Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del arzobispo de Toledo en la ordenación de tres diáconos y ritos de admisión

Braulio

Homilía del arzobispo de Toledo en la ordenación de tres diáconos y ritos de admisión, catedral primada, 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, día del Buen Pastor

En los últimos años, el domingo IV de Pascua en la Catedral, los seminaristas que ya llevan unos años en su proceso de formación al sacerdocio son llamados y admitidos a las Órdenes Sagradas en un futuro no muy lejano. Es un momento sin duda muy significativo, un sacramental que contiene una bendición y una oración especial para que estos jóvenes mantengan la tensión de la llamada de Jesucristo al sacerdocio y profundicen en el estupor de esa deferencia del Señor hacia sus personas.

Este año, el domingo llamado del Buen Pastor, Jornada mundial de oración por las vocaciones de especial consagración en la Iglesia, otros tres seminaristas, ya admitidos a las Órdenes, serán configurados con Cristo en la ordenación diaconal. Es para mí una alegría grande; lo es también para el Seminario Mayor, que ha cuidado de sus personas en la preparación al sacerdocio, pero también de acción de gracias y de ver un deber cumplido en el Rector y los formadores. Os saludo a vosotros, padres, hermanos y familiares de los ordenandos y de los que son admitidos a las Sagradas Órdenes. Igualmente saludo a cuantos les acompañáis de sus parroquias de origen y de aquellas en las que ahora estáis trabajando ya pastoralmente.

Ciertamente que unos jóvenes sean ordenados y hagan suya una decisión para siempre de guardar obediencia al Obispo, vivir en pobreza y prometer ser célibes por el Reino de los cielos, es un milagro de la gracia de Dios. Pero es Jesucristo quien hace este milagro. Quien atrae a estos jóvenes siempre es Él. Es Jesús el buen Pastor, el único, quien, como indica Apocalipsis, puede conducirlos hacia la plenitud de la salvación, a nuestra plenitud humana, al corazón lleno. Frente a las objeciones que tantas veces pueden surgir en sociedad para seguir a Cristo en esta u otra vocación consagrada, Santa Teresa de Lisieux afirma: “Las almas sencillas no necesitan medios complicados; una mañana el Señor Jesús me dio un instrumento sencillo para llevar a cabo mi misión. Me hizo comprender este pasaje del Cantar de los Cantares: Atráenos, nosotros correremos al olor de tus perfumes (…) Esta sencilla palabra, atráenos, basta. Señor, ahora lo comprendo: cuando mi lama se deja cautivar por el olor embriagador de tus perfumes, no puede correr sola, sino que todas las almas que ama son arrastradas tras ellas”.

El libro del Apocalipsis nos describe, en efecto, el destino de la humanidad redimida. Todos los que forman parte de ella tienen en común que han sido salvados por la sangre del Cordero. Gracias al sacrificio de Cristo ha sido abierta la puerta de la salvación y de la fe. Los vestidos blancos, de que nos habla la 2ª lectura, simbolizan la nueva condición que se les ha regalado a los que creen en Cristo. Pero san Juan describe una muchedumbre  inmensa, indicando así el alcance universal de la salvación: son gentes de toda nación, razas, pueblos y lenguas. ¿Cómo llegará esa gente a la salvación para que se cumpla el designio de Dios? Llegará porque existe la Iglesia, signo en el mundo de la misericordia divina.

Sí, queridos ordenandos y los que sois hoy admitidos a las Órdenes Sagradas: el Señor nos salva, pero nosotros, los que formamos el Cuerpo de Cristo, hemos de entrar en esa obra evangelizadora del amor de Jesús. La llamada y salvación de Jesucristo no es intimista y para que la guardemos, salvados, sin participar en la salvación de los demás. La 1ª lectura nos muestra cómo el Evangelio puede no ser recibido, que no siempre es aceptado. Pero tiene que ser predicado en todo momento, no puede dejar de ser anunciado, porque en todas partes hay personas que están llamadas a creer. Hemos de tener, pues, pasión apostólica. Noto que en ocasiones esta pasión no se percibe en nosotros, sacerdotes y seminaristas. Ese celo, esa pasión o fuerza apostólica nada tiene que ver con la edad, pero debe aparecer con más vehemencia, con más impulso en el Seminario y en los primeros años del sacerdocio.

