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Iglesia en España

Homilía de monseñor Esteban Escudero en la festividad de San Antolín (2-9-2014)

Homilía de monseñor Esteban Escudero en la festividad de San Antolín (2-9-2014)

Por coincidir la fiesta de San Antolín con la recurrencia anual del aniversario de mi entrada en la diócesis de Palencia -apenas hay tres días de diferencia-, me gustaría seguir la costumbre de proponer en este día, en el que, con el inicio del mes de Septiembre, vamos a comenzar un nuevo curso pastoral, los proyectos y propuestas evangelizadoras que el obispo propone al católico como prioridades para los próximos meses.

El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, nos ha venido mostrando, en el año y medio que lleva ocupando la cátedra de San Pedro, los aspectos que hemos de reavivar, como Iglesia universal y como católico individual, para el seguir fielmente a Jesucristo en nuestros días. Las líneas maestras de la renovación que el Papa está esbozando para todos los hijos de la Iglesia, sacerdotes, religiosos y laicos, van en tres direcciones convergentes: la conversión del corazón, la conversión pastoral y la renovación de las estructuras eclesiales.

 

EVANGELIZADORES CON ESPÍRITU

La conversión del corazón

En su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, nos advierte claramente: «Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de vista de la evangelización, no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón /…/ Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad»[1].

Cuando no hay una auténtica espiritualidad que transforme el corazón, podemos caer en lo que el Papa denomina la “mundanidad espiritual”, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, pero que busca en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal[2]. El hombre mundano, sacerdote, religioso o laico, vive en el mundo, dentro de la realidad social y cultural de nuestro tiempo, pero ello comporta el riesgo de convertirse en “mundanos”, el riesgo de que la sal pierda su sabor, esto es, que su cristianismo pierda la novedad que viene de Jesús y del Espíritu Santo. Es triste -decía el Papa el domingo pasado- «encontrar cristianos que se parecen a un vino aguado y ya no se sabe si son cristianos o mundanos, como el vino aguado no se sabe si es vino o agua»[3]. Son cristianos que todavía no se han encontrado personalmente con Jesucristo, que aceptan indiscriminadamente opiniones o costumbres difundidas por la cultura materialista y relativista de nuestro tiempo, o que están, quizás, comprometidos socialmente, pero su corazón está muy lejos del Señor.

Para vivir la necesaria conversión del corazón es preciso renovarse continuamente con la savia del Evangelio, leyéndolo y meditándolo cada día, de forma que la Palabra de Dios esté siempre presente y operante en nuestra vida. Además, debemos participar en la misa dominical, donde encontramos al Señor en la comunidad, escuchamos juntos su Palabra y recibimos la Eucaristía que nos une con él y entre nosotros[4]. Y, finalmente, lo que el Papa denomina el “pulmón de la oración”. Por ello nos recuerda en otro lugar de la misma Exhortación Apostólica: «Sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos por el cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración, y me alegra enormemente que se multipliquen en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoraciones perpetuas de la Eucaristía»[5].

DISCÍPULOS MISIONEROS

La conversión pastoral

Otra idea central del cambio que está pidiendo el Papa a la Iglesia es que «ya no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos. Hace falta pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera»[6]. En efecto, citando al Papa San Juan Pablo II, el Papa Francisco nos recuerda que el anuncio a los que están alejados de Cristo es la tarea primordial de la Iglesia en nuestro tiempo. «La actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia, por lo que la causa misionera debe ser la primera»[7]. Esta tarea de anunciar el Evangelio al mundo de hoy es un deber de todo cristiano, no sólo de los sacerdotes o religiosos. Cada uno en su medio ambiente tiene el deber de ser testigo de Jesucristo con su palabra y con el ejemplo de su vida. La misión de anunciar el Evangelio es, pues, tarea de toda la Iglesia. Por eso, en otro momento, afirmará: «Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios a este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino»[8].

Pero no se trata, en primer lugar, de predicar unos preceptos morales, por muy elevados que sean, ni de explicar valores humanos en alza en la cultura del mundo, ni de transmitir las propias opiniones sobre los problemas sociales. Por eso, se nos advierte: «No puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor, y sin que exista un primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización»[9]. Ello vale, por lo tanto para las homilías, como para la catequesis, como para los planes de formación de los movimientos apostólicos de la Iglesia.

 

 

ESCUCHAR EL CLAMOR DE LOS POBRES

La renovación de las estructuras eclesiales

En tercer lugar, la conversión nos pide renovar aquellas estructuras de la Iglesia que han quedado caducas o bien no traducen las nuevas exigencias de la evangelización, según las necesidades de los tiempos. Ya no vale el inmovilismo del que se refugia en aquello de que “siempre se ha hecho así”. Ello vale especialmente para esas formas de religiosidad cristiana de las que el Papa hablaba anteriormente denominándolas «propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero».

El Papa Francisco nos recuerda que «Evangelizar es hacer presente en el mundo el reino de Dios… Por eso mismo, el servicio de la caridad es también una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia y expresión irrenunciable de su propia esencia»[10]. El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta él mismo «se hizo pobre» (2 Co 8,9). Por ello, «de nuestra fe en Cristo hecho pobre, y siempre cercano a los pobres y excluidos, brota la preocupación por el desarrollo integral de los más abandonados de la sociedad»[11]. Ya nos advierte San Pablo que estamos llamados a tener los mismos sentimientos de Nuestro Señor Jesucristo (Flp 2,5)

Esta conversión es especialmente importante en nuestro tiempo en el que frecuentemente nos extasiamos con las inmensas posibilidades de tener bienes de consumo y obtener distracción, que nos ofrece nuestra sociedad, olvidando la solidaridad con los más necesitados.

Este compromiso a favor de los demás, matiza el Papa «no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia; lo que el Espíritu moviliza no es un desborde activista, sino ante todo una atención puesta en el otro “considerándolo como uno mismo”. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, a partir de la cual deseo buscar efectivamente su bien». Luego, la conciencia nos advertirá de las formas concretas con que podremos subvenir a sus necesidades materiales, de cariño, de acompañamiento o de consuelo. Y Cáritas nos ayudará a transformar las estructuras eclesiales, parroquiales y diocesanas, de forma que podamos aumentar nuestro compromiso solidario con los más necesitados de la sociedad.

 

En el Padrenuestro pedimos a Dios Padre que venga ya su reino. Es el reino que ya inició Jesucristo con su venida, que va creciendo en el mundo como la semilla en el campo o el grano de mostaza y que alcanzará su culminación cuando «Dios sea todo en todos», al final de la historia. Un Reino «eterno y universal: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz»[12]. La suerte final del mundo ya está decretada por la resurrección de Jesucristo. En consecuencia, ¡no nos dejemos robar la esperanza!

 

 

CONCLUSIÓN

 

María, Estrella de la nueva evangelización,

ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,

del servicio, de la fe ardiente y generosa,

de la justicia y el amor a los pobres,

para que la alegría del Evangelio

llegue hasta los confines de la tierra

y ninguna periferia se prive de su luz.

 

 

[1] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 262.

[2] Cf. Evangelii Gaudium, n. 93.

[3] Angelus del domingo 31 de Agosto de 2014.

[4] Idem.

[5] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 262.

[6] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 15.

[7] Idem.

[8] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 114.

[9] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 110.

[10] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 179.

[11] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, n. 186.

[12] Prefacio de la Misa de Cristo Rey.

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