Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del arzobispo de Toledo en la misa en rito hispano-mozárabe: Corpus Christi 2018

Homilía del arzobispo de Toledo en la misa en rito hispano-mozárabe: Corpus Christi 2018

Misa en Rito Hispano-Mozárabe. CORPUS CHRISTI. 31/05/2018

En el himno eucarístico que tantas veces cantamos en iglesias, en calles y en plazas nos exhortamos unos a otros: “Cantemos al Amor de los amores, cantemos al señor. Dios está aquí”.

¡Dios está aquí! Una afirmación muy fuerte. Lo decimos convencidos muchos católicos; otros lo oyen y tal vez no lo entienden del todo. Hay también quienes les parece ridículo afirmar: “Dios está aquí”. Sencillamente no lo creen o lo tienen como algo irrelevante, que no atrae o suena a espiritualismos trasnochados. Yo, evidentemente, no voy a negar la importancia de este anuncio: “Dios está aquí”; se trata nada menos de la presencia real y verdadera de Jesucristo en la Eucaristía. Pero entiendo también el sentimiento de lejanía que se da en tanta gente respecto a esta presencia de Cristo en el Pan partido por nosotros. Y me preocupa.

Por eso, los que sentimos la presencia de Jesús resucitado en la Eucaristía tenemos que vibrar ante la cercanía de Dios, pues es mucha la gente que suspira por esa cercanía de Jesús, de su presencia, la presencia del Hijo de Dios que se aproxima y atrae consigo toda novedad. ¡Cómo quisiéramos que en nosotros vieran la presencia de Cristo este día en la Custodia, y que en todos despertara las expectativas más hondas de nuestro ser! ¡La posibilidad de que se cumplan las promesas de la vida, escondidas en el corazón, ya olvidadas o apenas percibidas, por no haber recibido nunca la luz que las puede reavivar!

Toda la Tradición cristiana nos enseña que en este Santísimo Sacramento la presencia del Señor tiene una intensidad única: que la Eucaristía contiene lo absolutamente sagrado, a Jesucristo en su cuerpo, alma y persona divina, y no solo es una gracia o una fuerza suya. Podemos, sí, encontrarnos con Dios escuchando su palabra, que nos habla en la Sagrada Escritura, o en el prójimo, sobre todo en nuestros hermanos más pequeños, pobres, hambriento, heridos; podemos recibir su gracia de muchas maneras. Pero la Eucaristía, en palabras del Concilio Vaticano II, “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO, 5).

La Iglesia guarda esta conciencia desde el inicio como un tesoro. Más tarde comenzó la gran reflexión sobre cómo es posible la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino. De esta profundización de la conciencia eclesial, como un fruto, surge la adoración eucarística. Pero hay que decir muy alto que el pueblo cristiano siempre se asombró de poder contemplar con los ojos de la fe la realidad de la presencia del mismo Dios, su cercanía (“Dios está aquí”). En este corazón de Toledo que es la Catedral, como después en Zocodover y en calles y rincones, los toledanos y cuantos nos acompañan adoramos a Cristo Sacramentado y admiramos la belleza de esta nuestra Procesión. Pero sin separar la fe en Dios Padre y en Jesucristo de la entrega de su Cuerpo y de su Sangre, de su humanidad resucitada.

Ya sé que estas afirmaciones de la gran Tradición cristiana son cuestionadas hoy por muchos. Grandes corrientes de nuestra cultura moderna afirman insistentemente que no ven signos de tal presencia de Dios entre nosotros, que no se percibe un poder divino que actúe y cambie las cosas de este mundo, que el ser humano ha de vivir como si Dios no existiera, y que todo es obra de un poder humano cada vez más articulado y fuerte.

Nosotros no estamos de acuerdo con este modo de ver las cosas. Por ello, no vamos nunca a reducir el significado de la presencia real de Cristo en la Eucaristía al nivel de otros signos, símbolos y tradiciones que nos hablan de Dios o de lo divino; o que simplemente nos recuerdan a Jesús y su enseñanza; o que esta enseñanza solo pretendía potenciar momentos de encuentro y fraternidad, como sucede de otro modo en otras religiones.

Respetamos a quienes piensen de otro modo, pero ese respeto no pondrá nunca en cuestión la identidad y la misma obra de Jesucristo; tampoco la relación del hombre y la mujer con Él como experiencia real de encuentro. Toledo y sus católicos en tantos siglos, y a pesar de sus posibles pecados, han testimoniado siempre esa presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento.

Nunca cesaremos de anunciar esta verdad profunda, que fundamenta su identidad: en el don de la Eucaristía, Jesucristo amó a los suyos hasta el extremo, entregándoles su Cuerpo y su Sangre. Estamos convencidos de que Él “instituyó esta misteriosa contemporaneidad” entre su misterio pascual (muerte y resurrección) y “el transcurrir de los siglos”, de modo que “desde aquel momento (Última Cena) hasta el fin del mundo la Iglesia se edifica a través de la comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros”.

He aquí, hermanos, la razón de esta celebración de la fiesta del Corpus et Sanguinis Christi en este jueves especial en Toledo: hacer posible por la fuerza del Espíritu Santo el encuentro de Cristo con nosotros en la conmemoración de su muerte y resurrección, haciendo real su entrega en un banquete de acción de gracias que nunca se agota. Lo llamamos “fracción del Pan”, Eucaristía, Santa Misa, sacrificio de la nueva Alianza. Nos da igual. La Liturgia hispano-mozárabe, con su belleza singular, quiera el Señor nos ayude, hermanos, a profundizar hoy este misterio. Aprovechemos toda esta celebración, y gocemos con sus textos y oraciones singulares, como lo hicieron nuestros padres en la fe, transmitida en la Liturgia hispana.

+Braulio, Arzobispo de Toledo. Primado de España
Foto de archivo
31 de mayo de 2018

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