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Homilía de monseñor Julián Barrio en la Misa Aniversario Víctimas del Alvia

Homilía de monseñor Julián Barrio en la Misa Aniversario Víctimas del Alvia

17:00 horas del 24 de julio de 2014

 La fe nos lleva a confesar: “Creo en la vida eterna. Amén”. Esta vida consiste en nuestra unión con Dios en la compañía de los bienaventurados, ya que Dios mismo en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas y deseos.  En la unión con él encontramos el gozo y la alegría para siempre.

Saludo con todo afecto a los familiares de los fallecidos en el accidente ferroviario acaecido hace un año, a las  Autoridades, a los Sres. Obispos, sacerdotes, miembros de vida consagrada y laicos. Hermanos y hermanas en el Señor.

La vida se comprende siempre mirando hacia atrás, pero hay que vivirla mirando hacia delante.  Cristo resucitó y vive para siempre. Por eso confesamos que la vida de los que creemos en El no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo. En nuestra peregrinación terrena el dolor que es el grito de Dios en nosotros, nos hace grandes. Nadie ha sido más grande que Jesús abandonado en Getsemaní y luego clavado en la cruz en lo alto del Gólgota donde exclama. “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”. En esta Eucaristía, hacemos memoria del Jesús muerto y resucitado, y recordamos con afecto y oración, con la verdad y la bondad que merecen quienes, hace un año,  perdieron su vida en el accidente ferroviario, asociando su destino al de Cristo.

Entonces nos estremecimos ante el inmenso dolor de las víctimas que puso de relieve la compasión y el heroísmo de tantas personas que su cercanía y su esforzado trabajo fueron signos de luz en el misterio del dolor y de la muerte. Lo vivimos con esperanza cristiana, mirando lejos y en profundidad en el espesor de lo inesperado y afrontando los retos con lo mejor de nosotros mismos. Encomendamos al Señor a los fallecidos para quienes el tiempo de la prueba dio paso a la eternidad de la recompensa cruzando el umbral de la esperanza, pedimos la recuperación de los heridos e imploramos el consuelo y la serenidad para sus  familias.

Cristo nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida, todo el que cree y vive en mi no morirá para siempre”. Nuestra fe en la vida eterna nos da la confianza de que en la meta de nuestra peregrinación terrena nos espera Cristo Resucitado, vida definitiva para los que han muerto y consuelo para los que  todavía peregrinamos en este mundo. “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera de su Evangelio nos abruma” (GS 22). Cuantas veces nos habremos preguntado ¿Por qué tuvo que ocurrir esta desgracia? ¿Dónde estaba Dios en ese momento? Es el grito de angustia de tantos y tantos a través de la historia que sufren las consecuencias del mal. “Nosotros no podemos comprender el secreto de Dios. Nos equivocamos si queremos hacernos jueces de Dios y de la historia. En ese caso, no defendemos al hombre, sino que contribuimos sólo a su destrucción. Debemos seguir elevando, con humildad pero con perseverancia, ese grito a Dios: para que el poder que Dios ha depositado en nuestro corazón no quede cubierto y ahogado en nosotros por la tristeza y la desesperación” (Benedicto XVI en Auschwitz, 28-05-2006).Nuestra vida es frágil. Sólo Cristo resucitado revela al hombre el propio hombre y le descubre la dignidad de su vocación y destino.

Permitidme que esta tarde comparta con vosotros el don de la fe. En la fe afirmamos que la resurrección de Cristo hace que la muerte no tenga la última palabra sino que sea la vida quien la tenga. Esta es la verdad que da sentido a nuestras vidas y hace que no nos detengamos entre lágrimas ante la muerte, considerándola como el punto final de nuestra existencia. “En la vida y en la muerte somos del Señor”. Dios no nos abandona nunca, no está ausente: está con el que sufre y siente el agobio de la soledad. Estuvo con su Hijo Jesucristo y está con nosotros sosteniéndonos en nuestras oscuridades. “Precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús, la fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente, cuando se revela como fe en un amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte por salvarnos. En este amor es posible creer” (Lumen fidei, 16). Sobre Cristo se asienta nuestra realidad y su destino final.

Solo esta esperanza puede consolar la pérdida de unos seres queridos y dar sentido a sus vidas y a sus muertes, reanudar un diálogo con ellos que la muerte interrumpió bruscamente y consolidar los vínculos de una comunión real, garantizada por Cristo. “La muerte de Cristo manifiesta la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de la resurrección. En cuanto resucitado, Cristo es testigo fiable, digno de fe, apoyo sólido para nuestra fe” (Lumen fidei, 17). “¿Quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?” Confiados en el perdón y en la justificación que Cristo nos ofrece, encomendemos a nuestros hermanos a la misericordia de Dios pues ni siquiera la muerte puede apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. Al Santo Apóstol Santiago le pedimos que les haya acompañado para traspasar el Pórtico de la Gloria celestial y gocen ya de la felicidad eterna. En cada Eucaristía se nos da la vida nueva y resucitada, y se hace presente el sufrimiento de Cristo y el de todos los que experimentan lo que significa el sin sentido y el desamparo. Que María que estuvo al pie de la Cruz de su Hijo siga estando a nuestro lado y que siempre experimentemos su consuelo y su cercanía maternal.

Foto: Flores, cartas y velas depositadas en la escalinata de la Catedral de Santiago tras el siniestro. // Xoán Álvarez



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