Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del obispo de Guadix, Ginés García Beltrán, en la apertura diocesana del Año de la Fe

Esta mañana nos acompaña la lluvia, lo que ha cambiado los planes de nuestra organización. Recuerdo la experiencia de la JMJ de Madrid. En uno de los actos más importantes, la lluvia y el viento parecía que iban a deslucir la Vigilia que con tanto esmero se había preparado. No fue así. La Vigilia se convirtió en uno de los momentos más importantes y profundos de la JMJ. El Señor, por estos signos naturales, nos recuerda que la Iglesia es suya, porque es su Esposa. Nada de esto es fruto de nuestro esfuerzo sino de su gracia.

Hace unos días, el Papa decía que tiene la convicción que la Iglesia vivirá una nueva primavera. Hoy, en Guadix, se anuncia el frío, la dureza de nuestro invierno. No importa. Después del invierno, que produce una sociedad que ha alejado a Dios, viene una nueva primavera. La nueva primavera de la Iglesia. Vuestra participación masiva, que llena las naves de esta Catedral, es un signo claro de la primavera que se anuncia. El Señor nos sigue bendiciendo. Ojalá que sepamos verlo y respondamos con generosidad a tanto amor.

Hoy, unidos al Sucesor de Pedro y a cada una de las iglesias particulares diseminadas por todo el mundo, iniciamos en nuestra Diócesis el Año de la Fe. Es una oportunidad de gracia que nos ofrece nuestro Dios para volvernos a Él, renovando nuestra confesión de fe y el deseo de vivir en comunión con Él.

Este año es una invitación para todos los que hemos abrazado la fe y cada día nos esforzamos en vivir según lo que creemos. Es también para quienes, habiendo recibido el bautismo, los avatares de la vida los han apartado del gozo de creer. Y es para aquellos que no conocen al Señor, para los que buscan a ciegas la luz que ilumine tantas oscuridades que envuelven la existencia del hombre en la tierra. “La puerta de la fe (cf. Hech 14,27) está siempre abierta para todos”, nos ha recordado Benedicto XVI.

Esta hermosa aventura de la fe tiene su origen en el bautismo, que es la puerta de la existencia cristiana. Por eso, hemos querido comenzar el Año de la Fe con una celebración que haga memoria de la Vigilia Pascual. La escucha de la Palabra, la enseñanza de los apóstoles, la oración, la profesión de fe y la renovación del bautismo nos traen a la memoria cómo vivían y cómo eran vistos los primeros cristianos, según nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 2, 42-47). En esta descripción no olvidamos la fracción del pan, es decir, la Eucaristía, que celebraremos mañana en cada una de las comunidades parroquiales. Tampoco ha de faltar en esta memoria la expresión clara y sincera de nuestra caridad. La fe, para ser creíble, exige compartir con los hermanos más necesitados los bienes que hemos recibido del Señor, y que son medio y posibilidad para hacer visible la fraternidad, signo de la identidad cristiana.

Volver a la fe sabe a oportunidad de regresar al origen que nos da fundamento, y de mirar con esperanza a un futuro que no lo hacemos nosotros, sino que es don de Dios, porque Él mismo es ese futuro. Desde el origen de nuestra existencia, que es don, y la meta, que también lo es, podemos caminar por la vida con confianza, “fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús” (Heb. 12,2)

Esto es la fe, queridos hermanos, don de Dios, pura gracia de su amor para con nosotros. La fe es el don de sí mismo que Dios hace a la humanidad. No nos da cosas, se da a sí mismo para que el hombre pueda mostrar al mundo la imagen divina que hay impresa en él. Responder a este don, y sólo se puede responder en libertad, es la respuesta de la fe que se traduce en confianza y obediencia. El hombre se fía de Dios, confía en Él y en su Palabra, “y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma” (Porta Fidei, 1). La conversión, elemento esencial a la fe, hace realidad la obediencia del hombre a Dios y a sus planes. Una obediencia que no es ciega ni irracional, sino confiada. Dios no se equivoca, Dios lo puede todo, es la convicción del creyente. En definitiva, Dios es bueno y poderoso. Frente al pensamiento moderno que niega a Dios, o lo hace insignificante, al creerlo incapaz de ser respuesta para los grandes interrogantes humanos y de evitar el sufrimiento y la muerte, nosotros, los cristianos, creemos en un Dios que es amor; profesamos la fe en la Trinidad Santa, Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Esta es la belleza de la fe que los hombres de hoy no conocen o han olvidado. Es la belleza que nosotros hemos de volver a descubrir y contemplar y, después, transmitirla a los demás. Hemos de hablar a los hombres de Dios, transmitirles el tesoro de su Palabra, mostrarles su vida, que es alegría y paz. Hemos de ponernos en camino “para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud” (Homilía del inicio del Pontificado, citada en Porta Fidei, 2). Es una exigencia para nosotros, los creyentes, “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (Porta Fidei, 2).

