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Homilía de la Santa Misa de Apertura de la 105º Asamblea Plenaria de Conferencia Episcopal Argentina

Comenzamos nuestra 105° Asamblea Plenaria con un renovado espíritu de gratitud a Dios, y en un contexto de oración y de compromiso con nuestra tarea de pastores. Somos conscientes de que el Señor que nos ha llamado nos acompaña y sostiene en nuestro ministerio, ello siempre renueva nuestra confianza. También sabemos que él necesita de nuestra apertura y disponibilidad. En el marco del Año de la Fe, el texto de san Juan que acabamos de leer nos ayuda a comprender qué es lo más importante en el conjunto de tareas que asumimos para llevar adelante la obra de Dios. La respuesta de Jesús a los apóstoles es clara: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”.

Esta Palabra del Señor es hoy dirigida en primer lugar a nosotros, somos sus primeros destinatarios como sucesores de los apóstoles. ”Fijemos, siempre, la mirada en el iniciador y consumador de nuestra Fe, en Jesucristo” (Heb. 12,2) El Año de la Fe es un año de Gracia que lo debemos vivir en el contexto discipular de: “una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor” (P.F. 6).

Esta Asamblea presenta un marco único que es el inicio del ministerio petrino de nuestro hermano Jorge, hoy el Santo Padre Francisco. Hemos sido testigos de un hecho que pertenece a esa obra de Dios en la historia, que continúa siendo un camino providencial animado por el Espíritu Santo. Esa obra es la Iglesia. Es más, diría que asistimos al milagro siempre nuevo de la Iglesia. Ser testigos de un nuevo sucesor de Pedro en la persona de Francisco nos llena de gratitud y de alegría, pero renueva, también, el llamado a hacer de ella una Iglesia más viva, servidora y misionera. Nos compromete de un modo especial nuestra oración por Francisco, él nos lo ha pedido para ser, nos decía, un fiel discípulo del Señor. Como apóstoles en comunión con Pedro renovemos en esta eucaristía el compromiso y el entusiasmo de presidir esta Iglesia que peregrina en Argentina, y a través de la cual el Señor quiere manifestar al mundo el evangelio del amor y la misericordia del Padre.

En este año, además, nos estamos preparando para vivir la esperada beatificación del Cura Brochero.

Este hecho es para nuestro pueblo, en especial para nuestros sacerdotes, un acontecimiento con un profundo sentido humano, social y religioso. Es una gracia que el Señor nos regala a los argentinos.

Su figura tiene esa permanente actualidad de la vida de los santos, pero que en él se manifiesta con un marcado sentido misionero y de compromiso con la promoción humana. Él nos dio con su vida y ministerio sacerdotal el testimonio de una Iglesia que evangeliza promoviendo al hombre y, al mismo tiempo, lo promueve evangelizándolo. El encuentro con Cristo era, para él, el comienzo de un hombre nuevo llamado a ser protagonista de un mundo nuevo. Esta certeza que marcó su tarea pastoral, es un signo elocuente de la presencia del Espíritu Santo. Pidamos al Señor, que la beatificación del Cura Brochero, sea para nosotros y nuestras comunidades un llamado a profundizar la vida cristiana en clave de misión y de servicio, que oriente la tarea de la Iglesia hacia una fecunda obra de evangelización, como nos insiste Aparecida en el marco de la Misión Continental.

El evangelio que predicamos es la obra de Dios, es la verdad de Jesucristo, no es algo mudable, él es: “el mismo ayer, hoy y lo será siempre” (Heb. 13, 8); en él se esclarece el misterio de la vida y el sentido del hombre (cfr. G. S. 22). La centralidad y dignidad de la persona humana, en su apertura trascendente como en su realización temporal siempre será el ámbito de toda reflexión y acción pastoral. El hombre es el camino de la Iglesia porque ha sido el camino de Jesucristo, especialmente cuando su vida se ve amenazada y desprotegida. Por ello, el mayor aporte que podemos ofrecer al mundo es predicar a Jesucristo, con la fuerza y actualidad del evangelio del amor y de la vida, de la verdad y la justicia, de la misericordia, de paz y la reconciliación. No conocemos otro evangelio. En este marco nuestra cercanía con el dolor, con el que sufre, con el pobre, no es una estrategia sino fidelidad a la persona y a el evangelio de Jesucristo. Desde él, la “opción por el pobre”, es una página de la cristología y por lo mismo, un acto de madurez eclesial.

