Carta del Obispo Iglesia en España

Homili?a del arzobispo de Toledo en la Santa Misa en Rito Hispano-Moza?rabe

CORPUS CHRISTI 2017

Homili?a del arzobispo de Toledo en la Santa Misa en Rito Hispano-Moza?rabe, 15-6-2017

S. I. Catedral Primada, 15 de junio

Leo con frecuencia opiniones sobre la solemnidad del Corpus Christi. Se opina de muchas cosas sobre la aparicio?n de esta fiesta; ma?s sobre la Procesio?n, en ocasiones sin aludir a la celebracio?n de la Eucaristi?a, ni cua?l es su peculiaridad. Existe, pues, el peligro de fijar la atencio?n en aspectos respetables, pero no los ma?s importantes: que si la procesio?n tiene las caracteri?sticas de un desfile ci?vico-religioso, que si la “Tarasca” y otros simbolismos, que si pecados y demonios, que si ornamentacio?n de las calles, que si altares o no. Sin duda: la procesio?n litu?rgica del Corpus, tras la celebracio?n de esta Misa no es especta?culo; es la presencia de Jesucristo, que se prolonga por las calles y plazas, que recibe con alegri?a el Pueblo cristiano. No es algo inmaterial, que cambie. Es real.

¿Y que? sucede con quienes contemplan a Cristo en la Custodia de Arfe y no tienen fe o la tienen con muchas dudas y poca comprensio?n de este misterio? Bienvenidos sean y les pedimos respeto y un corazo?n abierto a la belleza, que siempre es nueva. La Eucaristi?a es siempre una conmemoracio?n de un sacrificio, el de Cristo, Vi?ctima y Altar, y, por ello, es tambie?n fiesta y banquete, al que Jesu?s nos sienta, si aceptamos su invitacio?n. La celebracio?n de la Eucaristi?a no ha cambiado desde que, tras la Ascensio?n del Sen?or a la derecha del Padre, la Iglesia la celebra, sobre todo el domingo, di?a del Sen?or. Pueden cambiar los modos de celebrarla, los ritos, las lenguas de la celebracio?n, los ca?nticos y la mu?sica.

Tenemos una tradicio?n, que procede del Sen?or y se nos ha trasmitido. En la noche que Jesu?s iba a ser entregado, tomo? pan y pronunciando la Accio?n de Gracias, dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mi?a. Lo mismo hizo con el ca?liz y recalco?: Haced esto cada vez que lo beba?is, en memoria mi?a”. Aqui? hay un realismo. No estamos ante un lenguaje de sociologi?a cultural: “Cada vez que come?is de este pan proclama?is la muerte del Sen?or, hasta que vuelva”. Algo le ha pasado a ese pan y ese ca?liz con el vino, que se puede recibir dignamente, pero tambie?n indignamente, de modo que, sin saber que? se come o bebe, se come y se bebe la condenacio?n. En el Evangelio proclamado, Jesu?s habla de vida, de comida y bebida que da vida, no a la manera del mana?, que comieron los padres, sino que da vida para siempre.

¿Estas obleas y este vino, aunque sean de tan buena calidad, dan la vida? No, es que ese pan y ese vino es la Presencia de Cristo, el mismo Cristo, que se llama verdadera comida y verdadera bebida. ¡Que? Presencia, pues, tan atrayente y grandiosa, la de Cristo! “En la antigua alianza habi?a los panes de la proposicio?n; pero, como eran algo exclusivo del AT, ya no existen. Pero en el Nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de salvacio?n, que santifican el alma y el cuerpo (…). Por lo cual, el pan y el vino eucari?stico no han de ser considerados como nuevos y comunes alimentos materiales (o simbo?licos), ya que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como afirma el Sen?or; pues, aunque los sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos ensen?a la fe” (san Cirilo de Jerusale?n, Catequesis 22, Mistago?gica, 1.3-6).

