Carta del Obispo Diócesis Iglesia en España

Homilía de monseñor Adolfo González Montes en las ordenaciones diaconales

“Las vocaciones son un don de Dios, pero necesitan la atmósfera de una comunidad parroquial viva y el esfuerzo apostólico de los sacerdotes”

Con una catedral de la Encarnación abarrotada de fieles, religiosas y miembros de movimientos apostólicos (cursillistas y adoradores nocturnos), grupos juveniles parroquiales se celebraba el pasado 11 de marzo la ordenación de 4 diáconos para la diócesis de Almería. Todos arroparon en la plegaria a los nuevos diáconos.

No faltaron algunos ediles de los pueblos de los diáconos, el alcalde de Huércal-Overa y concejales de los otros pueblos. Un buen número de sacerdotes que combinaron sus misas para poder acompañar a los jóvenes seminaristas que se ordenaban. El Obispo destacó el papel del Seminario, asumiendo en circunstancias hoy difíciles las formación humana y espiritual de los seminaristas, su preparación intelectual y la introducción, en los últimos años, en la vida pastoral de forma progresiva. Una homilía en una fecha ya cercana al Día del Seminario, en la próxima fiesta de san José, Patrono de las vocaciones sacerdotales, y un marcado sentido del tiempo de Cuaresma, vivido con el gozo de acercarnos a la Pascua, en este domingo cuatro de la alegría.

 

Homilía del IV Domingo de Cuaresma: Ordenación de diáconos

Lecturas bíblicas: 2 Cr 36,14-16.19-23; Sal 136,1-6; Ef 2,4-10; Jn 9,1-41

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos;

Queridos religiosos y religiosas, seminaristas y fieles laicos;

Queridos seminaristas que hoy recibís el Orden del diaconado;

Hermanos y hermanas:

El cuarto domingo de Cuaresma es conocido en la tradición de la liturgia cuaresmal latina como el domingo «de Laetare», el domingo de la alegría, porque así comienza la antífona de entrada que hemos recitado, tomada de las profecías de Isaías: En latín la antífona dice: «Laetare, Ierúsalem… gaudete cum laetitia…». En español, reza tal como la hemos cantado: «Alégrate, Jerusalén…regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (Is 66,10-11). Esta exhortación profética anunciaba la liberación que Dios traía a Jerusalén; después del terrible castigo por causa de su infidelidad, la ciudad santa se vería al fin libre de sus enemigos. A nosotros nos invita a mirar con gozosa esperanza el triunfo de Cristo en su gloriosa resurrección, para que no sucumbamos a las pruebas que reserva la vida a todo cristiano, y no rechacemos la penitencia cuaresmal que nos dispone para mejor superarlas.

Hoy, además, es un día para la alegría, porque por la gran misericordia de Dios, que nos ama irrevocablemente, se nos concede la gracia de ordenar cuatro nuevos diáconos con los ojos puestos en el ministerio presbiteral, que recibirán un día ya no muy lejano. Durante un largo período de tiempo estos jóvenes que hoy reciben el sacramento del Orden, se han preparado como seminaristas. Salieron de familias cristianas y en ellas crecieron en la fe, ayudados por sus parroquias de origen, en algunos casos desde niños. Los grupos apostólicos de las parroquias han sido el clima propicio guiados por los sacerdotes, que han ayudado a estos jóvenes a consolidar la llamada del Señor a seguirle, entrando algunos en el Seminario incluso tras haber terminado una carrera universitaria o haberla iniciado.

Con sus altibajos naturales, dados los tiempos que estamos viviendo el Seminario diocesano viene haciendo un buen trabajo, y aumenta nuestra esperanza con las vocaciones que ya se anuncian para el nuevo curso, vocaciones que pedimos a Dios consolide con su gracia. Todo es don de Dios, también lo son las vocaciones, pero necesitan el clima propicio para desarrollarse, la atmósfera de una comunidad parroquial viva y, muy en particular, el esfuerzo apostólico y pastoral de los sacerdotes. A ello hay que sumar la colaboración de la familia, con su ayuda todo es más fácil, mientras que la ausencia de esta colaboración hace más difícil la vocación de los hijos. Familia y parroquia, también la escuela católica y la clase de religión, los movimientos seglares, cofradías y comunidades constituyen el entramado de las vocaciones.

Si falta este clima y entramado vocacional, los jóvenes se ven pronto inmersos en el ambiente cultural de una sociedad en la que Dios está ausente, y la práctica religiosa no es ni vista ni comprendida en su verdad como sacramento de la presencia de Cristo para el mundo. Se tiene que comprender que hoy el Seminario tiene que desarrollar un mayor esfuerzo, supliendo lo que cabría esperar y que los adolescentes y jóvenes con vocación viniera habiendo ya recorrido un tramo de historia personal camino del Seminario. Porque no siempre es así, el Seminario viene realizando un trabajo educativo muy apreciable, consolidando la formación humana y espiritual, la preparación intelectual y, en los últimos años de seminaristas avocados a la ordenación, una introducción progresiva a la acción pastoral, siguiendo siempre las orientaciones del magisterio de la Iglesia.