Sin embargo, hemos de reconocer que la tarea no es fácil. El escenario del mundo ha cambiado; en el nuevo horizonte de la sociedad actual, la fe no es un elemento que forme parte de la vida del hombre en general. La fe se ha convertido, para muchos, en una cuestión periférica, no esencial, y que se limita a la esfera de lo privado; es un elemento que afecta, sobre todo, al sentimiento, pero no a los otros ámbitos de la vida del hombre -familia, sexualidad, economía, participación en la vida pública, etc.-. El cristianismo se encuentra en una nueva situación cultural, así lo reconoce el Papa en la Carta apostólica Porta Fidei: “mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas” (n. 2). Ante esta situación, no basta cambiar los métodos o el lenguaje, no es cuestión de estrategias. Hay que volver a lo esencial, hay que volver a Dios. Éste es el gran desafío para la Nueva Evangelización.

Hoy, como siempre, nos interpela el mandato del Señor: “Id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20). Pero ¿cómo hacerlo?, ¿cómo vencer la dificultad que supone hablar de Dios a un hombre indiferente ante el Misterio?; ¿cómo podemos transmitir la fe en el contexto de esta sociedad?, ¿es posible?, ¿seremos capaces?

Llegados aquí, mis queridos hermanos, os invito a no tener miedo. No estamos solos. El Señor nos ha prometido que está con nosotros; como en el camino de Emaús, es el compañero que alienta la esperanza al calentar nuestro corazón con el fuego de su Palabra y con el alimento de su Cuerpo y de su Sangre. Nada ni nadie puede apartarnos del amor de Dios; en todo vencemos gracias a Aquel que nos ha amado (cf. Rom.8, 37-39).

Nunca ha sido fácil anunciar el Evangelio. La incomprensión, el rechazo y hasta la persecución forman parte de la evangelización. La persona y el mensaje de Cristo siempre han sido “bandera discutida”. Cristo interpela al hombre; el encuentro con Él cambia radicalmente la vida. No es lo mismo creer que no creer. No es lo mismo vivir en Cristo que vivir fuera de Él.

Muchos cristianos se preguntan: ¿Cómo hablar de Jesucristo a este hombre?, ¿cómo va a comprender la fe de la Iglesia, tantas veces cuestionada y rechazada? La respuesta es sencilla: Hemos de anunciar el Evangelio como lo han hecho tantos creyentes a lo largo de la historia. O ¿acaso fue fácil anunciar el Evangelio en el imperio romano?, ¿lo fue más fácil en la evangelización de los pueblos de América, África o Asia? No, anunciar a Jesucristo siempre ha sido un reto y ha llevado aparejada la dificultad. Lo necesario, ayer y hoy, es descubrir el tesoro que es Jesucristo, dejarse invadir por el amor de Dios; entonces, sólo entonces, anunciar el Evangelio será la mayor dicha que un hombre puede tener.

El cristianismo es Cristo, el Hijo que nos revela el misterio de Dios. Creer es la adhesión de todo el hombre al Dios que se ha manifestado en Jesucristo. La inteligencia y la voluntad se unen para acoger y aceptar el Misterio de Dios. La fe no la hacemos nosotros, la fe la recibimos como don. No es posible una fe a la medida de nadie, ni fruto del diseño según las necesidades de cada uno. Hemos recibido el Credo que contiene las verdades de la fe, y es ese Credo el que aceptamos, proclamamos y vivimos. Llegamos a la fe por pura gracia; y esa gracia transforma nuestra vida para que acojamos lo que ella contiene. San Pablo lo expresa así: “con el corazón se cree y con los labios se profesa” (cf. Rom. 10,10). Os animo, queridos hermanos, a conocer el Catecismo de la Iglesia Católica. Leerlo, estudiarlo y meditarlo. En él encontraréis los contenidos de la fe, lo que os ayudará a dar razón de ella en el mundo. Puede éste un buen propósito para el Año de la Fe.

