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Iglesia en España

Homilía de monseñor García Beltrán, en la solemnidad de la Virgen de las Angustias, patrona de Guadix

Homilía de monseñor García Beltrán, en la solemnidad de la Virgen de las Angustias, patrona de Guadix

En este día, cada segundo domingo de noviembre, Guadix se vuelve a su Madre y Patrona, para rendirle un homenaje de amor y devoción. La fiesta que hoy celebramos resume y expresa los sentimientos más profundos que los accitanos, cada día del año, profesan a su patrona.

Hoy la iglesia de San Diego, o sus pequeñas ventanas, encargadas de recoger la suplicas íntima de Guadix se abren a este templo catedralicio, a las calles y plazas de la Ciudad; hoy el templo de la Virgen de las Angustias es Guadix entero. Hoy le decimos a la Virgen en voz alta lo que cotidianamente le dice el corazón en silencio.

Guadix es ciudad mariana. La Virgen es la luz que ha alumbrado el caminar de esta iglesia a lo largo de su historia, y que sigue alumbrando y animando el hoy de la fe, a la vez que nos abre el horizonte del futuro, de la esperanza, desgraciadamente, tan apagada en el corazón de muchos de nuestros contemporáneos.

El patrocinio de la Virgen  de las Angustias sobre la ciudad de Guadix es testimonio de la fe de este pueblo y de sus gentes. Al amparo de la Madre, mirándola a ella y mirándonos en ella, recorremos el camino de la fe. La Virgen fiel, atenta a la Palabra de Dios, nos enseña y nos invita a ser también nosotros oyentes de esta palabra de vida y salvación.

La Catedral, nuestra Catedral, se convierte, una vez más, en clara y hermosa manifestación del misterio de la Iglesia. Reunidos en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía, con María la Virgen, escuchamos el testimonio apostólico que nos anuncia que Jesús, el Crucificado, ha resucitado. Dios resucitó a su Hijo, y nos hizo a nosotros participes de esta victoria, la victoria sobre el mal y el pecado, la victoria sobre la muerte eterna.

“No es Dios de muertos sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Hemos escuchado en el evangelio. Frente a la ficción de lo que es o puede ser el cielo, que sale de la boca de los que no creen, los saduceos, Jesús proclama lo esencial, la verdad en la que creemos: Los muertos resucitarán. ¿Y cómo sabemos que resucitarán?, pues porque Dios es un Dios de vivos, en Él todos están vivos.

 

La fe es en Dios. No creemos porque lo hayamos visto, o porque la ciencia o la razón lo hayan demostrados; creemos en la Palabra de Dios. La fe es confianza en Dios, confianza en su amor. Quien ha conocido y experimentado el amor de Dios, no necesita más pruebas para creer, sabe que el que ama nunca hace daño, el que ama siempre quiere lo mejor para nosotros; mucho más el que es autor de la vida y vencedor de la muerte. Sólo el amor es digno de fe. El único camino posible a la fe es el amor. ¿Quién puede afirmar que no existe el amor?, ¿acaso yo no lo experimento cada día en medio del cansancio y la dificultades?. “La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios, que no es un Dios de muertos sino de vivos” (CEC 993).

La fuerte crisis de esperanza que anida en el corazón de tantos hombres y mujeres es una crisis de fe en Dios. Cuando Dios desaparece del horizonte de la existencia humana, ya sea personal o social, la luz se va apagando, en este momento ya no somos capaces de ver más allá de nosotros mismos y de nuestras circunstancias concretas – como diríamos popularmente: nos ahogamos en un vaso de agua-. La fe en Dios es luz que ilumina el camino de la existencia del hombre, le posibilita una mirada larga; no permite que nos ahoguemos en nuestro egoísmo, sino que nos abre a la gracia que es posibilidad. La fe en la noche oscura del hombre es posibilidad, es esperanza del amanecer de un nuevo día. La falta de fe en Dios nos impide, lógicamente, creer en la resurrección de los muertos y en la vida eterna. Verdadera tragedia supone un corazón, una humidad, que no espera vivir para siempre; ¿y nos asustamos de la falta de esperanza? Es la consecuencia cierta de la falta de Dios. Escribía Tertuliano: “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella”.

