ciriaco benavente
Iglesia en España

Homilía del obispo de Albacete 31 Domingo T.O, C (3-11-2013)

Comentario homilético 31 Domingo Tiempo Ordinario C (3-11-2013), por el obispo de Albacete, Ciriaco Benavente Mateos: Una mirada creadora y reveladora

 

El hombre es un eterno buscador de la felicidad, pero en el camino tropieza con el fracaso, el dolor, el desierto, el cansancio, las lágrimas, la frustración en definitiva. Mientras llega esa felicidad nunca lograda, tratamos de fabricar pequeños paraísos que, a veces, el tiempo se encarga de desbaratar como castillos de arena. Los fabricamos con el dinero, el prestigio, el poder, el alcohol, la droga, la efímera aventura amorosa, o con los roles sociales que asume.

 

Hay personas, enanas espirituales, a quienes encumbramos en la higuera artificial de la fama con la ayuda de los medios de comunicación. Y hay otras a quienes hemos juzgado y condenado; han caído tan bajo que hasta han dejado de creer en sí mismas. Pero aunque sea tan grande y abrumador el peso de sus miserias, aunque su pasado sea tan negro como una noche oscura, existe Alguien que, a pesar de todo, cree y espera obstinadamente en el hombre. Lo vemos en el episodio de Zaqueo, en Jericó.

 

Zaqueo era jefe de publicanos y rico. Los publicanos eran los recaudadores de impuestos al servicio de los romanos, el poder colonizador. Eran, por eso, mal vistos entre los judíos, con una mala fama ganada a pulso. Zaqueo ha oído hablar de Jesús: dicen que es “amigo de publicanos y pecadores”. Quizá le ha llegado la noticia de la curación del ciego que pedía limosna al borde del camino, en las afueras de Jericó.

 

Ver a alguien sin ser visto es posible; pero no es posible intentar ver a Jesús sin ser visto por Él. Zaqueo, con su historia, probablemente no pretendiera encontrase con Jesús, sólo verle, matar la curiosidad. Pero la suya no parece una curiosidad frívola, de cotilleo o de prensa amarilla. ¿Se sentía infeliz, necesitado, pequeño? ¿Andaba ya tocado por la gracia? Como era de baja estatura, ahí le tenemos, comportándose como muchacho travieso, encaramándose en una higuera.

 

Trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío”. La búsqueda de Jesús no es fácil. Pienso especialmente en los jóvenes, tan condicionados por la pandilla… Se lo he oído muchas veces a ellos: Basta una leve ironía de los compañeros o el comentario despectivo de un profesor para zancadillear sus propósitos. Hay que hacer un esfuerzo y auparse por encima del peso de la masa, superar respetos humanos… Eso hizo Zaqueo para ver a Jesús. Y va a ser una mirada la que le salve. “Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”.

 

La mirada de Jesús es bien distinta de la de la gente, que sólo veía en Zaqueo al odioso y ávido recaudador de impuestos, al ladrón. Por eso, “murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”.

 

La mirada de Jesús no se queda en la corteza, rompe y penetra en la hondura. Y allí, en esa zona misteriosa donde los curiosos y los malévolos no han sabido nunca explorar, Jesús encuentra posibilidades inéditas que pueden venir a la luz. La mirada de Cristo es creadora: capaz de acabar con lo viejo y crear algo nuevo. Es reveladora, capaz de mostrar al hombre mismo sus posibilidades. Tener fe significa creer en Alguien que cree en nosotros, que nos invita a apearnos del árbol de nuestros prejuicios, de nuestros remordimientos y de nuestros miedos; creer en Alguien que nos llama por nuestro nombre, no para reprocharnos nuestros yerros, sino para despertar nuestras posibilidades hasta entonces intactas.

 

La mirada de Jesús cambió el corazón de Zaqueo, porque creyó en él. Es ahora un hombre nuevo, con ojos nuevos, porque la mirada de Jesús cambia también nuestra mirada. Y Zaqueo descubre de improviso a los otros, precisamente en el momento en que están lanzando contra su puerta las piedra de la murmuración. Ve a los otros como hermanos y empieza a conjugar el verbo compartir: “Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”. Fue éste un gesto tan bonito que Jesús mismo proclamó que ese día había llegado la salvación a aquella casa.

 

Sería bueno dejarnos mirar por Jesús, concretar una cita con él, aunque tuviéramos que apearnos de autosuficiencias y orgullos. Puede ser en la intimidad de la familia, en el lugar de trabajo, en el campo, en el silencio de una iglesia, ante el confesionario…

               

Imagino a la mañana siguiente al Zaqueo, hasta ayer rico e infeliz, instalado en su artificial paraíso de opresión y rapiña, hoy despegado, solidario, sencillo, desnudo ante la intemperie lacerante de la verdad, pero inmensamente libre y feliz.

 

                                                                                                              + Ciriaco Benavente Mateos                                                                                                                                             Obispo de Albacete

 

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