Iglesia en España

Homilía de monseñor Barrio en la clausura del Año Jubilar de las Dominicas de Belvís

Homilía de monseñor Barrio en la clausura del Año Jubilar de las Dominicas de Belvís

“¡Cantaré eternamente las misericordias del Señor, proclamaré su fidelidad a todas las edades!” Al clausurar este Año Jubilar conmemorando los 700 años de la fundación del Monasterio, llenos de esperanza cristiana, invocamos la bendición divina para cada uno de nosotros, para la Vida consagrada, para las familias, y para el mundo entero. Celebramos esta Eucaristía confiados en que este Año Jubilar ha contribuido a purificar la fe, revitalizar la religiosidad y renovar la vida cristiana. La Iglesia ha acogido a todos, animándoles a ser testigos del amor, de la bondad y de la misericordia de Dios.

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” (Gal 4,4-6). Bella y precisa síntesis del misterio de la encarnación en el que contemplamos a María como Madre de Dios y Virgen, Madre de la Iglesia y Madre espiritual de toda la humanidad, quien conservando todo en su corazón, se convirtió en fuente inagotable de la memoria de la Iglesia.

En esta noche nosotros como los pastores nos dirigimos al portal de Belén para encontrarnos con María, José y el niño acostado en el pesebre (cf. Lc 2,16). Es el gran misterio: Dios hecho hombre, es mostrado a los humildes y sencillos. En esta experiencia de fe pedimos la bendición divina rezando: “El Señor tenga piedad, nos proteja, ilumine su rostro sobre nosotros, nos conceda su favor y su paz, y conozcan todos los pueblos tu salvación” (Núm 6,24-25).

Este convencimiento nos lleva a proclamar la grandeza del Señor y alegrarnos en Dios nuestro Salvador. En este Año jubilar “hemos sido, de alguna manera, abrazados por Dios, transformados por su amor. La Iglesia es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser, y que es origen de la genuina libertad”[1]. Como escribía la Madre priora de este Monasterio, “todo este año de Jubileo ha sido de una riqueza inconmensurable. Alabanza, Perdón y Gracia: tres regalos que Dios ha ido derramando a cada uno de los peregrinos que se han acercado. La comunidad dominica contemplativa se ha visto enriquecida desde el momento que se puso a trabajar para acoger a todas las personas que han querido vivir este Jubileo. Un trabajo a veces “no visible” que se ha desarrollado día tras día desde nuestro convento pero con la certeza de que “Dios ama al que da con alegría”.

Por todo ello esta tarde proclamamos, ¡A Ti, oh Dios, te alabamos! La fidelidad y la misericordia de Dios han aparecido realizando la salvación de manera providencial en este Año de gracia. A pesar de nuestras infidelidades Dios guarda su Alianza eternamente, pues “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón” (1 Sam 16,7). En la cotidianidad de nuestra vida comprobamos que “nuestros únicos méritos son la misericordia del Señor. No seremos pobres en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y porque la misericordia de Dios es mucha, muchos son también nuestros méritos”.

¡A Ti, Señor, te confesamos! “Tú, Cristo, eres el Rey de la gloria, el Hijo del Padre eterno, que para liberar al hombre aceptaste la condición humana y no te horrorizaste del seno de la Virgen María”, dándonos a conocer que “nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos al Señor Jesucristo que transformará nuestro humilde cuerpo conforme a su cuerpo glorioso en virtud del poder que tiene de someter a si todas las cosas” (Fil 3, 20-21).           

¡A Ti, Señor, te damos gracias! La gratitud es finura espiritual: “Vosotros como elegidos de Dios, santos y amados, ¡sed agradecidos en todo!” (Col 3, 15). Sedientos de Dios, necesitados de salud y consuelo, de fortaleza y de esperanza, de perdón y de salvación, en el acontecer de este año de gracia, hemos pedido insistentemente que la misericordia del Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de Él. El hombre en Dios lo espera todo. “La vocación del ser humano a la esperanza no es absurda, sino razonable y realizable.              Jesucristo resucitado es la razón de nuestra esperanza”[2].

¡Vivamos en santidad y justicia todos los días de nuestra vida! ¡Reflexionemos sobre los límites a veces borrosos de nuestra existencia! ¡Acojamos la mirada de Dios, que es más saludable que nuestra mirada sobre él! También somos mirados por María como hijos suyos y somos bendecidos en ella. Pidámosle que nos ayude a reconocer el rostro de Cristo en el rostro de toda persona humana. Amén.

 

[1] BENEDICTO XVI, Discurso en la Catedral de Santiago, 6 de noviembre de 2010.

[2] CEE, La fidelidad…, 20.

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