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Iglesia en España

Homilía del arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza, en la inauguración del curso académico 2014-2015

Homilía del arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza, en la inauguración del curso académico 2014-2015

Instituto Teológico san Ildefonso e Instituto Superior de Ciencias Religiosas Santa María de Toledo

 

Un saludo cordial para todos.

La inauguración del curso en los Institutos San IIdefonso y Santa María se inicia con esta celebración de la santa Misa, pues queremos ante nuestro Dios Trino y Uno orar, para que la fuerza y la inspiración del Espíritu Santo no nos falte; es más, nos es imprescindible. La palabra de Dios muestra claramente que el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad; es el mismo que nos dio el agua viva, al creer en Jesucristo, entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Es la gracia de la justificación la que nos permite amar a Dios y al prójimo, signo de la vida nueva del Evangelio; nos permite igualmente ser alcanzados por la Verdad y vivir esta Verdad, que es Jesucristo, quien afirma también de sí mismo que es el Camino y la Vida.

¿Puede el concepto de verdad aplicarse con sentido a la religión? ¿Tiene capacidad el ser humano para conocer la verdad acerca de Dios y de las cosas divinas, que es el objetivo y contenido de los estudios que en nuestros Institutos se imparten? Nosotros así lo creemos, pero la crisis profunda en Europa radica, entre otras cosas, en que no se acepta la pretensión de la Iglesia de estar en la verdad y predicarla. Es cierto que ese estar en la verdad significa que la Verdad nos sostiene, que no es nuestra. Pero conocemos también que el cristianismo no se encuentra, para el pensamiento actual en una posición más favorable que las demás religiones, ya que, en opinión de ese pensamiento dominante hoy, se obstinan todas en la pretensión de poseer la verdad; verdad que, curiosamente, sí pretende tenerla la ciencia moderna para esa cultura dominante. A lo más que algunos están dispuestos a aceptar es que los contenidos cristianos son un valor simbólico, pero sin concederles el valor de una verdad superior a la que dicen tener otras experiencias religiosas.

La situación espiritual de los hombres y mujeres en nuestra sociedad puede describirse así: un intento titánico para apoderarse del mundo, esto es, sacar de nuestra vida y para esta vida todo lo que sea posible, y un abandono, aparentemente indiferente, de la verdad acerca de Dios y acerca de lo esencial de nuestro mismo ser. ¿Cómo hacer, pues, en concreto la pregunta acerca de la verdad del cristianismo, aunque a algunos ésta les parezca estar sin respuesta? La Iglesia tiene XX siglos y desde los inicios se hizo esta pregunta y respondió no sólo desde la razón, sino con su vida. Como ejemplo tenemos la confrontación de san Agustín con la filosofía de la religión del mundo antiguo greco-romano. y es curioso: la teología cristiana en opinión del obispo de Hipona sería una teología “naturalis”, no una teología mística o civil, que es como dividía la teología, por ejemplo, el filósofo romano Marco Terencio Varrón (116-127 a.c.).

La “teología física” está en el ámbito de la ilustración filosófica; así la vieron los primerísimos teólogos del cristianismo, los apologetas, siguiendo por lo demás a san Pablo (cfr. Rom 1). El cristianismo tiene sus precursores y su preparación interna en la ilustración filosófica, no en las religiones de su entorno; en una relación con aquello que el análisis de la realidad es capaz de percibir acerca de lo divino, que no está en contradicción con lo revelado por Dios. La creación es también revelación de Dios. San Pablo en el Areópago se presenta con la pretensión de ser la “religio vera”. Lo cual quiere decir: la fe cristiana no se basa ni en la poesía ni en la política, esas dos grandes fuentes de la religión antigua, sino en el conocimiento. Adora a aquel Ser que constituye el fundamento de todo cuanto existe, al “Dios real”; por eso se considera a sí misma como universal y como destinada para todos los pueblos, no como una religión que desplaza a otras. Un filósofo como san Justino afirma que, tras su conversión al cristianismo, no abandona la filosofía, pues reconoce en él a la “vera philosophia”.

