Diócesis Iglesia en España

Homilía del arzobispo de Toledo en la ordenación de diáconos y presbíteros

Homilía del arzobispo de Toledo en la ordenación de diáconos y presbíteros

Mis queridos hermanos: un saludo cordial en el Señor para cuantos celebráis con la Iglesia de Toledo la Ordenación de Diáconos y de Presbíteros en este Domingo, día del Señor. Gracias por vuestra presencia, especialmente la vuestra, padres, hermanos, familia de los Ordenandos.

Estáis concernidos de modo especial, como lo está el Seminario Mayor y el Menor, sin cuya existencia, vosotros, futuros diáconos y sacerdotes, sencillamente no estaríais aquí. Justo es reconocer que lo que es un Seminario, institución típica de la Iglesia, es imprescindible para que la comunidad cristiana pueda tener sacerdotes. Uno no se autoforma en el ministerio; eso es para otras esferas. Tampoco es cursar un master; no; es otra realidad, muchas veces no tenida en cuenta en su realidad concreta. Gracias, pues, a cuantos constituís el Seminario: formadores, profesores, parroquias y párrocos que ayudáis en la formación, Cabildo de Catedral, Presbiterio entero.

Si leemos atentamente la Biblia, descubrimos, aquí y allá, páginas llenas de optimismo. Como ocurre en nuestra vida, donde no todo son penas, la Sagrada Escritura, profundamente humana, sabe ver, al lado del pecado y del mal, ese aspecto bueno de la vida de los hombres y mujeres y, ¡cómo no!, la acción beneficiosa de Dios que posibilita el optimismo humano.

La tercera parte del libro de Isaías (cap. 56-66), de donde está tomada la primera lectura, es un ejemplo de lo anteriormente dicho. Compuesta posiblemente a la vuelta del destierro, el profeta, al lado de reproches por pecados y falsa piedad, habla de promesas, de la gloria futura de Jerusalén. Habrá nuevos tiempos para Israel, la salvación será una realidad para Jerusalén. El Señor se compara a una madre que consuela a su niño: “La paz y la misericordia, dice el Apóstol, vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios”.

Vemos realizarse esta paz y misericordia en la Madre Iglesia hoy, en esta gracia sacramental que reciben nuestros hermanos. Es gracia para ellos, pero, sobre todo, para los demás. No hay élites ni corporativismos en el Pueblo de Dios: hay quienes reciben la Palabra de Cristo, le reciben a Él, que es Verbo, y lo expanden con la ayuda divina.

El evangelio de hoy forma parte de un conjunto de exhortaciones de Jesús a un grupo de discípulos, a los que envía a anunciar la Buena Nueva del Reino. También tiene palabras semejantes Jesús a los Doce, cuando los envía, con su correspondiente discurso de consejos. Sin duda, en cuanto nos ponemos en el entorno de Jesús, Él nos envía inmediatamente. No quiere vagos a su lado: hay que salir, implicándose; hay que ir, sabiendo que tenemos una misión, porque somos misioneros.

No se puede pensar que estos 72 discípulos, como antes los Doce, deben marchar delante de Jesús solo para buscarle alojamiento. No. En esta ocasión su misión es predicar el Evangelio y preparar el camino al mensaje de Jesús. ¿Saben por qué? Porque somos muy dados a hablar mucho y a realizar poco. “Somos así”, decía santa Teresa.  Y en este discurso de Jesús lo que apreciamos es a dónde envió Él sus discípulos, cuál fue su actividad durante su misión lejos de Jesús. No es que el Evangelio nos proporcione conocimiento y circunstancias de todo lo que narra el Evangelio. Pero aquí sí aclara Cristo que su misión no era otra cosa que la prolongación y la ampliación de la propia misión del Señor: se nos indica cómo hemos de ser misioneros. Vosotros, futuros diáconos y presbíteros, habéis de ser misioneros de una manera concreta.

Ahora bien, ¿cómo trabajar en este campo? Jesús, diríamos, da unas reglas. Hay que ir de dos en dos, no solo para sostenerse en el trabajo, sino también para dar testimonio de la caridad fraterna, de que no pertenecemos a una empresa privada de apostolado. No hay de ese tipo de empresas en el mercado del mundo. Además, el anuncio no es únicamente de palabra, sino que además muestra lo que produce en nosotros esta actividad: una nueva relación que nace y que se sostenga en el amor que Dios ha mostrado en su Hijo.

