Carta del Obispo Iglesia en España Nacional

Homilía del cardenal Osoro en la ordenación de los tres nuevos obispos auxiliares de Madrid

mons.-osoro

Homilía del cardenal Osoro en la ordenación de los tres nuevos obispos auxiliares de Madrid

El cardenal Osoro ha conferido este sábado, 17 de febrero de 2018, a partir de las 12 horas, la ordenación episcopal a los nuevos obispos auxiliares de la diócesis, monseñor José Cobo, monseñor Santos Montoya y monseñor Jesús Vidal. Esta es la homilía de la misa correspondiente:

Queridos hermanos: Comienzo dando gracias a Dios porque es verdad lo que hace un momento todos contábamos: «El Señor es mi pastor nada me falta […] tu bondad y misericordia me acompañan». Después de tres largos años aquí en Madrid como vuestro pastor, el Señor me hace el regalo de poder vivir mi ministerio ampliado; me concede tres obispos auxiliares que, unidos al actual obispo auxiliar Juan Antonio, harán posible que mi ministerio se haga más presente en nuestra archidiócesis de Madrid.

Gracias al Santo Padre, el Papa Francisco, que me ha regalado estos tres nuevos obispos auxiliares para dar noticia de Jesucristo y entregar completo el mensaje del Evangelio, con mayor presencia del pastor en medio de su pueblo. Estoy convencido de que es para vivir con ellos aquí, entre vosotros, estas realidades: caminar, edificar y confesar.

Caminar: hay que hacer el camino. Caminar diciendo a todos los hombres que viven en Madrid lo que hace un instante escuchábamos en el libro del Deuteronomio: «escuchad», escucha Iglesia, escuchad todos los hombres, «Él es nuestro Dios», «amad al Señor con todo el corazón, alma y fuerzas». Caminar, ya que cuando nos paralizamos algo no funciona. Caminar siempre en presencia del Señor, a su luz, viviendo con aquella honradez que pide el Señor siempre a sus discípulos. Y no solamente me da la ayuda para hacer el camino, sino también para edificar la Iglesia: edificar y confesar.

Edificar: edificar la esposa de Cristo, edificar la Iglesia sobre la piedra angular que es el mismo Señor. Qué bien se acogen en nuestro corazón esas palabras que hemos escuchado del apóstol San Pablo a Timoteo: «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, exhorta con magnanimidad y doctrina», «tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio».

Confesar: queridos José, Santos y Jesús y queridos hermanos todos, podemos caminar mucho, podemos edificar muchas cosas, pero os digo con verdad y de corazón que, si no confesamos a Jesucristo, algo no está funcionando. Terminaremos siendo otra cosa, pero no la Iglesia. Podemos caminar pero sin meta. Podemos construir pero sobre arena… Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad. Nosotros hemos de cumplir la tarea no apartando nunca el oído, la vista y el corazón de quien es el Camino, la Verdad y la Vida.

En el Evangelio que hemos proclamado, he de confesaros que siempre me ha conmovido el diálogo con el que termina la conversación entre Jesús y Pedro: «Sígueme». Y por eso quiero deciros, en el día de vuestra ordenación como obispos y sucesores de los apóstoles, que aquí, en ese «sígueme», está lo más importante para nosotros. Mirad, el pueblo fiel nos mira, nos miran todos, el pueblo nos mira. Y si queremos decir algo a los hombres ha de ser captado en la singularidad de nuestra vida cotidiana. Por ello, se hace necesario para nuestra misión conocer al Señor, permanecer en Él y, al mismo tiempo, pasear por nuestras comunidades cristianas, conocer los rostros, sus necesidades, sus potencialidades. Por eso el Señor se acerca con un inmenso cariño a nuestra vida y nos habla de tres tareas que, como obispos, hemos de realizar en nuestra vida y ministerio. Ya se lo dijo a los apóstoles y nos lo recuerda hoy a nosotros:

  1. Hemos de ser pastores de la Iglesia que es comunidad del Resucitado: mirad la reacción de Pedro y el cambio de su vida cuando se encuentra con el Resucitado. Desde el momento en que le dice Juan que «es el Señor», la entrega, la valentía, la audacia de Pedro es contagiosa para todos los discípulos. «Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca». Porque se han dado cuenta de que el Maestro, el que murió en la Cruz, ha resucitado y todos ellos lo han visto. Todos quedaron mudos, pero todos sabían que era el Señor. Tengamos y vivamos desde la alegría, la fuerza y la convicción que da el Resucitado. No caigamos en la tibieza que termina siempre en la mediocridad. Sin la oración asidua, el pastor está expuesto a ese peligro de avergonzarse del Evangelio y buscar otras fuerzas para sostener su vida. No podemos ilusionarnos solo con nuestras fuerzas, con la abundancia de recursos o de estructuras, con estrategias organizativas. Hay que ilusionar la vida en el encuentro con el Resucitado. Sin este encuentro, vendrá la tristeza que apaga toda creatividad y que nubla toda expectativa. Vendrá la insatisfacción que genera incapacidad para entrar en la vida de nuestras gentes y de mirarlas y comprenderlas a la luz de la Pascua.
  2. Hemos de ser pastores de una Iglesia que es cuerpo de Cristo: hemos de sentir la gracia inmensa de ser hijos de la Iglesia. Es verdad, somos pastores, pero nos sentimos hijos de la Iglesia, una Madre que nos ha regalado lo mejor que poseemos: la misma vida de Cristo, que nos hizo crecer en su regazo dándonos a conocer más y más al Señor. Saber dar gracias a Dios por habernos llamado a la pertenencia eclesial es esencial. No caigamos en la tentación de ver solamente sus fracasos, defectos o fallos. La pregunta es clara, nos la hace el Señor como se la hizo a Pedro: «¿Me amas más que estos?». No es una pregunta para crear rivalidad entre los discípulos, es una pregunta para alcanzar lo más profundo de nuestro corazón. Aquel corazón de Pedro avergonzado en la noche de la Pasión, que niega conocer al Señor, pasa por ese amanecer en el que Jesús le pregunta ya resucitado: «¿Me amas más que estos?». Esa misma pregunta nos hace a nosotros hoy el Señor.