Evidentemente, la fe cristiana aportó correcciones drásticas a la concepción filosófica de Dios. El Dios en el que creen los cristianos y a quien adoran es “Dios por naturaleza”, pero “no todo lo que es naturaleza es Dios”, dice san Agustín (De civitate Dei 1, 8, 176, 6). Tan sólo se adora al Dios real, a quien nosotros también llegamos a conocer en la naturaleza. Pero Dios es más que naturaleza. Dios es anterior que la naturaleza, y ésta es criatura suya. Es un Dios que entró -decimos- en la historia, que fue al encuentro del hombre y, precisamente por eso, el hombre puede ir al encuentro de Dios. El hombre puede unirse a Dios, porque Dios se unió al hombre. Las dos facetas de la religión antigua, que siempre estaban desligadas (la naturaleza dominante externamente y la necesidad del salvación del hombre que sufría y luchaba) se unieron ahora entre sí. En el cristianismo, pues, los dos principios -Ia vinculación con la metafísica y la vinculación con la historia- se condicionan mutuamente y forman un todo.

Llegados a este punto, os digo, hermanos, que mi intención no es desarrollar una ponencia en un acto académico, pues aunque siento que es muy importante lo que hemos dicho, es evidente que si la fe cristiana la abrazó tanta gente en los primeros siglos, existe para este hechos otra explicación: la seriedad moral del cristianismo, algo que ya subrayó san Pablo. Es cierto que esa seriedad moral el Apóstol la relaciona con la racionalidad de la fe externa, pero lo importante es que las exigencias del único Dios a la vida del hombre coinciden con lo que está escrito en el corazón de cada hombre. Es decir, el cristianismo convencía por la vinculación de la fe con la razón y por la orientación de la acción moral de los hombres hacia la caritas, hacia la solicitud amorosa, caritativa por los que sufren, por los pobres y los débiles, superando todas las fronteras de las clases sociales. Esa es la “religio vera”, y tiene que ver con “todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de laudable, de virtuoso y de encomiable (Flp 4, 8).

Entonces me pregunto: en unos Institutos como los nuestros, ¿basta con enseñar racionalmente la verdad teológica? ¿Los profesores y los alumnos -tantos los vocacionados al sacerdocio como los consagrados y fieles laicos- no han de reunir en ellos el amor a conocer la verdad con una vida virtuosa, basada sobre todo en las virtudes teologales? ¿Basta aprobar unas asignaturas para ser buenos discípulos de Cristo? La respuesta es clara: la primacía ha de ser de la caridad, del amor responsable de la fe y la esperanza, de un tenor de vida admirable, como indicaba la carta a Diogneto. Ello es justo y necesario, para una armonía en la fe y una comunión que debemos siempre acrecentar, de modo que sea la salsa de la vida. La fe razonable se une a la conducta moralmente seria de los hijos de la Iglesia.

De lo contrario, nuestra evangelización, nuestros planes pastorales, nuestra seriedad académica, siempre necesaria, no serán eficaces y la Iglesia languidecerá. Al inicio del curso académico, pido al Espíritu Santo que cuanto hoy emprendemos lleve esta buena dirección, con esfuerzo, con estudio serio, pero también con oración, con comunión recíproca, con sentir que siempre es bueno actuar con verdad en la caridad.

Tengamos cuidado, queridos alumnos, formadores, profesores; tengamos cuidado: “Dentro del Pueblo de Dios, y en las distintas comunidades, i cuántas guerras! … i cuántas guerras por envidias y celos, también entre cristianos! La mundanidad espiritual lleva a algunos cristianos a estar en guerra con otros cristianos que se interponen en su búsqueda de poder, prestigio … Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especia l. .. A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. Que todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis: En esto reconocerán que sois mis discípulos, en el amor que os tengáis unos a otros (Jn 13,15)” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 98.99).

Santa María, la Madre, auxilio de todos los cristianos, nos acompañe como Madre de la Iglesia en el curso que inauguramos. Que así sea.

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