La fe de la Iglesia afirma: “Creemos firmemente, y así lo esperamos, que, del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente e entre los muertos y vive para siempre, igualmente los justos, después de su muerte, vivirán para siempre con Cristo resucitado y él lo resucitará en el último día” (CEC 989)

Al mirar a la imagen bendita de la Virgen de las Angustias, contemplamos una escena de dolor, el dolor más grande. Una madre que recoge entre sus manos al hijo muerto. La fuente de la vida que son las entrañas de una mujer madre, arropan al hijo sin vida. ¿Cómo no entrar en ese dolor?. María llora la muerte del fruto de sus entrañas. ¿Es una mujer desconsolada?. No, no lo es. María tiene el alma desgarrada, porque no se le ahorra nada del dolor humano, pero tampoco le falta el consuelo de la fe. Como mujer de fe, “esperó contra toda esperanza”. En su corazón se enciende la certeza: Resucitará. María de las Angustias es anuncio de vida y salvación, es pregonera del Dios de la vida. Su presencia, queridos accitanos, es por siglos el anuncio del Señor resucitado, de la victoria de Dios.

En su dolor se refleja el nuestro. Entre las manos de la Virgen van también tantos dolores y sufrimientos, algunos que se ven, otros, que sólo los sabe el corazón. La Virgen nos dice: mirad mi dolor, es como el vuestro, pero no desesperéis, porque la fe os hará fuertes en la esperanza. Como Cristo venció, también nosotros venceremos. María de las Angustias es un gran grito de esperanza, es el anuncio que el amor es el más fuerte que la muerte. Ella, la Madre, es la imagen del cielo y de la humanidad redimida.

La esperanza de la resurrección es lo que movió la vida y la muerte de los siete hermanos, junto con su madre, de los que nos habla el segundo libro de los Macabeos  que hemos escuchado en la primera lectura. Es un precioso testimonio de fidelidad y coherencia que no debemos pasar por alto.

El martirio de estos jóvenes en presencia de su madre es un canto a una existencia vivida según la propia conciencia.

Recordemos brevemente el contexto de la página bíblica que comentamos. Una cultura contraria a la fe se impone en Israel, intentando crear un modelo de sociedad donde Dios no es el centro; el plan es provocar una apostasía colectiva de hecho, es decir, vivir como si no se creyera. Como se puede ver lo más grave no es ya la persecución por cruenta que sea, sino la simulación. La propuesta es: No dejes de creer en Dios, pero vive como si no existiera. Es la tentación, siempre actual, de poner enfrente la fe y la moral, o de reducir la fe a moral –“ser cristiano es ser buena persona”, “mientras no le haga mal a los demás”, “lo que se hace por amor no es pecado”, etc.-.

Si meditamos en la respuesta de los hermanos ante las provocaciones del torturador, descubriremos que hay una gran fortaleza en la fe. Su debilidad se hace fortaleza en Dios. No tienen miedo de los que pueden matar el cuerpo, porque esto no cambia el plan de Dios sobre el hombre: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”, son palabras de uno de los hermanos antes de ser torturado. Es la respuesta de un hombre de fe. Espera porque cree en Dios. Dios vendrá en su ayuda y le dará lo que ha prometido. Dios siempre cumple su promesa, aunque la ambición del poder humano, quieran frustrarla. El mal no puede acabar con el amor de Dios.

Los jóvenes mártires reconocen su existencia como don de Dios; conocen su origen. El hombre no es fruto del azar, es parte del designio eterno de Dios; cada hombre forma parte de este designio. Por eso, otro de los hermanos contesta ante las amenazas del que se cree dueño de la vida: “De Dios los recibí –los miembros que forman su cuerpo- y por sus leyes los desprecio; espero recobrarlos del mismo Dios”. El que creó puede volver a dar la vida. Sólo cuando el hombre es consciente de su origen puede mirar a la meta. Mirar al Creador es el camino para encontrar la meta, el destino para el que fuimos creados. Así, el segundo hermano, estando para morir, podía confesar: “Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna”.

