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Homilía del arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez en la fiesta de San Pedro Regalado

Homilía del arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez en la fiesta de San Pedro Regalado

(13 de mayo de 2014)

A pocos metros de la casa natal de San Pedro Regalado; en el lugar en que fue bautizado y se conserva la pila bautismal; a una semana de la inauguración de la exposición de las Edades del Hombre en Aranda de Duero a pocos kilómetros de La Aguilera; donde murió  el año 1456 y se conserva su sepulcro, nos reunimos hoy, queridos hermanos, para celebrar la fiesta de nuestro patrono. Exaltamos hoy al humilde franciscano, siguiendo aquella palabra evangélica “ el que se humilla será enaltecido” (cf.Lc.18,14).

Hoy celebramos también la memoria litúrgica de Nuestra Señora la Bienaventurada Virgen María de Fátima. La visita de la Virgen a los pastorcillos subraya también la inclinación de Dios hacia los pobres y los que no cuentan a los ojos del mundo. A tres niños de familias pobres del pueblo de Aljustrel  la Virgen se apareció cuando cuidaban el puñado de ovejas de sus padres. Trasmitió la Madre del Señor a la humanidad un mensaje de oración por la conversión de los pecadores, es decir, por todos nosotros. Fátima se sitúa en la misma lógica evangélica que guió a San Pedro Regalado: Dios elige lo más débil del mundo y confunde a los poderosos (1 Cor.1,27),  Los misterios del Reino de Dios no son revelados a los sabios y entendidos sino a los pequeños y sencillos, (cf. Mt. 11, 25;  Fil.3, 7-12).

Predicó Regalado el Evangelio a lo largo de la cuenca media del Duero: Aranda, Fuentecén, Las Quintanillas, Tudela, Portillo, Matapozuelo, Laguna, El Abrojo, dejando por todas partes la estela luminosa de su bondad y su palabra. Este  apóstol incansable, que alimentaba su espíritu con prolongada oración , es reconocido como “el santo del Duero”. A él recurrimos esta mañana cuando nos empeñamos en una intensa evangelización para transmitir la fe cristiana a nuestro pueblo; y cuando sufrimos los reveses de una larga crisis ciertamente económica y laboral, pero también de humanidad y orientación ética.

Podemos distinguir tres grupos de personas a las que deseamos anunciar con palabras y obras el Evangelio. En primer lugar, todos nosotros necesitamos reavivar la fe en el Señor, ya que puede haber sufrido perturbaciones, enfriamientos y cansancios. Además, debemos iniciar cristianamente a las generaciones que van llegando; este objetivo es el que pretendemos con el Directorio Diocesano de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, que fue aprobado hace algunos meses y queremos poner en práctica desde el próximo curso pastoral. Y, por fin, deseamos que el Evangelio, como Buena Noticia de parte de Dios, llegue a quienes han marcado distancias en relación con la Iglesia y quizá en relación con la fe cristiana; sólo Dios que ve el corazón sabe hasta donde llega el alejamiento del hombre. Estamos convencidos de que reconocer a Dios en la vida es importantísimo para el hombre. Nos viene muy bien a todos creer en Él. La fe en Dios otorga sentido, serenidad y esperanza a la vida.

Recojo en esta oportunidad algunas frases del Papa Francisco: “El kerigma (el anuncio evangélico) tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros” ( Evangelii gaudium 177). “ De nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluídos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad” (186). “El corazón de Dios tiene un sitio preferente para los pobres, tanto que hasta El mismo “se hizo pobre” (2 Cor. 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres” (197).

Aunque la repetición de las mismas palabras y la referencia a los mismos problemas pueden fatigar, pero como la realidad tozudamente persiste, no podemos silenciarla. Si la esperanza, aunque sea tenue y lentamente va iluminado el futuro, el presente es aún duro y para muchas personas y familias muy duro.

La crisis actual, prolongada y honda, genera desempleo,  precariedad y marginación. Especialmente nos sentimos unidos a los parados de larga duración, y a los jóvenes que ven pasar los años de su vida sin acceder a un empleo, que dignifique su persona y despeje su futuro. Es fácil observar cómo los más débiles son los primeros que sucumben en la crisis y son los últimos que de ella se levantan. No nos desentendamos de los otros al pensar en nosotros mismos.

No podemos desconocer la complejidad de los problemas y de las respuestas adecuadas. Pero en este contexto socio-cultural y precisamente en la fiesta de San Pedro Regalado necesitamos reavivar algunas actitudes y comportamientos. Trabajemos todos unidos por el futuro que deseamos preparar sin acusaciones que desgastan, desaniman y no construyen. Ejercitemos la solidaridad particularmente con los más golpeados para sostener la esperanza en la superación de la crisis que tanto se anuncia y tanto tarda en llegar.