La profesión de fe, por tanto, es un acto personal y, al mismo tiempo, comunitario. “El primer sujeto de la fe es la Iglesia”, nos recuerda Benedicto XVI. Hemos nacido en la fe de la Iglesia por el bautismo, y es en su seno materno donde esa fe crece y vive. En el cartel que anuncia este Año de la Fe en nuestra diócesis, hemos querido expresar esta realidad en dos palabras: “Creo”, “Creemos”. “Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los Obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”. (Porta Fidei, 10). Necesitamos un verdadero compromiso eclesial de los creyentes. No es posible hablar de la iglesia en tercera persona, como si nada tuviera que ver con nosotros. La Iglesia es la comunidad de los que creemos en Cristo. Todos somos la Iglesia, Cuerpo del Señor.

Al comenzar el Año de la Fe, me vais a permitir que os recuerde algunas exigencias que son fundamentales en orden a la transmisión de la fe. No olvidemos que la Nueva Evangelización exige nuevos evangelizadores.

Por eso, y en primer lugar, la fe es una llamada a la conversión, y este Año “es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor” (Porta Fidei, 6). La fe exige una nueva vida. No se puede conocer al Señor y seguir como si nada hubiera pasado. La fe es novedad que da a luz una nueva vida. La fe que profesamos ilumina y modela los criterios de nuestro pensar y de nuestro actuar. La vida de los creyentes puede ser escándalo cuando decimos que creemos en Dios, pero vivimos como si no existiera. Los creyentes, la Iglesia toda, estamos llamados a una verdadera conversión.

La conversión será el camino para un verdadero testimonio. Cuando se ha experimentado el amor de Dios, no hay más camino que comunicar esa experiencia de gracia y de gozo. El mundo de hoy necesita testigos creíbles, testigos que transmitan alegría y esperanza. Los testigos de un mundo nuevo, que tenemos que ser tú y yo, que hemos sido liberados en Cristo, el Hombre Nuevo. Nuestro testimonio será creíble, queridos hermanos, si está corroborado por una caridad sincera y efectiva. Nos dice el Papa que “La fe sin caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permita a la otra seguir su camino” (Porta Fidei, 14). El mundo de hoy necesita el testimonio de la caridad de los cristianos, especialmente para con los más necesitados. Una caridad que ha de ser personal y social; para con cada hombre o mujer y para con la sociedad, a través de nuestra participación y colaboración en la vida pública. No olvidemos las palabras del Señor: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn, 13, 35).

La fe es una vida que hemos de desear y, por ello, pedir cada día. Como aquel padre que pedía la curación de su hijo, nosotros decimos: “Señor, creo, pero ayuda mi falta de fe” (Mc. 9,24). La oración es esencial a la fe, porque nos une a Dios y nos introduce en la comunión con Él. El cristiano es un orante, un hombre en la presencia de Dios, que se postra ante el Misterio y, con la confianza del que se siente escuchado, habla como el hijo a su padre o el amigo al amigo. En la oración Dios está en mí y yo en Él.

Para terminar, os invito a mirar a los testigos de la fe. A santa María, la Virgen, la mujer que creyó y, “por la obediencia de su entrega”, nos dio al Salvador de los hombres. A los santos confesores y mártires. A todos aquellos hombres y mujeres que, a lo largo de la historia, “han confesado la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde les llamaba a dar testimonio de ser cristianos: en la familia, en la profesión, en la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban” (Porta Fidei, 13).

Al final de esta celebración, entregaré a cada parroquia y comunidad el credo apostólico. Mañana, domingo, será recibido por esa comunidad para celebrar la Eucaristía en el día del Señor. Es un gesto lleno de significado. El Sucesor de los Apóstoles entrega a la Iglesia el Credo que, a su vez, ha recibido con el encargo de que sea recibido y custodiado en cada comunidad cristiana. El Credo contiene las verdades de la fe, unas verdades que son vida para el hombre y guía en su camino.

Alabemos, hermanos, al Señor que nos regala el don de sí mismo, el don de la fe. Alabemos al Dios que es amor; al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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