He de recordar al beato Pablo VI cuando propuso a la Conferencia Episcopal Italiana como cuestión vital para la Iglesia el servicio a la unidad, que en definitiva eso es ser cuerpo de Cristo. Decía así a los obispos: «Ha llegado el momento (¿y deberemos nosotros dolernos de esto?) de darnos a nosotros mismos y de imprimir a la vida eclesiástica un fuerte y renovado espíritu de unidad». Somos cuerpo de Cristo, nada justifica la división; mejor ceder, mejor renunciar, mejor cargar la prueba de la injusticia, antes que lacerar y escandalizar al pueblo de Dios con la división. Huyamos de la tentación de las habladurías, de gestionar el tiempo para nosotros; el tiempo, mi tiempo, es para la comunidad. Huyamos de medias verdades que siempre se convierten en mentiras, de las letanías de los lamentos, de la dureza de quienes juzgan sin implicarse, de los celos, de la ceguera, de la ambición… Que cuando terminemos nuestro ministerio seamos más pobres que cuando lo comenzamos. Que dimos la vida y damos lo que tenemos y somos.

El Señor nos dice como a Pedro: «Apacienta mis corderos». Y nos sigue insistiendo: «¿Me amas?». Y ojalá la respuesta que sale de lo profundo de nuestro corazón sea la misma que la de Pedro: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». ¡Qué hondura alcanza la experiencia eclesial cuando emana de la Eucaristía! Su fuerza engendra en nuestra vida fraternidad y capacidad de acoger, perdonar, caminar juntos, cuidar, apacentar, conservar la paz en medio de las dificultades de la vida. Nos hace acoger la misma tarea que encomendó a Pedro: «Pastorea mis ovejas».

  1. Seamos pastores de la Iglesia anticipación y promesa del Reino: ¿qué le pasó a Pedro que se entristeció ante la pregunta que por tercera vez le hizo el Señor? La pregunta fue directa y clara: «¿Me quieres?». A Pedro le vino a la memoria aquella respuesta que dio a la mujer que lo descubrió como uno de sus discípulos: «No le conozco». Ahora responde con prontitud: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Con nuestras vidas muchas veces obstaculizamos el crecimiento del Reino, de ese proyecto de Dios sobre la familia humana. ¡Qué belleza más grande alcanza la Iglesia continuamente convertida por el Reino que anuncia y del cual ella es anticipo y promesa! Servir al Reino comporta vivir descentrados respecto a nosotros mismos, abiertos plenamente al encuentro, que es el camino para volver a encontrar aquello que somos: anunciadores de la verdad de Cristo y de su misericordia. Nunca tengamos la tentación de separar verdad y misericordia, nos ha dicho el Papa Francisco. Y nos lo dijo Benedicto XVI: «La caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Caritas in veritate, 1). Con estas palabras Jesús le dice lo mismo a Pedro y nos dice hoy a nosotros: «Apacienta mis ovejas»; hagámoslo con sencillez en el estilo de vida, con desprendimiento, con misericordia… Que nada se interponga entre nosotros y los demás, libres para ser cercanos a la gente, para acompañarlos caldeando su corazón y provocando que vuelvan al camino que restituye la dignidad, la esperanza y la fecundidad.

Queridos José, Santos, Jesús y Juan Antonio: emprendemos un camino en el que el ministerio que el Señor me ha dado a mí como obispo de esta Iglesia se amplía con vosotros como obispos y con vuestra ayuda en la misión. A todos los que nos acompañáis en este día de gracia para nuestra Iglesia diocesana, os animo a que ahora, en la ordenación y junto a Jesucristo presente realmente en el misterio de la Eucaristía, pidáis al Señor por quienes reciben la gracia del ministerio episcopal y también para que todos los obispos escuchen siempre a Jesucristo, que nos sigue diciendo: «¿Me amas más que estos?», ¿me amas?, ¿me quieres? Pedid que la respuesta sea siempre: «Tú sabes que te quiero». Y que sepan y sepamos escuchar que lo decisivo de su vida está en esa llamada del Señor: «Sígueme», y en esa tarea que el Señor les encomienda: «Apacienta mis ovejas». Amén.

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