ARZOBISPO DE TOLEDO / HOMILI?AS AN?O 2017

Pero este alimento y esta bebida son “peligrosos”, precisamente por la Presencia de Cristo en ellos. Cuando tomamos este pan y este vino no sucede como cuando nuestro organismo toma alimento: nuestro cuerpo lo asimila y forma parte de nosotros. Con este pan y este vino, tomado en alimento, nosotros, cada uno, es asimilado a Cristo Resucitado. Y esta operacio?n puede ser buena o mala para nosotros. “Muero por todos – viene a decir el Sen?or– para que todos tengan vida en mi?, y con mi carne he redimido la carne de todos”. Esta asimilacio?n nuestra a Cristo tiene, pues, bueni?simas consecuencias.

Y hay indicadores para ver co?mo se da esa asimilacio?n a Cristo. El primer indicio es nuestro modo de mirar y considerar a los dema?s. En la Eucaristi?a Cristo vive siempre de nuevo el don de si? realizado en la Cruz, de entrega de si? por amor. A E?l le gustaba estar con los disci?pulos. Lo cual significaba para e?l compartir sus deseos, sus problemas, lo que agitaba su alma y su vida. En esta Eucaristi?a, por ejemplo, nosotros nos encontramos con hombres y mujeres de muchas procedencias: jo?venes, ancianos, nin?os; pobres y acomodados; toledanos y de muchos lugares; con gente de su familia o solos. La Eucaristi?a, pues, que celebro, me lleva esponta?neamente a sentirles a todos como hermanos.

¿Y me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los que necesitan algo vital? ¿Me hace crecer en capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien llora? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesu?s? ¿Amamos, como quiere Cristo, a aquellos ma?s necesitados por una enfermedad, por un problema, como la falta de trabajo o de orientacio?n? ¿Condeno el aborto, pero nada hago para acercarme a quien sufre este drama?

Otro indicio es la gracia de sentirse perdonado y dispuesto a perdonar. Asi? es Cristo. Mucha gente nos critica por ir a Misa: ¿Somos capaces de decirles: “Voy a Misa porque soy pecador y quiero recibir el perdo?n, participar en la redencio?n de Jesu?s, de su perdo?n”? Los que celebramos la Misa dominical o a diario tenemos otra exigencia de Jesu?s: que haya continuacio?n entre ir y participar de la celebracio?n eucari?stica y la vida de nuestras comunidades cristianas. Cristo quiere estar en nuestra existencia e impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista una coherencia entre Liturgia y vida.

Siempre han de renovar en nosotros la confianza y la esperanza, cuando escuchamos estas palabras de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitare? en el u?ltimo di?a” (Jn 6, 54). Pan vivo para la vida del mundo es la Eucaristi?a; Presencia de Cristo que recorrera? nuestras calles y plazas en el fervor de sus disci?pulos. Vivamos esta celebracio?n, para vivir despue?s nuestro acompan?ar a Cristo vivo y sacramentado, puesto en esa hermosi?sima Custodia de Enrique de Arfe.

JUEVES DEL CORPUS

Alocucio?n en la plaza de Zocodover, 15 de junio

“Anda, come tu pan con alegri?a y bebe contento tu vino, porque Dios ya esta? contento con tus obras” (Eclesiaste?s, 9, 7). Esta recomendacio?n de Qohelet, el sabio israelita, ¿que? estara? indica?ndonos en este di?a? Tal vez que, llevando un ge?nero de vida sencillo y adhirie?ndonos a las ensen?anzas de una fe recta para con Dios, comamos nuestro pan con alegri?a y bebamos nuestro vino con alegre corazo?n, evitando toda maldad en nuestras palabras y toda suntuosidad en nuestra conducta. Nos invitari?an adema?s a procurar hacer objeto de nuestros pensamientos todo aquello que es recto y, en cuanto nos sea posible, socorrer a los necesitados con misericordia y liberalidad; es decir, entrega?ndonos a aquellos afanes y obras en que Dios se complace. Hay mucha gente que desea vivir en paz, sin hacer mal a nadie, pero sin que les alteren su vida.

