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Homilía del cardenal Blázquez, arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE en la ordenación de José María Gil Tamayo, nuevo obispo de Ávila

Homilía del cardenal Blázquez, arzobispo de Valladolid y presidente de la CEE en la ordenación de José María Gil Tamayo, nuevo obispo de Ávila

Catedral de Ávila, sábado 15 de diciembre de 2018-12-14

Homilía en la ordenación del Obispo de Ávila

1) Ayer celebramos la memoria litúrgica de San Juan de la Cruz, nacido el año 1542 en Fontiveros (Ávila) y muerto en Úbeda (Jaén) en 1591. San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús se conocieron en Medina del Campo; entró en la reforma del Carmelo promovida por Santa Teresa. Ávila y Santa Teresa están tan íntimamente unidas que el nombre de la Santa infiere el de la ciudad de Ávila y el nombre de Ávila es inseparable de Santa Teresa de Jesús. Algo por el estilo ocurre entre Asís y San Francisco de Asís.

Comienzas el ministerio episcopal, amigo José María, a la sombra bendita de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa de Jesús y de San Pedro de Alcántara, que unen Extremadura y Ávila. En Arenas de San Pedro se custodian los restos sagrados de San Pedro de Alcántara. Ambos, Sta. Teresa y San Pedro de Alcántara, como fundadores o reformadores, están representados en sendas hornacinas al inicio de la nave central de la basílica de San Pedro en Roma, que conduce hasta la tumba del Apóstol. Son los dos espejos luminosos de la fe cristiana, que junto a la tumba de San Pedro profesamos con gratitud y llamada a la fidelidad.

Ávila es conocida como “tierra de cantos y de santos”. Los santos continúan protegiéndonos con su intercesión, con su ejemplo y escritos; y los cantos de granito simbolizan el temple y la resistencia de los abulenses. La Provincia está actualmente muy despoblada y envejecida pero no ha perdido nobleza; sus gentes son sobrias y leales, largas en obras grandes y cortas en contarlas. Es honda y rica su memoria. Aquí se aúnan lo que un himno de la fiesta de San José canta: “Di tú cómo se junta / ser santo y carpintero, / la gloria y el madero, / la gracia y el afán, / tener propicio a Dios y escaso el pan”. Ya se percibe en mis palabras que el amor a la tierra y al pueblo no se puede disimular.

El Papa, que nombra y distribuye los obispos en la Iglesia, hace año y medio (24 de junio de 2017) envió como obispo de Plasencia en Extremadura a un presbítero abulense; y hoy recobra Ávila a cambio un presbítero extremeño como su Obispo. Mons. José Luis Retana y Mons. José María Gil Tamayo no son un intercambio de personas sino hermanos en la comunión de las Iglesias. Si la trashumancia desde hace siglos ha unido la sierra de Ávila con las tierras de Extremadura, actualmente recorren caminos de ida y vuelta dos hermanos en el ministerio episcopal.

2) La celebración de la ordenación de obispo dentro de la Eucaristía, en que estamos participando como asamblea en el Señor, muestra con los ritos, las oraciones y los gestos en qué consiste el sacramento del episcopado y el sentido del ministerio del obispo. Cada detalle del Ritual posee su elocuencia. Hoy, en esta solemne fiesta de la fe, la “lex credendi” se expresa en la “lex orandi” y ambas impulsan a la “lex vivendi”. La ordenación del obispo diocesano en la catedral, iglesia madre de la diócesis, es la celebración litúrgica por excelencia, donde participan gozosamente la Iglesia diocesana y otros muchos hermanos del pueblo de Dios.

La Diócesis recibe a su Obispo, a quien los hermanos en el episcopado en comunión entre sí y con el Obispo de Roma, el Papa Francisco, consagran para este ministerio fundamental en la construcción de la Iglesia; y el nuevo Obispo comienza a actuar en nombre de Jesucristo Maestro, Sumo Sacerdote y Pastor, que cuida y apacienta a sus Iglesias. No se reduce esta celebración, tan rica y tan bella, a la inauguración solemne de un oficio público relevante ni al cumplimiento preceptivo de unos documentos oficiales. El Espíritu Santo por la imposición de las manos de los Obispos concelebrantes y la plegaria de ordenación unge sacramentalmente a nuestro querido hermano José María, hasta ahora colaborador eficaz y fiel en la Conferencia Episcopal Española. Desde hoy la Iglesia de Ávila es tu Iglesia como porción de la Iglesia universal; y nosotros somos hermanos en el ministerio episcopal y en la sucesión apostólica. El abrazo de paz que nos daremos en la celebración es un signo de nuestra acogida y de tu incorporación al encargo que hemos recibido del Señor por medio de los Apóstoles.

