Carta del Obispo Iglesia en España

Homilía del arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza, en la festividad del Corpus Christi

Homilía del arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza, en la festividad del Corpus Christi

3/06/2018

   Tras la escucha de las lecturas, que nos ayudan sin duda a la comprensión del significado de esta solemnidad, ¿cuál es, hermanos, la motivación para responder al amor de la entrega de Cristo por cada uno de nosotros? ¿No es suficiente motivo para anunciar a Cristo su amor a cada uno de nosotros, y así evangelizar participando en la tarea de todo cristiano en el apostolado de los hijos de la Iglesia? Ciertamente, si no hemos experimentado nunca la vivencia de haber sido salvado por Él, ¿cómo vamos a llamar amor a lo que surja en nosotros, si no sentimos la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? “Si no sentimos el intenso amor de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle que Él vuelva a cautivarnos “(EG, 264).

En la fiesta del Corpus et Sanguinis Christi se da una ocasión propicia para sentir “¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o delante del Santísimo en esta Custodia, o simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a nuestra existencia y nos lance a comunicar la vida nueva!” (EG, 264) Nuestra adoración, sin embargo, no es adoración estática que busca solo estar bien con el Santísimo, aunque es verdad que es un gozo estar con Él. Si buscáramos solo el bienestar, seríamos discípulos no de Jesucristo, sino de la new age. Y no podríamos decir: “lo que hemos visto y oído es lo que os anunciamos” (1 Jn 1,3). La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es detenerse en las palabras y acciones de Jesús, leyéndolas con corazón. “Por eso urge –dice el Papa- recobrar un espíritu contemplativo que nos permita redescubrir cada día que somos depositarios de un bien que humaniza, que ayuda a llevar una vida nueva. No hay nada mejor para transmitir a los demás” (EG, ibíd.).

  Ahí está la Eucaristía, mejor dicho, ahí está Jesús resucitado. Traicionaríamos a la tradición cristiana si olvidáramos que, tras la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, se encuentra toda la vida de Jesús, es decir, su forma de tratar a los pobres, sus gestos de acogida, su coherencia, su generosidad cotidiana con las gentes, su sencillez y, finalmente, su entrega total en su sacrificio en la Cruz. Todo es precioso, pues, en la Eucaristía y nos habla hasta interpelar a nuestra propia vida. De modo que cada vez que uno profundiza y descubre mejor a Cristo, se convence más de que es Él lo que los demás necesitan. De manera que, teniendo en cuenta la importancia de Jesucristo para la humanidad, lleguemos a convicción que muestra san Pablo en el discurso en el Areópago ateniense: “Lo que vosotros veneráis sin conocerlo es lo que os vengo a anunciar” (Hch 17,23).

                                    Son demasiados los cristianos que han perdido el entusiasmo por la misión y el interés por transmitir la fe en nuestra cultura. Y padres y madres, tal vez incluso catequistas, que llegan a olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas, y que hemos sido creados para lo que el Evangelio nos propone: la amistad con Jesús y el amor fraterno, que vence al Maligno. El entusiasmo evangelizador se fundamenta en la convicción de que tenemos un tesoro de vida y de amor, que no engaña, el mensaje que no se puede manipular y que no desilusiona. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y puede sostenerlo y elevarlo. Es además verdad que no se pasa de moda, porque es capaz de penetrar allí donde nada puede llegar: el corazón del hombre y la mujer. Estoy convencido de que nuestra tristeza infinita como seres humanos solo se cura con este amor infinito de Cristo.

                                    Cuando adoramos al Señor en la Eucaristía es porque se está convencido, por propia experiencia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, de que no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, de que no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él que no poder hacerlo. No es lo mismo, hermanos, tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia y solo razón. ¿Estamos convencidos de que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle sentido a todo? Cuando se llega a ese convencimiento, evangelizamos. De lo contrario, abandonamos.

                                    El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea apostólica. Pero si uno no le descubre presente en el corazón mismo de su entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada en definitiva no convence a nadie.

                                    Las lecturas de este día nos hablan de alianza ganada con el sacrificio, con sangre; la carta a los Hebreos nos muestra la propia sangre de Cristo entregada para entrar en el Santuario una vez para siempre, que nos ha conseguido la liberación eterna. Y en el evangelio, en una escena de la Última Cena, el Señor nos invita a comer su cuerpo y beber su sangre. Este es el misterio de la fe.

                                    De nuevo hoy sobre el altar podemos contemplar a nuestro Señor Jesucristo. Oímos su voz poderosa y suave que nos dice:” Este Cuerpo quema las espinas de nuestros pecados e ilumina nuestras almas”. Porque este Cuerpo, con solo verlo curó a la hija de la Cananea. A este Cuerpo se acercó la pecadora, con todo el ardor de su alma, y fue liberado del barro de sus pecados. Este Cuerpo lo tocó Tomás y lo reconoció exclamando: “Mi Señor y mi Dios”. Este Cuerpo es el fundamento de nuestra salvación.

                                    Pero también nos declara el que es el Verbo de la Vida: “Esta Sangre ha sido derramada por nosotros y entregada para la remisión de los pecados”. Bebemos, pues, hermanos míos, la sangre santa e inmortal, la sangre que fluyó del costado del Señor. La que cura toda enfermedad, que libera a todas las almas. Es la sangre con que hemos sido rescatados, comprados e instruidos; con la hemos sido iluminados.

                                    Adoremos, hermanos, al Santísimo Sacramento del Altar. Sea por siempre bendito y alabado.

+ Braulio, Arzobispo de Toledo. Primado de España

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