Sorprende la iniciativa de Pablo y Bernabé: parecen haber fracasado hablando a los judíos, pero se lanzan a predicar a los gentiles. ¿Nos lanzamos en este Año de la Fe a buscar a los que no vienen o no parecen estar interesados por Jesucristo? En los primeros cristianos, como en todo tiempo, confesión de fe y dinamismo misionero están íntimamente unidos. Creer en Cristo lleva consigo darlo a conocer. El miércoles pasado decía el Papa Francisco en la Misa matinal en santa Marta: “A veces pensamos: No, nosotros somos cristianos: hemos recibido el Bautismo, nos hemos confirmado, hemos hecho la 1ª  Comunión… y así el carnet de identidad está bien. Y ahora, dormimos tranquilos: somos cristianos. Pero, “¿Dónde está la fuerza del Espíritu que te lleva adelante?”, se preguntó el Papa. “¿Somos fieles al Espíritu para anunciar a Jesús con nuestra vida, con nuestro testimonio y con nuestras palabras? Cuando hacemos esto, la Iglesia se convierte en una Iglesia Madre que genera hijos”, hijos de la Iglesia que testimonian a Jesús y la fuerza del Espíritu. “Pero –advirtió- cuando no lo hacemos, la Iglesia se convierte no en madre, sino en Iglesia niñera, que cuida del niño para que se duerma. Es una Iglesia adormecida. Pensemos en nuestro Bautismo, en la responsabilidad de nuestro Bautismo”.

Os necesitamos a vosotros, los que vais a ser diáconos y a los admitidos a Órdenes. No guardéis en un relicario la fe, abrid horizontes. Nuestra relación con Dios es vital, pero sin descuidar el deseo del corazón de Cristo de llegar a todos los hombres. Ellos se llenan de alegría y del espíritu Santo cuando son evangelizados. La alegría de la fe debe saltar sobre nuestras pequeñas batallas.

Queridos ordenandos: las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos indican algo que, por ser sabido, no deja de ser increíble: “Yo os doy la vida eterna”. No pereceremos para siempre; Jesús nos asegura que nadie nos arrebatará de su mano, porque el Padre es quien se las ha dado a Jesús, y por ello nadie puede arrebatarnos de la mano del Padre.

¿Qué tipo de amor es éste de Jesús que promete algo tan bello, tan sublime en un mundo que no se distingue precisamente por la fidelidad, el amor mutuo, la solidaridad, la visión más alta de los propios intereses? Es un amor que sale de las entrañas del Padre, de su designio de amor. Dios no puede sino amar: lo ha hecho en su Hijo bienamado. Él es nuestro pastor, que conduce con suavidad a los hombres a las buenas praderas. Él se alegra de las ovejas que lo rodean, que están cerca de su persona, igual que busca a las que se extravían. No son para Él obstáculo alguno ni los montes ni los bosques; corre por “cañadas oscuras” hasta llegar al lugar donde se encuentra la oveja perdida. Es así como busca el amor de sus ovejas.

Muchas cosas tenemos que aprender de este Jesús, el Buen Pastor. Mucho hemos de aprender todos, vosotros y yo. Él es el modelo, el “buen dechado”, en expresión de santa Teresa. Nuestra vida de pastores, pero también vuestra vida de seminaristas, de diáconos, no se entiende sin conocer a Cristo, sin escuchar cada día su voz, sin conocerle y seguirle. El conocimiento no es sólo saber cosas de Jesús, sino tener y mantener viva una adhesión afectiva con Él. Él nos conoce bien. Debemos, pues, preguntarnos si le conocemos “no sólo por la fe, sino también por el amor; no solo por la credulidad, sino también por las obras”. El que ama a Cristo es el que sabe oír su voz. A tal Pastor, tales ovejas. Su gracia pido para vosotros, queridos ordenandos y los que vais a ser llamados para el rito de admisión a las Órdenes Sagradas.

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