ARZOBISPO DE TOLEDO / HOMILI?AS AN?O 2017

¿Podemos limitarnos los disci?pulos de Jesu?s a estas metas en la vida, cuando nuestro mundo esta? en constantes desequilibrios y tantos hombres y mujeres dejados a su suerte? Pienso que no. Nosotros, los cristianos cato?licos, tenemos a nuestra disposicio?n aquel pan celestial, que baja del cielo y sabemos que da la vida al mundo; se nos ensen?a asimismo a beber con alegre corazo?n el vino que mano? del costado del que es la vida verdadera. Es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o, mejor, Cristo mismo, que nos invita a su Eucaristi?a. ¿Sentimos los que comemos este pan y bebemos de este vino que nos llenan verdaderamente de alegri?a y de gozo, hasta exclamar “Has puesto alegri?a en nuestro corazo?n”?

¿Lo sentimos asi?? ¿Y que? hacemos que no corremos a que otros participen de esta alegri?a y sentido de la vida, a que otros se encuentren con Cristo y les plenifique? ¿Acaso es a nosotros a quienes u?nicamente se nos ha dicho: “Venid a comer mi pan y a beber el vino que he mezclado”? “El gran riesgo del mundo actual, con su mu?ltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualmente que brota del corazo?n co?modo y avaro… cuando… ya no hay espacio para los dema?s, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegri?a de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien… Esa no es la opcio?n de una vida digna y plena, e?se no es el deseo de Dios para nosotros, e?sa no es la vida en el Espi?ritu que brota del corazo?n de Cristo resucitado… “nadie queda excluido de la alegri?a que ha trai?do el Sen?or” (Papa Francisco, EG 2.3).

Buscamos en esta procesio?n honrar el cuerpo y la sangre de Nuestro Sen?or Jesucristo. Algo muy de alabar. Pero, ¿sabemos cua?l es el verdadero Corpus Christi? Porque honrar este Cuerpo es tambie?n evocar la responsabilidad que tiene la Iglesia – nosotros, cato?licos- de atender a las necesidades de todas las personas, sean o no miembros expli?citos de la Iglesia Todos los hombres y mujeres son nuestro pro?jimo, sea amigo o enemigo. Es demasiado fa?cil llegar a ver la Eucaristi?a como representacio?n de un acontecimiento pasado con vistas a asegurarse las gracias obtenidas en el acontecimiento del pasado. Pero ya deci?a santo Toma?s que el misterio de la Eucaristi?a es “prenda de la vida futura”. La vida futura, siempre gracia de Cristo, se alcanza aqui? tambie?n por lo que cada uno de los disci?pulos de Cristo se parezca a E?l en el di?a a di?a de nuestra vida.

La Eucaristi?a no es un mero volver a ofrecer el sacrificio de Cristo por obra del sacerdote ante la mirada atenta de los fieles. La Eucaristi?a terrestre es la accio?n eterna en el tiempo –tambie?n en el nuestro– de Jesucristo mismo. Por esto, la carta a los Hebreos (12, 22-24) situ?a esta liturgia celeste de Cristo en el “hoy” de la Iglesia; en este caso, el mundo en el que se encontraba exactamente la asamblea litu?rgica de aquellos cristianos, esto es, la humilde y sufriente comunidad de judi?os cristianos de entonces entre los an?os 60 y 70 d. C. Pero igualmente de nuestras comunidades cristianas de hoy, en su situacio?n concreta. En la Eucaristi?a, uno es conciudadano de los otros miembros dolientes del Cuerpo de Cristo, y aun de todos los que formamos la humanidad, esa realidad que es el ser humano, hombre y mujer.

Mirad, hermanos, a Cristo Eucaristi?a en esta hermosa custodia; sin duda vere?is, si miramos bien, tantos infinitos rostros de los que hoy son sus hermanos, en muchos de los cuales Cristo esta? no precisamente en gloria, sino en muchas tribulaciones.

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