Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del arzobispo de Toledo en la fiesta de San Juan de Ávila 2019

Homilía del arzobispo de Toledo en la fiesta de San Juan de Ávila 2019

Queridos Hermanos sacerdotes:

Hoy es un día bueno para gozar de nuestro sacerdocio, cuando os felicitamos a cuantos cumplís las bodas de plata y de oro sacerdotales. A los primeros, porque es fecha divisoria para parar, orar, y mirar hacia adelante: queda mucho tiempo para seguir siendo sacerdote de Jesucristo, después de vivir en estos años intensos. Para quienes celebran bodas de oro sacerdotales, porque el Señor sigue contando con nosotros; nada tiene que detenernos sino, en la fidelidad, ahondar en nuestra vocación.

Delante de nosotros está el Maestro Ávila, san Juan, doctor de la Iglesia, que, con frecuencia reflexionaba y escribía sobre el sacerdocio y sobre los sacerdotes. Sus admirables “Memoriales para el Concilio de Trento”, o los que escribió para los Concilios Provinciales de Toledo, resultan muy sugerentes y no han perdido vigor y atractivo. Permitidme a mí, vuestro obispo, exhortaros con sencillez a vivir nuestro sacerdocio con la fuerza que san Juan de Ávila nos exhorta.

Todavía está en el horizonte mental de alguno una cuestión sociológica antigua: ¿Debe ser el sacerdocio una profesión propiamente dicha? ¿No podría ejercerse mejor de forma temporal o como segunda profesión? Sé que no es esto lo que pensáis vosotros, hermanos. Pero nos siguen preguntando por una cuestión social importante, sin duda, pero sesgada: ¿De qué les sirve a los hombres el Evangelio, si no tienen qué comer? ¿No deberíamos convertir el Evangelio en lo que algunos llaman la liberación política y social? ¿No nos piden, como casi lo único aceptable de la acción de la Iglesia, cuanto tenga de beneficencia, de atención a los más pobres, de modo que tendríamos de cambiar las palabras de Jesús por estas: “Buscad primero las cosas terrenas, y luego se os dará el Reino de Dios por añadidura”

Pero las palabras de Cristo no pueden ser manipuladas. Nos negamos a las nuevas liberaciones materiales, porque fracasan. Las mismas ayudas materiales fallarían, si el ser humano se queda vacío. El progreso social no existe sin apertura a Cristo y a su amor al Padre Dios y al prójimo. No podemos aceptar ese dualismo absurdo. El ser humano, por lo demás, necesita la responsabilidad ante Dios y la respuesta a Dios; de lo contrario, todo lo demás es como un tejado que se construye en el aire. Se derrumba y sepulta a las personas, en lugar de protegerlas.

Por eso es hoy muy importante que el Reino de Dios se predique, como lo ha predicado Jesús; que se dispensen los Sacramentos como la Iglesia los ha recibido de Cristo; que la promesa de la fe no solo se exprese con palabras, sino que se dé testimonio de ella con la vida y, en caso de necesidad, con el sufrimiento. Yo no voy a esperar a que nazca un hombre nuevo por oponerme al capitalismo más salvaje, o porque aspiremos todos a un liberalismo centrado en solo el hombre. Yo exhortaré a encontrarse con Cristo, pero sabiendo qué es el hombre sometido a todo tipo de necesidad, sobre todo los más pobres, y no les daré solo pan y circo o derechos que no son derechos. Por todo esto nos percatamos que somos hoy más necesarios, los sacerdotes para la humanidad que nunca, si ahora precisamente nos damos cuenta de qué necesario e imprescindible es nuestro ministerio. De lo que se trata es de que se dé a los hombres lo que necesitan: respuesta e indicaciones de parte de Dios, Pero eso no lo puede hacer ningún hombre por sí mismo. Al ser humano hay que darle lo que ningún hombre tiene por sí mismo. Por ello, el sacerdote tiene que dar lo que él mismo no puede dar por sus propios recursos. Ahí radica la necesidad de la ordenación sacerdotal: como sacerdotes no nos representamos a nosotros mismos, sino algo más grande que nosotros mismos, que va más allá de nuestras propias dotes, algo que nosotros mismos no podemos hacer.

Este introducirse en aquello que nos antecede y siempre nos supera, como poder procedente de Dios, es a lo que llamamos ordenación sacerdotal. Es importante que no nos dejemos disuadir por nadie acerca de esto. Aunque el sacerdote tiene una elevada responsabilidad social, él es más que un asistente social y más que un funcionario. La vinculación al sacramento no es una estructura jerárquica pasada de moda, sino la garantía de que hay hombres que no actúan ni hablan en su propio nombre. Si queréis, la profesión de sacerdote es una profesión total, que nos llena totalmente y nos exige todo. No es a tiempo parcial.

Lo grandioso de la condición de sacerdote es precisamente que da a cada etapa de nuestra vida una oportunidad propia. Algunas profesiones no se pueden ejercer ya con 30 años, otras con 40, etc. En un determinado momento deja uno de ser apto y pasa a la situación de retiro. No ocurre así con el sacerdote: cada edad tiene su propio sentido; el celo de los jóvenes es tan importante como la madurez de los mayores. Precisamente también la sabiduría, la serenidad, el aguante de los mayores es una aportación importante, en la que la actividad sacerdotal, la que fuere, vuelve a acreditarse como profesión llena de sentido y que satisface hasta el final.

Hagamos, pues, dos observaciones sobre la configuración de la vida sacerdotal. Lo importante hoy, como ayer y siempre, para el sacerdote es que sea “un hombre de Dios”. Para ser sacerdote no tiene él que ser un genio, ni un gran sabio. Si lo es, tanto mejor. Pero tiene que ser un hombre de Dios, al que se le note que reza, que cree. La primera cualidad que se espera del sacerdote no son dotes de organización o superioridad intelectual sino de santidad. Porque, a la larga, nadie podrá ejercer este ministerio, sino está inmerso desde dentro en la proximidad de Dios, sino está en intensa y permanente relación con el Señor, para que no nos pase lo que dice el profeta Ageo: “Vosotros sembráis mucho, pero cosecháis poco” (1, 6).

La segunda observación sobre la configuración de la vida sacerdotal tiene que ver con la necesidad de una relación totalmente personal con Cristo. Lo cual nada tiene que ver con encerrarse en lo privado, sino, todo lo contrario, abrirse a la mutua responsabilidad en el Cuerpo de Cristo, en la comunidad de la Santa Iglesia. La piedad cristiana está siempre abierta a los demás. Así como el Señor nos sostiene, del mismo modo debemos nosotros apoyarnos unos a otros. Por eso es importante que nosotros como sacerdotes nos preocupemos los unos de los otros. No lo olvidemos: como sacerdotes, uno forma parte siempre del presbiterio, de la comunidad de los sacerdotes y eso, dentro de lo posible, debería tener su expresión también en nuestras mutuas relaciones.

Algo pasa cuando un sacerdote no se reúne nunca o casi nunca con sus hermanos. Estoy seguro que este modo de actuar muestra alguna disfunción que afecta al ser sacerdotal.

Dios os bendiga y os guarde.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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