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Iglesia en España

Homilía del obispo de Albacete ante el día la Virgen de Los Llanos

Homilía de Ciriaco Benavente Mateos, obispo de Albacete en la Solemnidad de Nuestra Señora de Los Llanos

Patrona de la ciudad y la Diócesis de Albacete

Santa Iglesia Catedral de Albacete Sábado, 8 de septiembre de 2014 

Queridos hermanos todos:

Ayer tarde, con la cabalgata que cerraba la Virgen de los Llanos y la apertura del recinto ferial, comenzaba la Feria. Un pueblo en fiesta es siempre una realidad bella.

En las fiestas el pueblo se junta, se allanan las diferencias, se abren las puerta de las casas y de los corazones. En la fiesta vemos correr la alegría por las calles. Pero la fiesta es especialmente bella y hermosa cuando se hace en torno a la Santísima Virgen. En presencia de la madre, los hijos nos reconocemos como hermanos. La Virgen, como buena Madre, siempre hace familia y hace pueblo.

La Virgen de los Llanos está en los orígenes de la Feria de Albacete. Las cosas son así. Yo os aseguro que Ella no es un obstáculo a la fiesta, a lo mejor de la fiesta, sino que la potencia. Fue elegida por Dios para traer a este mundo la fiesta más honda y verdadera: la fiesta de la salvación. Por eso la llamamos “causa de nuestra alegría”. En María hallaron cumplimiento la espera y la esperanza de los pobres de Israel, como Ella proclamó por las montañas de Judea con el canto del Magnificat, alumbrando una esperanza nueva, porque “su misericordia llega a sus files de generación en generación”

Esa misericordia también nos ha alcanzado a cada uno de nosotros gracias a María y gracias a la Iglesia. También nosotros somos fruto de una tradición de fe. Decía el Papa Francisco a un grupo de jóvenes: “Un cristiano no es una isla. La fe la recibo de otros, en una familia, en una comunidad que me enseña a decir “creemos”. No nos convertimos en cristianos en un laboratorio, no nos convertimos en cristianos solos o con nuestras fuerzas, la fe es un regalo, es un don de Dios que nos viene dado en la Iglesia y a través de la Iglesia.

Les recuerda el Papa a los jóvenes la inscripción latina que existe en el baptisterio de San Juan de Letrán, la catedral del Papa, y que dice así: ‘Aquí nace un pueblo de estirpe divina, generado por el Espíritu Santo que fecunda esta agua; la Madre Iglesia da a luz a sus hijos en estas aguas” Y sigue diciendo al Papa: “Es bello ¿verdad? Esto nos ayuda a entender algo importante: nuestro formar parte de la Iglesia no es un hecho exterior,

formal, no es rellenar un formulario que nos dan! Es un acto interior y vital; no se pertenece a la Iglesia como se pertenece a una sociedad o a una organización cualquiera. El vínculo es vital, como el que se tiene con la propia madre, porque “la Iglesia es realmente la madre de los cristianos” (De moribus Ecclesiae, I,30,62-63)

Invitaba el Papa a preguntarse: “¿Cómo está mi relación con estas dos Madres que tengo?: con la Madre Iglesia y con la madre María”… Un cristiano sin la Virgen está huérfano. También un cristiano sin Iglesia es un huérfano. Un cristiano necesita de estas dos madres: La Iglesia y la Madre de Dios”. ¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia madre, sabiendo comprender también sus defectos? Todas las madres tienen defectos, todos los tenemos. Pero cuando se habla de los defectos de nuestra madre, nosotros la amamos así… La Iglesia también tiene sus defectos. ¿La amo así, como a la mamá? ¿La ayudamos a ser cada día más bella, más auténtica, más según el Señor?

He dicho muchas veces que no se puede ser buen hijo de la Iglesia si no se es buen hijo de María, pero es igualmente verdad que no se es buen hijo de María si no se es un buen hijo de la Iglesia. Gracias a la madre María y gracias a la madre Iglesia sigue llegando también a nosotros, degeneración en generación, la misericordia del Señor.

No sé si es una pequeña parábola o fue un hecho real: Aquel muchacho que al ir creciendo y echándose amigos empezó a sentir vergüenza de su madre porque tenía desfigurado el rostro. No quería que sus amigos fueran a su casa o conocieran a su madre, tan poco agraciada. La madre, consciente de lo que pasaba, le contó a su hijo lo siguiente: Un día, cuando eras pequeño y yo te tenía en brazos mientras cocinaba, diste un puntapié a la sartén. Yo me interpuse para que no te abrasara el aceite. Desde entonces me acompaña este rostro quemado y desfigurado.

Cuando en algunos crece la desafección eclesial será bueno recordar que la Iglesia somos nosotros (papa, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos) y lo que nosotros ponemos. Nosotros solemos poner nuestros pecados. Pero la Iglesia es mucho más que eso: es Jesucristo, presente en su palabra y en sus sacramentos, es su Espíritu, es la gracia, es el evangelio, es María y son todos aquellos cristianos, los santos de ayer y de hoy, que reescribieron y reescriben en con su vida el Evangelio y viven haciendo de su existencia un canto ininterrumpido de amor gratuito, de entrega y servicio a los demás.