No olvidemos a los que emigran, saliendo dolorosamente del ámbito de su familia y de su país, y les cuesta lo indecible inmigrar, es decir, insertarse adecuadamente como ciudadanos en otro pueblo. Poder emigrar es un derecho, pero tener que emigrar es una imposición. ¡Recordemos que los españoles somos también un pueblo de emigrantes!.

En la crisis actual hemos redescubierto probablemente algunas realidades y actitudes que quizá habíamos preterido anteriormente. La familia fundada en el matrimonio y constituida por los padres y los hijos, ha sido y es baluarte muy eficaz en la crisis que ha dejado sin recursos a personas que nunca pensaron tener que retornar al hogar y llamar a puertas que sabían sólo de oídas que estaban abiertas. La crisis es una situación penosa y desesperante, pero probablemente hemos aprendido de ella que la sobriedad es humanizadora y que el despilfarro ha dañado seriamente a muchos, invitar a la avaricia es como azuzar una fiera.

Quiero pensar que la invocación de Dios ha surgido también desde el corazón en medio de la oscuridad. Santa Teresa de Jesús, cuyo quinto centenario del nacimiento celebraremos pronto, escribió con frase lapidaria y genial: “Sólo Dios basta” ( cf. Jn.14,8). El Hno. Rafael, monje de la Trapa de Dueñas (Palencia) donde murió y se custodian sus restos, repetía: “Sólo Dios, sólo Él” (Obras Completas 929). La avaricia, el desmedido afán de dinero, es una especie de idolatría (cf. Col.3,5; Ef.5,5), que esclaviza a quien cede a su dinamismo y obstaculiza la comunicación fraterna con los necesitados.

Los bienes de la tierra están destinados por su Creador a todos los hombres; la persona creada con amor por Dios hallará su descanso pleno y definitivo sólo en Dios; las cosas no pueden saciar la hondura de su corazón. La dignidad del hombre encuentra en la comunión con Dios y en la convivencia respetuosa con los demás su sentido.

Quiero pensar que la crisis más palpable en las personas y la sociedad nos haya abierto a la estima de realidades básicas, quizá recubiertas por los afanes diarios centrados tantas veces en el dinero, que “debe servir y no gobernar” (Evangelio gaudium 58), y en las comodidades que reporta. La familia, el reconocimiento de Dios, la convivencia solidaria y fraterna, la defensa de los más débiles; el respeto en el hablar sin insultar a otros; la fidelidad al compromiso asumido fortalecida en las pruebas; el diálogo  en lugar del enfrentamiento; la honradez que resiste a la tentación del fraude y la corrupción. El malestar de nuestra cultura no procede sólo de la inseguridad económica, sino también de otras causas que necesitamos descubrir y analizar. No tengamos miedo a apoyar la vida en sólidos fundamentos; defender estos fundamentos con razones no es fundamentalismo sino coherencia profunda.

La pobreza evangélica de San Pedro Regalado, aprendida en la escuela de San Francisco de Asís, liberó su corazón del egoísmo y del orgullo y le convirtió en hermano de todos, particularmente de los pobres y hambrientos; la misma creación, el cielo y la tierra, el día y la noche, los animales y las cosas, fueron para él como hogar y madre, hermanos y hermanas. Bendijo a Dios por el hermano sol, por la hermana luna, por la hermana madre tierra y hasta por la hermana muerte. Dios Creador de todo y Padre de los hombres ensanchó el corazón de San Pedro Regalado a las dimensiones de la humanidad y al amor universal. Vivió la vida presente a la luz de la eterna y su tesoro inagotable estaba en los cielos, y consiguientemente allí estaba también su corazón (cf. Lc. 12, 32-34).

Anunció por la ribera del Duero el perdón, la misericordia y el amor de Dios. Imitó nuestro patrono el proceder de Jesús que hizo brillar el Evangelio, la Buena Noticia de Dios, en la proximidad a los pobres, los pecadores, los enfermos, los indefensos, los desvalidos, los agobiados por el peso de la vida, los abandonados y excluidos. Su corazón habitado por el Dios de la bondad se derramó bondadosamente; habló amablemente de Dios que es Amor. Hizo de los distantes hermanos, porque Dios quiere ser el Padre de todos. Como discípulo de Jesús crucificado llevó en su cuerpo las marcas del Señor (cf. Gál. 6,17). Haciendo nuestra la dicha de nuestros antepasados, digamos también nosotros hoy: “ ¡ Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

Valladolid a 13 de mayo de 2014.

 

Mons. Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid.

 

 



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