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Homilía de monseñor Leonardo Lemos Montanet en la solemnidad de San Martiño

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Homilía de monseñor Leonardo Lemos Montanet en la solemnidad de San Martiño

Excelentísimo Cabildo Catedralicio,  Excmo. Sr. Oferente. Alcalde de esta Ciudad, Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades, Hermanas y hermanos míos en el Señor.

Los Apóstoles le pidieron al Señor: Auméntanos la fe. (Lc. 17, 5-6)

Esta solemnidad de San Martiño, Patrono de nuestra Iglesia diocesana y de esta noble, leal y acogedora ciudad de Ourense, nos ha convocado en este templo catedralicio para celebrar y vivir la Eucaristía que es sacramento de fe y misterio de amor. Estas dos realidades aparecen siempre vinculadas en el corazón del cristiano, por eso, a pesar de los siglos que nos separan del acontecer histórico de San Martín de Tours, todavía hoy nos sigue convocando la memoria de su vida. Y esto es así porque los santos, los mejores hijos de la Iglesia, han sido hombres y mujeres como nosotros, pero ellos se dejaron transfigurar por el dinamismo de su fe en Jesucristo y se convirtieron en testigos del Amor Misericordioso de Dios.

La fe nos enseña que no se comienza a ser cristianos por una decisión ética, por la fascinación que nos produce una gran idea o un hermoso proyecto, sino por un encuentro personal con el Dios que se acerca al ser humano, y lo hace a través de los signos auténticos de su presencia; su misericordia, su ternura, su perdón, en definitiva: su amor. En el cristianismo se vivió esta realidad desde el primer momento porque las palabras de Jesús trasmitidas por los Apóstoles llenaron con su frescura y con su energía la sociedad de aquel momento, como lo hacen hoy y lo harán siempre. Fue el anciano apóstol Juan el que nos dejó esa bellísima definición del Dios cristiano:

Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn. 4,16)

He aquí el corazón de la fe cristiana. He aquí la clave de toda la doctrina y de la vida evangélica predicada por la Iglesia desde el principio. He aquí la clave de la exigencia de todo proyecto de vida cristiana. Desde la perspectiva de la fe siempre estamos convirtiéndonos, a cada momento nos damos cuenta de la distancia que existe entre la fe que decimos profesar y nuestras actitudes y comportamientos habituales.

El cristiano sabe, y los santos, como nos lo recuerda hoy San Martín, que  donde no hay amor se debe poner amor para sacar amor. Sólo el amor misericordioso de Jesucristo que se convierte en un signo elocuente desde la cruz – misterio de amor – puede transformar nuestra vida como lo hizo con aquel joven, proveniente de las lejanas tierras de la actual Hungría, que se hizo soldado del Imperio Romano, y al encontrarse con el testimonio vivo y elocuente de los seguidores del Crucificado, se convierte en soldado de Jesucristo, príncipe de la paz, de tal modo que la voluntad del Señor le llevó a terminar sus días sobre la tierra como obispo de la ciudad de Tours. Martín, incluso en el último momento de su existencia – cuenta su biógrafo – manifestó que si la voluntad de Dios era seguir luchando, él seguiría trabajando por el bien y la unidad de sus hermanos.

Excmo. Sr. Oferente: Con sus palabras, citando al papa Francisco, ha pedido para nuestro pueblo y para el bien de nuestros conciudadanos, que todos los que ocupan puestos de servicio tengan la capacidad de curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad… De caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar.

Hermoso ruego el suyo, Excelencia, porque en los últimos años de nuestra historia democrática estamos asistiendo a un fenómeno que nos preocupa a todos, la creciente desafección de nuestro pueblo con respecto a nuestros gobernantes, sean los que sean, a causa, como bien dice Vuestra Excelencia, de las discusiones estériles, de las dependencias y de la ira  que tantas veces obstaculizan el diálogo constructivo y fructífero para el bien común de nuestros conciudadanos.

Que San Martiño, que vivió en medio de dificultades, de discordias y enfrentamientos, incluso entre hermanos, y supo construir la paz, la armonía y el dialogo, nos ayude. Esta hermosa, pero difícil tarea, a veces obstaculizada por intereses personales o rivalidades ideológicas, él pudo llevarla adelante situando en medio de todos la cruz del Resucitado que no es un signo que divide, sino que suma; no es el símbolo de la discordia, sino del perdón y de la ternura infinita de Dios. Cuando somos capaces de colocar – como San Martín – la cruz del Redentor en el centro de nuestras vidas, podremos descubrir en donde se encuentran hoy los verdaderos crucificados: los necesitados; los que buscan un trabajo y no lo encuentran; los niños que viven situaciones dolorosas en sus hogares a causa de la falta de trabajo de sus padres; los jóvenes que, con frecuencia, no pueden mirar el porvenir con esperanza. Ahí, y en otros hermanos y hermanas, debemos descubrir el signo de ese Dios que nos interpela con fuerza como ha hecho y sigue haciendo con los santos; por eso, los seguidores de Jesucristo –hoy como ayer – tenemos que pedir: ¡Auméntanos la Fe!

¡Sí! Necesitamos fe para construir un reino eterno y universal, el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de justicia, el amor y la paz (Prefacio de Jesucristo Rey y Señor del Universo). Que nuestro santo Patrón interceda por cada uno de nosotros, por todos y cada uno de nuestros conciudadanos y que ayude a Vuestra Excelencia, a la Corporación Municipal y a todas las autoridades de nuestro pueblo, para que aunando esfuerzos y venciendo particularismos y estrecheces de mira, sólo busquen el bien común de nuestra ciudad.

¡Que así sea!

 

J. Leonardo Lemos Montanet                                                                                                 Bispo de Ourense

 

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