Hay que hacer especialmente notar también que Jesús no promete a sus discípulos una cosecha afortunada, sino, al menos de modo general, cosecha dura y laboriosa. Eso es lo que, en lenguaje figurado, viene a decir “os envío como corderos en medio de lobos”, esto es, que no nos hagamos excesivas ilusiones respecto al fruto que consigamos, que no depende de nosotros, sino del “dueño de la mies”.

Jesús expresa de este modo la desproporción que siempre experimentará el cristiano, incluidos vosotros, queridos ordenandos, cuando se trata de llevar el Evangelio a los demás. Eso sí: “Mientras somos ovejas, vencemos y superamos a los lobos, aunque nos rodee un gran numero; pero si nos convertimos en lobos, entonces somos vencidos, porque nos vemos privados de la protección del Pastor”, nos dice con realismo san Juan Crisóstomo.

Por eso, vosotros, a pesar de vuestra condición de segadores, debéis orar, y de vuestra oración depende, en buena medida, el fruto. No os debe resultar tampoco extraña la prohibición de no saludar a nadie en el camino, aunque se trate, sin embargo, de una expresión figurada para indicar la prisa que debe tener el discípulo en el cumplimiento de su misión; indican también estas palabras de Jesús que no debéis dejaros detener por nada ni entretenerse en conversaciones inútiles o controversias que llevan a ninguna parte.

“¿Y si no nos escuchan?” Será lo más probable y en gran medida. Pero las amonestaciones e instrucciones de Jesús, al enviar a sus discípulos por aldeas y pueblos de Palestina, son instrucciones que no van dirigidas únicamente a los apóstoles, o los laicos, consagrados, religiosos y sacerdotes hoy; son también palabras de Jesús para los que han de recibir su predicación. Así se explica el tono de amonestación severa hacia los que reciban estas palabras de Cristo por medio de la persona de sus enviados. Jesús envía a sus apóstoles en misión a las ciudades de Israel; también hoy, a otras ciudades y lugares. Puede ocurrir que algunos lugares no reciban a los que Cristo envía. Jesús dice de modo taxativo: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se os ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros”.

Eso sí, queridos ordenandos: no me gustaría que olvidáramos que la audacia cristiana en dirigirnos a los que somos enviados no procede nunca de que nosotros seamos superiores a aquellos a los que nos dirigimos para persuadirlos con nuestra “sabiduría”. La audacia cristiana en la predicación y la misión procede de la confianza absoluta en el poder de Dios, nunca en que nosotros somos “los que sabemos”.

Sí, queridos ordenandos, aquellos 72 partieron convencidos de la palabra de Jesús. La experiencia de lo vivido a su lado les daba seguridad de que todo iría bien. Solo debían obedecer y mantener la certeza de que Jesús no defrauda. Fiados de su palabra, actuaron en su misión.

Queridos nuevos diáconos y presbíteros: sabéis perfectamente a que os obligáis en vuestra ordenación, con la libertad necesaria para ello; pero no penséis que basta sentir hoy una alegría inmensa. Sería raro que no sintierais alegría; sin embargo, ahí no está vuestra seguridad. Hay que apoyarse en lo firme. Ya no valen poner las esperanzas en el próximo curso del Seminario, porque éste ha acabado. San Pablo en Col 1, 15-20 habla del que es imagen del Dios invisible, del Unigénito. Habla también de su cruz. En 32 años de obispo he visto muchas maneras de organizar la vida ministerial de los que he ordenado. Quien no sufre con Cristo; quien no resiste, cae. La certeza, de la que antes hablaba, se centra en que Cristo murió por nosotros. Es el gran poder de la Cruz el que da nueva dimensión a todos los criterios humanos, y una nueva luz sobre cómo vivir a gracia que hoy recibís en el mundo como vuestra misión. En la Cruz, Cristo ha vencido al mundo.

Esperamos mucho de vosotros. ¡Cómo no! Vamos a pedir por vosotros, entráis en el Presbiterio de esta Diócesis, pero solo vosotros habéis de vivir la realidad de vuestra vocación con realismo y sin hacer separaciones entre lo espiritual y lo humano. Vamos a rezar por vosotros: nos va mucho en ello. Por eso confiamos vuestras personas a la Madre todopoderosa, a su intercesión virginal. Así sea.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo y Primado de España

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