Entre el Obispo y su Diócesis hay una red de relaciones básicas que van afianzándose en el dinamismo de la vida. Están unidos por la “sinodalidad”, que significa hacer camino juntos laicos, pastores y obispo; cada uno a la escucha de los demás y todos a la escucha del Espiritu Santo (Jn. 14, 17; 1 Jn. 2, 20-27; Lumen gentium12). El Obispo está puesto por el Señor al frente de su Diócesis, con la “autoridad del servicio, según ha escrito el Papa Francisco. Obispo y Diócesis están vinculados por una mutua pertenencia. Tu Diócesis actual es Ávila, aunque Mérida-Badajoz sea tu Diócesis de origen. Las tres relaciones, contenidas en las preposiciones “con”, “para” y “de”, definen esa estrecha vinculación. Obispo y fieles están unidos por la fraternidad, por la entrega servicial y por la apertura recíproca en el camino de la historia. El obispo no se pertenece a sí mismo; elegido por Dios es de todos, con todos y para todos.

Tú, querido amigo José María, en virtud de la ordenación perteneces como Obispo a la Diócesis abulense; los vínculos de unidad entre Obispo y Diócesis se enlazan sacramentalmente esta mañana. Uno de los presbíteros asistentes va a pedir, en nombre de la Iglesia, al Obispo ordenante principal que te ordene Obispo de la Iglesia de Ávila; no eres ordenado en general sino en concreto para esta Iglesia particular. Una vez ordenado el elegido, quien preside hasta entonces la celebración invita al nuevo Obispo a que tome posesión de la sede episcopal, de la cátedra, que es símbolo de la autoridad magisterial, para garantizar la autenticidad del Evangelio de nuestro Señor, en medio de la Diócesis que le ha sido confiada por el Papa como Pastor de la Iglesia universal. El aplauso de la asamblea rubrica la acogida del Obispo por parte de la Diócesis, bendiciendo a Dios por el regalo que termina de recibir. El recién ordenado pasa a presidir la celebración de la Eucaristía en su catedral e Iglesia. En adelante pedirán los fieles a Dios por el obispo pronunciando su nombre en las intercesiones de la plegaria eucarística. El Obispo toma posesión de la Diócesis y la Diócesis toma posesión del Obispo; la toma de posesión no significa apropiación sino don de Dios que se ofrecen recíprocamente en la mutua pertenencia eclesial. El saludo de algunos fieles de la Diócesis al nuevo Obispo expresa la bienvenida cordial en nombre de todos.

3) El lema episcopal del nuevo Obispo está tomado del pasaje evangélico que ha sido proclamado: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt. 20, 28). Así definió Jesús su vida, su misión y su muerte. ¡Qué vuelco en las relaciones entre autoridad y ciudadanos! Si las relaciones entre jefes y súbditos se caracterizan por el dominio y el sometimiento, “no será así entre vosotros” (v. 26). Deben ser las relaciones no mundanas sino evangélicas; el primero será como el último y el que preside será el servidor de todos. El Señor, que se hizo como un esclavo lavando los pies a los discípulos (cf. Jn. 13, 12-16), nos dio una lección sorprendente y original; podemos decir con el Papa que Jesucristo introdujo la “revolución” del servicio. Es un test de autenticidad si los llamados por el Señor a presidir la Iglesia no convierten nunca la “autoridad del servicio” en poder despótico. El autoritarismo contraría el sentido del ministerio otorgado por el Señor, y rompe la fraternidad que es en cuanto tal la misma Iglesia. Sólo con la luz del Espíritu del Señor se comprende la sabiduría que impregna las palabras y la forma de vivir de Jesús. Hemos escuchado en el Evangelio como una madre con sus hijos, igual que los otros diez discípulos que se indignaron contra los dos hijos de Zebedeo, aspiraban competitivamente a los puestos de honor y de dominio. En la escuela de Jesús, que no tenía donde reclinar la cabeza (Lc.9,58), deseaban hacer “carrera”.

Pero Jesús con su enseñanza y con su vida nos abrió un camino nuevo e insospechado: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc. 22, 27). Siguiendo a Jesús, los ministros enviados por El deben servir con amor humilde y sacrificado. El señorío cristiano consiste en ser compasivos y ejercer la misericordia; en acercarse como buenos samaritanos a los marginados e indefensos, a los pobres y enfermos, a los oprimidos y heridos por el peso de la vida.