A veces crece la desafección porque muchos quisieran que la Iglesia danzara al son de la cultura imperante. ¿De verdad creemos que la Iglesia serviría de esta manera mejor al mundo? Servirá mejor, estad seguros, en la medida en que esté más enraizada en el evangelio, en la medida en que se parezca más a María, nuestra otra Madre de los Llanos a la que veneramos en esta Catedral, casi como el corazón mismo de nuestra Iglesia. A Ella podremos venerar en estos días de la Feria en la capilla del recinto ferial.

Comparemos la firmeza y la fidelidad de la vida de nuestra Madre con los vaivenes, las indecisiones y la fragilidad de las opciones que hoy dominan en nuestro ambiente y nuestra cultura. Vivimos en la cultura de la inestabilidad, de la debilidad e inconsistencia de los criterios y los afectos, del usar y tirar, del decidir y olvidar. Faltan referencias que muestren caminos consistentes de futuro, certezas grandes y firmes, dignas de proporcionar sentido y significado a la vida.

Queremos alegrarnos con todos los que se alegran, y quisiéramos curar las heridas de todos los que sufren. Nos alegra que alumbren signos positivos de recuperación económica. Pero nos preocupa la realidad del paro de muchos hombres y mujeres, de

tantos jóvenes que no encuentran trabajo y que, cuando lo consiguen, fijo o temporal, no corresponde en muchas ocasiones a la preparación académica o profesional que se ha adquirido. Hay familias que no podrán hacer fiesta en la Feria. No olvidemos a estos hermanos y recordemos que en las fiestas del Pueblo de Dios, en el A.T., siempre había una ración especial para el que no podía trabajar y también para el emigrante y el pobre.

Pero no sería bueno que la crisis económica ocultara esa otra crisis de la que se hacen eco tantos analistas y pensadores: la crisis de valores, que está en el fondo de la crisis económica.

¿Alguna manifestación de esta crisis? Ahí está la corrupción como pan amargo con el que tenemos que desayunar tantos días al repasar la prensa. Por el dinero, convertido en el dios de este mundo, se miente, se roba, hasta se mata. Ahí está la falta de respeto a las vidas más débiles o la banalización del amor y la sexualidad, pensados y asumidos en categorías puramente emocionales, y por consiguiente con etiquetas de caducidad. En las nuevas generaciones casi se ha perdido el concepto de matrimonio, y no se considera como algo firme y estable. Son criterios con los que van creciendo e incorporándose a la vida social los jóvenes de hoy. A muchos nos preocupa que se dilapide de una manera tan superficial lo que ha constituido siempre el mejor o uno de los más importantes patrimonios de la humanidad: la familia.

Queridos hermanos y amigos: Nuestra Madre María es la creyente que ha asentado su vida sobre el cimiento de la fidelidad de Dios, y por ello ha encontrado en Cristo, su Hijo, la firmeza de una vida que canta con alegría las grandezas de Dios. Merece la pena vivir arraigados en Cristo, y mantenerse firmes en su Palabra que da Vida.

Miremos hoy a Nuestra Señora de los Llanos, la mujer del “fiat”, del sí incondicional a Dios, la mujer del “haced lo que Él os diga” cuando, invitada a una boda, advierte que faltan los ingredientes de la alegría y de la fiesta. Y cuando todas las noches se juntan porque su Hijo muere en la cruz, permanece de pie junto a su Hijo muerto, aceptando en silencio la noche y abriéndose a la esperanza de la nueva maternidad que su propio Hijo le anuncia: “¡Ahí tienes a tu hijo!”. Y permanecerá junto a sus hijos siempre, en oración suplicante, como memoria y referencia viva de Jesús, como fuente de esperanza y fuerza para todos. Nuestra Patrona, la Virgen de los Llanos, interceda por nosotros, para que Jesús su Hijo nos bendiga con su amor y nos llene de amor mutuo, y avive en nosotros el sentido de pertenencia eclesial.

No puedo terminar esta homilía sin hacer referencia a la invitación a orar por la paz, como nos ha pedido el Papa Francisco, y con una referencia a la situación insostenible de tantos hermanos nuestro que están sufriendo, especialmente a nuestros hermanos cristianos en Irak.

Nos comentaba un sacerdote iraki, que ha tenido una cercana relación con nosotros: “estamos aquí en una tienda que hemos hecho para acoger a los muchos enfermos, pero el resto, miles y miles están ahí fuera, bajo un calor de más de cuarenta grados sin sombra y con escasez de agua, necesitando de todo o esperando morir si no les llega nuestra ayuda”.

Queridos hermanos, ojalá pongamos todos los medios para solucionar estos graves problemas a los que se enfrentan nuestros hermanos.

Hemos tenido que ver en la televisión las escenas horribles del degollamiento de un periodista norteamericano para que la sociedad empiece a despertarse, pero ya, desde hace tiempo, muchos cristianos habían experimentado esta misma situación incluso habían sido enterrados vivos.

Oremos a la Santísima Virgen que ostenta el título de Reina de la Paz, por esta realidad y para que la veamos prontamente solucionada. Amén.

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