Continuamos en el camino celebrativo: “Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad”. Son muchas las cosas que debemos agradecer a Dios por las posibilidades y potencialidades que presenta nuestra Patria. Valoremos el Don recibido. Pero es necesario, también, tomar conciencia de nuestras fragilidades, de lo que aún nos falta y nos detiene. Creo que como argentinos nos debemos gestos de grandeza y de amistad social que nos lleve a superar el agravio, la descalificación y los enfrentamientos estériles, y nos permita fortalecer lazos de pertenencia. Debemos encontrarnos, para ello, en una dimensión más fraterna. En este sentido y valorando esta dimensión, la Doctrina Social dela Iglesia la propone en términos de amistad civil, a la que define como: “la actuación más auténtica del principio de fraternidad, que es inseparable de los de libertad y de igualdad”. Este principio, se lamenta: “ha quedado en gran parte sin practicar en las sociedades contemporáneas, sobre todo a causa del influjo ejercido por las ideologías individualistas y colectivistas” (Compendio Doctrina Social de la Iglesia, 390). La fraternidad es un dato, algo que nos es dado, no es una construcción de mi libertad. El otro es mi hermano, es una presencia única y necesaria en la edificación de una comunidad más justa y solidaria. El sentido de fraternidad es signo de un Evangelio predicado y vivido.

La conciencia de fraternidad como base de la amistad civil se convierte, así, en el fundamento de una madura vida social y política. La ausencia de esta amistad es una señal de fragilidad que nos aísla y enfrenta, debilita la vida de la democracia y posterga las respuestas a los verdaderos problemas. El concepto de fraternidad, en cambio, no excluye lo diverso, lo necesita e integra, no lo anula, sino que nos descubre en esa unidad de origen y pertenencia como miembros de una misma comunidad, incluso en su diversidad. Ello implica que, junto a la aceptación del otro, crezcamos en actitudes de respeto y de diálogo en el marco de la vida de la Patria y de las instituciones de la República. La calidad de vida de las personas, decíamos en este camino “Hacia el Bicentenario”: “está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la constitución” (35). Ello necesita tanto de la responsabilidad y ejemplaridad de los dirigentes como del compromiso de todos los ciudadanos. La docencia del testimonio es un bien que fortalece la amistad social y es garantía de un crecimiento inclusivo con equidad y en paz. Danos para ello, Señor, la sabiduría del diálogo, el compromiso por el bien común y la alegría de la esperanza que no defrauda.

Iniciamos esta Asamblea Plenaria teniendo aún muy vivas las imágenes de dolor, de impotencia y de muerte de las recientes inundaciones, especialmente en la ciudad de La Plata. Valoramos la inmediatez de solidaridad del pueblo argentino, como la tarea de Caritas que ha estado presente desde el primer momento movilizando nuestras Caritas diocesanas. Conozco por experiencia estas circunstancias que deja pérdidas irreparables no sólo en lo material, sino en lo espiritual y psicológico.

Hay un después que es importante y que requiere la presencia del Estado, como el espíritu de fraternidad y de amistad ciudadana para acompañar la reconstrucción material y sanar las heridas de nuestros hermanos. Desde esta Eucaristía, al inicio de nuestra Asamblea, queremos hacer llegar nuestra cercanía a quienes han padecido esta tragedia, y elevar nuestra oración por los muertos y sus familiares en estos momentos de dolor, como agradecer a todos aquellos que nos han dado con su tiempo y trabajo un testimonio de compromiso y solidaridad.

Queridos hermanos, pongamos a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Luján, las inquietudes que traemos de nuestras diócesis, junto al trabajo que como pastores realizaremos esta semana, para gloria de Dios y al servicio de nuestros hermanos. Amén.

Mons. José María Arancedo

Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina



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