La palabra “obispo” significa vigilante y guardián, no espía y controlador; es el que custodia diligentemente y acompaña con atención vigilante. Es como el buen pastor que cuida, apacienta y defiende a su rebaño. En las persecuciones se pone al frente dando la cara por el Señor y protegiendo a su grey. El buen pastor ante los peligros no huye, abandonando las ovejas a su suerte sino arriesga la propia vida. El buen pastor movido por la solicitud pastoral sale a buscar a la oveja perdida (cf. Jn. 10, 11-16; Lc. 15, 4-7). Ser Iglesia y ministros “en salida” misionera nos lleva a buscar a los alejados y acercarnos, como Jesús en el camino de Emaús, a los discípulos que defraudados bajan a su pueblo con aire entristecido, distanciándose de la comunidad. El relato precioso de la aparición de Jesús a los dos discípulos camino de Emaús es un texto “icónico” de nuestro acercamiento a los jóvenes, como nos ha enseñado la Asamblea del Sínodo de los Obispos celebrada en Roma durante el mes de octubre.

La originalidad del Evangelio, en palabras y obras, nos sorprende incesantemente en la lectura del Nuevo Testamento. Era inimaginable que el Hijo del hombre viniera de parte de Dios para servirnos entregando la vida; es llamativo éticamente que Jesús nos enseñe el amor a los enemigos (cf. L. 6, 27-35); no es naturalmente comprensible que el Hijo de Dios renunciara a su propia dignidad y se hiciera obediente hasta la muerte de cruz (cf. Fil. 2, 5-8; cfr. 2 Cor. 8, 9). Jesús se identifica con toda persona indigente, a quien atendemos o negamos la ayuda necesaria (cf. Mt. 25, 31 ss.). “No está aquí, ha resucitado”, es el anuncio inesperado después de la crucifixión (Mt. 28, 6). “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Primogénito, para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn. 3, 17). Jesús “siendo Hijo, aprendió sufriendo a obedecer” (Heb. 5, 8). Las palabras citadas muestran que el Evangelio desborda ilimitadamente la capacidad comprensiva del hombre. Solo con la iluminación del Espíritu Santo podemos recibir la revelación de Dios en Jesucristo.

El ministro de la Iglesia no actúa sólo con competencia, laboriosidad y dedicación, cumpliendo correctamente su profesión en favor de los ciudadanos y fieles cristianos; el espejo de su ministerio es Jesús, Pastor de pastores (cf.1Pe.5,4); como enviado del Padre y obedeciendo siempre al Padre, ejerció su misión entregando la vida en servicio de los demás.

4) Permíteme, amigo y hermano José María, que te recuerde una tarea fundamental de todo obispo. Te pido que cuides y acompañes cordialmente a los presbíteros en sus gozos y en su cruz. Son los colaboradores necesarios, que el Señor te otorga. La situación actual de la Iglesia en nuestras latitudes requiere especialmente que seas para ellos padre, hermano y amigo. Frente a la intemperie inhóspita, que nos envuelve con frecuencia, deben crear ámbitos acogedores tanto el afecto de los fieles como la fraternidad del presbiterio y el cuidado del obispo. La comunión eclesial se traduce también en concordia amigable y paciente, gozosa y alentadora. La convivencia fraternal es un inestimable descanso (cf. Mc. 6, 31).

Querido José María, recordamos la exhortación de Pablo dirigida a Timoteo, y también a nosotros: “Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios” (2Tim. 1, 8). De este Evangelio has sido constituido heraldo, apóstol y maestro. El Señor te ha llamado porque se ha fiado de ti y tú sabes a quién te has confiado (cf. 1 Tim. 1, 12 y 2Tim.1,12).

¡Bienvenido al Colegio Episcopal y a la Conferencia Episcopal Española que ya conoces de cerca! Formas parte de esta fraternidad al servicio del Señor, de la Iglesia y de la humanidad.

Recibes la ordenación episcopal en el tiempo litúrgico del Adviento, caracterizado por la esperanza. ¡Que la Virgen Madre te muestre todos los días a Jesús el fruto bendito de su vientre! “¡Santa María de la esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera!”.

Ávila, 15 de diciembre de 2018

+ Cardenal Ricardo Blázquez Pérez

Arzobispo Metropolitano de Valladolid

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