En definitiva, el texto de la Palabra de Dios nos está diciendo que es más importante la acción decisiva de Dios que el protagonista humano. La fe en Dios alimenta la fuerza de la coherencia en nuestra vida. Mirar a nuestro interior, seguir esa voz íntima que habla en nosotros y nos indica el camino, nos hace discernir el bien y el mal. Como nos recuerda el concilio Vaticano II: “El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón (..) La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está sólo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (GS 16).

De aquí la importancia de actuar según la propia conciencia, para lo que es necesario educar esa conciencia, poner al hombre delante de Dios, para que sepa distinguir el bien del mal, no por criterios subjetivos e interesados. Es importante educar a nuestros niños y jóvenes en una conciencia recta, y lo hemos de hacer con la palabra y con el testimonio de nuestra vida. En el capítulo anterior al que comentamos del libro de los Macabeos, se nos cuenta el testimonio de Eleazar, “uno de los principales maestros de la Ley, hombre de edad avanzada y semblante muy digno”, ante la imposibilidad de conseguir hacerlo apostatar, sus amigos le proponen la simulación, a lo que responde: “No es digno de mi edad ese engaño. Van a creer los jóvenes que Eleazar a los noventa años ha apostatado y si miento por un poco de vida que me queda se van a extraviar con mi mal ejemplo”. Así daba un noble ejemplo a los jóvenes para que aprendan la fidelidad. ¿No está nuestra sociedad, mis queridos hermanos, necesitada de estos ejemplos? ¿no es esta Palabra de Dios una llamada a vivir en coherencia, según la conciencia?.

En el relato del libro de los Macabeos hay un personaje que no podemos olvidar: La Madre. Es ella la que alienta y anima a sus hijos para vivir en fidelidad a la fe hasta el final. Al mirar a la Virgen, vemos a la Madre que nos invita a ser fieles a la fe que hemos recibido, a responder a las insidias del enemigo con fortaleza y constancia, apoyados en el poder de Dios. María es la madre que no se deja vencer por el mal, todo lo contrario.

Sin olvidar que el ánimo materno ha estado precedido por la educación en la casa, en la familia. Los jóvenes han oído, han visto en su casa, de sus padres, el testimonio del amor de Dios. Conocen a Dios porque alguien les ha hablado de Él. Se ha realizado la transmisión de la fe. Hoy, como siempre, debemos empeñarnos en la transmisión de la fe. La ruptura de la cadena en la transmisión de la fe que hoy sufren muchas familias es un mal para la sociedad. Los padres cristianos son responsables de transmitir la fe a sus hijos, es este un gesto de libertad y generosidad. Hablar de Dios, enseñar a amar a Dios, vivir según lo que se cree, es una apuesta de futuro. Si no transmitimos la fe, ¿dónde se apoyarán las generaciones futuras? ¿dónde fundamentarán sus vidas?.

Queridos hermanos y hermanas, os invito a mirar conmigo a nuestra Madre y Patrona, la Virgen de las Angustias; vamos a presentarle juntos a nuestros niños y jóvenes, para crezcan en el amor y firmes en la fe; a nuestras familias, especialmente a las más necesitadas, para que vivan unidas y con dignidad; a los que no creen, para que encuentren al Dios que los ama y los espera; a los más necesitados, ella, como Madre, conoce a cada uno, y sabe lo que necesitan. Presentamos también a tantos accitanos que hoy no pueden estar aquí porque viven lejos, o esta impedidos por la enfermedad o la vejez, para que extienda su manto sobre ellos y los acompañe.

Santa María de las Angustias, muéstranos siempre el fruto bendito de tu vientre, Jesús. Estamos felices de que seas nuestra madre; haz que nosotros seamos buenos hijos tuyos, los que tú te mereces, discípulos fuertes y generosos de Cristo.

                                                                         + Ginés García Beltrán

                                                              Obispo de Guadix

 Guadix, 10 de Noviembre de 2013

 

 

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