Hoy, gozosos por el don que recibimos, nos sentimos alentados por la gracia y hemos de proponernos en este cuarto domingo de Cuaresma el cumplimiento fiel de los mandamientos, para no ser víctimas del castigo divino, que resulta del apartamiento de la voluntad de Dios. Así les sucedió a los israelitas que fueron llevados al cautiverio, como hemos escuchado en el libro segundo de las Crónicas de la historia de Israel; cuando Nabucodonosor puso sitio a Jerusalén y terminó capturando al rey Sedecías de Judá, destruyendo su ejército y haciendo cautivos a los israelitas y deportando a lo más granado del pueblo con sus jefes a Asiria, primero, cuando cayó el reino de Israel; y a Babilonia después con la caída del reino de Judá.

La acción militar de los babilonios contra el reino de Judá fue seguida de dos sucesivas incursiones de sus tropas, siendo incendiado y destruido el templo de Salomón, despojándolo de toda su riqueza patrimonial, y demolidas las murallas de Jerusalén y arrasadas sus casas (cf. Jr 52,12-23). Los autores sagrados han interpretado esos terribles hechos históricos vividos por el pueblo que Dios había elegido como castigo por su desobediencia a los mandamientos y la violación sistemática de la Alianza y del sábado como día consagrado a Dios.

Dios había querido evitar el castigo de la cautividad infligido a los israelitas con una duración de 70 años hasta la llegada de los persas y el rey Ciro decretó el retorno de los cautivos a la patria. El castigo llegó, fruto de los acontecimientos históricos, como corrección del obstinado proceder de los israelitas, a pesar de que Dios los había amonestando mediante el movimiento profético, en el que destacan las voces de Isaías y Jeremías. En el siglo VIII a. C. Isaías había advertido sobre el peligro de la corrupción moral y la idolatría en que vivían, arrastrados por el materialismo que la prosperidad había traído aquellos de bienestar años a Israel, que no fueron secundados con la piedad y la acción de gracias, abandonando la obediencia debida a la ley de Dios. El año 722 a. C. los israelitas se vieron llevados por los asirios cautivos al exilio. Un siglo después, Jeremías advertía a Judá del peligro que corrían y que el castigo sería inminente, hasta que el 586 fueron deportados por los babilonios el rey y su ejército, los nobles y sacerdotes, los jóvenes y la parte importante del pueblo.

El pueblo elegido vivió el destierro como purificación de su fe y retorno al Dios vivo. Hoy el evangelio de san Juan que hemos escuchado nos dice que ahora el castigo será la condena eterna, que depende de la resistencia que opongamos a creer en Cristo Jesús como Hijo de Dios, enviado al mundo para salvarlo de la condenación eterna. La condenación tiene que ver con que «la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3,19). Es lo que el Señor llamará “pecado contra el Espíritu Santo”, que consiste en negar culpablemente que el mundo ha recibido la luz y la rechaza, que el amor de Dios por la humanidad no se ha manifestado en la entrega de Jesús a la muerte por nosotros: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Jn 3, 16).

Dios, había profetizado Ezequiel, no se complace en la muerte del malvado, «sino en que se convierta de su conducta y viva» (Ez 18,23); y san Pablo dirá que, siendo nosotros todos pecadores, «Dios nos encerró a todos en la rebeldía, para usar con todos de misericordia» (Rm 11,32). Una forma de decir que habiendo caído todos en el pecado, Dios no quiere la destrucción de la humanidad pecadora, sino su salvación, que es obra de su amor misericordioso. Por eso no duda en decir que «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros» (Rm 5,8).

La Cuaresma como tiempo de conversión y purificación nos invita a responder a la llamada de Jesús con la cual se abría este tiempo santo recogiendo las palabras de la predicación del Señor cuando comenzó su ministerio público: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). La Cuaresma nos pide ahondar en la lectura de la sagrada Escritura e imbuidos del espíritu de oración alcanzar con la ayuda de Dios una mejor y más honda comprensión de la voluntad de Dios sobre nosotros. Lo que sólo alcanzaremos si guardamos los mandamientos de Dios. Tengamos plena confianza en el amor que Dios nos tiene, pues Cristo nos ha redimido y en su cruz y resurrección hemos sido salvados.

Este es el mensaje, la Buena Noticia que el mismo Cristo confió a los apóstoles y a sus sucesores llevar al mundo, y es el mismo mensaje que todos los ministros del Evangelio han de prolongar en el tiempo por generaciones hasta que el Señor vuelva. Un mensaje que hemos de anunciar pidiendo a quienes lo reciben de buena voluntad que vengan a la fe en Jesús, «porque estamos salvados por pura gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios» (Ef 2,8).

Que así lo prediquéis a este mundo nuestro, que así lo comuniquéis a las jóvenes generaciones como jóvenes diáconos, cooperadores del ministerio del Obispo y de los presbíteros, secundando su predicación con la vuestra y prolongándola; que así lo transmitáis en la catequesis, y que la caridad que habéis de ejercer en nombre de la Iglesia, con particular amor por los más pobres, sea el testimonio de vuestra dedicación al servicio de los hombres por amor a Cristo, Diácono del Padre. Que maría, la sierva del Señor os ayude a lograrlo con su maternal intercesión.

  1. A. I. Catedral de la Encarnación

Almería, a 11 de marzo de 2018

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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