ese Amor es digno de crédito.
En este camino de esperanza la Iglesia, como madre y maestra, nos ofrece como modelo la amable figura de nuestra Madre Inmaculada, cuya novena estamos celebrando. Aprendamos de Ella a ser constructores de esperanza en este Adviento del Año de la Fe, para que la Navidad sea una fiesta del Amor de Dios que se nos entrega para nuestra liberación. Amén.

 

 

J. Leonardo Lemos Montanet

Bispo de Ourense

 

 

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